sábado, 1 de febrero de 2014

HISTORIA DE CUATRO MUJERES



OTOÑO
1ª PARTE

-Qué rápido pasa el tiempo-exclamó María, mientras pasaba su mano por el abultado vientre. Se sentía satisfecha consigo misma. Era hermosa y decidida. Tenía un buen trabajo y, en principio, no necesitaba a nadie más para ser feliz.

El embarazo le había cogido desprevenida. No era su intención tener hijos, pero ahí estaba. No tomó la decisión en las primeras semanas y ahora crecía fuerte en su interior.

-Eres un pequeño torito- pensó.

Su novio, un hombre demasiado ocupado para pensar en nadie que no fuera él mismo, ni siquiera se emocionó. María sabía que si lo tenía, sería sólo para ella. No le importaba, ahora eran uno solo y no necesitarían a nadie más.

Eran las ocho de la mañana y se encontraba en la cocina, bebiendo un té y tomando galletas. Miraba extasiada revistas de bebés. En cuestión de semanas había pasado de revistas de moda a las de maternidad. Había sido una transición natural. Y eso no significaba que dejara de importarle lo que ocurriera en el mundo. Era periodista, sabía muy bien el mundo que le esperaba y lo que habría de luchar. Sabía que su empleo no era fijo, pero ella se encargaría de darle estabilidad. ¿Sus viajes a sitios conflictivos?, los dejaría atrás durante un tiempo. No podía meterse en el campo de batalla de Afganistán con una barriga de diez kilos. Si tuvieran que huir, sería blanco seguro.

 Nunca había tenido los pies tan hinchados y andaba con las piernas abiertas porque los muslos le habían engordado demasiado.

Sonó el teléfono en el mismo instante que intentaba agacharse para recoger la ropa desperdigada por la habitación. Tengo que ser más ordenada a partir de ahora-pensó.

-¿Si?

Sonó una voz ruda al otro lado del teléfono.

-¿María? llevamos esperando veinte minutos, ¿no recuerdas la reunión?

Ella se llevó las manos a la cabeza, ¡Dios, la había olvidado!. Era Valentín, el jefe de redacción, un hombre basto, de manos anchas y corazón de oro.

-¿María, estás ahí?

-Sí, si. Ya voy, no tardo ni diez minutos-la comodidad de vivir a sólo dos calles del periódico.

-Pues ya te puedes ir dando prisa o me presentaré en tu casa. Y sabes que soy capaz. Les diré que estás en el médico o yo que sé. Pero date prisa.

María colgó, tiró la ropa en la cama y se puso el peto vaquero con una camiseta a rallas. Desde que había llegado al quinto mes de embarazo, sólo usaba eso, porque era lo único que le permitía estar cómoda.  Pero sí intercambiaba las camisetas. Las tenía de todos los colores.

Se cepilló el largo pelo, le llegaba a la cintura, y se puso una felpa. Se embadurnó de agua de colonia y cogió su portátil.

Era septiembre, pero aún hacía calor. Comenzó a sudar en cuanto salió del portal. Sólo serían dos calles. Eso era Madrid, nueve meses de invierno y tres de infierno. Es lo que dice el refrán. Pero estaban en otoño y aún no corría brisa fresca, ni siquiera por las noches.

Cuando llegó a la redacción, los pies le sudaban dentro de las zapatillas de lona y tuvo que ir a orinar. De paso sacó de nuevo la colonia y se refrescó las piernas y las axilas.

Avanzó por el pasillo saludando a las compañeras.

-Qué guapa, María.

-Uff como se te nota.

Le decían unos y otros.

Ella sonreía- envidia- pensaba. Porque Valentín la mantenía en su puesto a pesar de todo. Y era el más codiciado de todos. Le permitía viajar y tenía todas las concesiones.  Y , aunque hacía un mes que ya no viajaba y podía trabajar desde casa, le había mantenido el sueldo.

En la reunión se repartieron las tareas y se informó del nuevo procedimiento para la entrega de artículos. A ella le asignaron una entrevista con el embajador de Arabia Saudí. No protestó, sabía que no podía hacer nada más.

Cuando hubieron terminado, Valentín la hizo esperar.

-Tenemos que hablar-le dijo mientras cerraba la puerta.

María estaba sentada con los pies apoyados en un taburete. Él se acercó despacio y le masajeó los hombros:

-¿Te encuentras bien, María?

Ésta se limitó a resoplar.

-Bueno, ya sabes como es. Te lo digo porque Marga ha tenido cuatro, pronto pasará.

María lo miró con ternura. Él se había sentado en la silla de enfrente y se rascaba la barba, las canas habían anidado en ella en cuestión de meses.

-Ya lo sé papá-  Y no porque fuera su padre, pero lo sentía como tal. Había cuidado de ella desde que llegó el primer día, hace 10 años, con una beca y muchas ilusiones.

-Sólo te digo que tengas paciencia. Te conozco y ahora estás feliz, pero comenzarás a impacientarte. La vida de un periodista de guerra es muy agitada y ahora debes estar tranquila.

Tomo un sorbo del café ya frío y le señaló el vientre.

-¿Cuándo tienes que ir al médico?

Ella sonrió, tenía manchados los dientes del té de la mañana, pero aún así, estaba preciosa. Ya no se cuidaba tanto como antes, pero tenía una belleza natural que no necesitaba más.

-¿El ginecólogo?, esta tarde, a las cinco.

-Pues esta vez no faltarás a la cita.

María asintió, faltó la última vez. Debía entregar un trabajo y no tenía tiempo. Después, como se encontraba bien, no volvió a ir. Después de todo, las mujeres siempre han tenido niños sin ir tanto al médico y la mayoría de las veces no ha ocurrido nada. Eso es lo que le decía su madre, que no confiaba en los médicos por una absurda adversión. De pequeña le diagnosticaron mal una alergia y estuvo muy enferma durante un tiempo.  Eran otros tiempos, le decía María insistente, ahora hay muchos más adelantos. Pero su madre se había quedado atrás, lo sabía. Y el día que pisara un hospital sería el de su parto y porque no tendría más remedio.

-Bueno, Valentín. Sé que me quieres mucho, pero sé cuidarme sola- Se levantó despacio.

-¿Tienes con quien ir? ¿te puedo acompañar?

Ella negó con la cabeza mientras abría la puerta. Ella sola se bastaba, no necesitaba a nadie más.

Pero en una cosa sí tenía razón Valentín, echaba de menos la adrenalina de su trabajo en los campos de batalla. El olor a pólvora, a miedo y la necesidad de hablar por los demás, por lo que no tienen voz en ciertas esferas a la que ella sí podía llegar.

Volvió a su casa andando, tranquila, ya no tenía prisa. Eran las 12:30 y tenía hambre. Las calles y terrazas estaban llenas de gente que pululaba de aquí para allá. –Si es que parece que no estamos en crisis- pensó. Todos parecían felices y tranquilos. Un grupo de músicos callejeros tocaba el violín y atraían la atención por su perfección y armonía. Ella tampoco se pudo resistir.

Una súbita alegría la invadió. No tenía ganas de ir a casa. Daría una vuelta por el centro y haría tiempo hasta la hora del ginecólogo.

Cogió un taxi y fue hasta la Puerta de Sol. Estaba llena, como siempre. Las estatuas vivientes la saludaron esperando alguna moneda, pero ella ya las había visto demasiada veces. Eran verdaderos artistas, pero ahora sólo impresionaban a los extranjeros.

Llegó hasta la cafetería La Mallorquina y accedió a empujones hasta la planta superior, desde dónde se podía divisar la calle Mayor. El olor a dulces y café lo invadía todo. El obrador está situado en el mismo edificio y pudo ver, al subir, como sacaban ensaimadas y terminaban de preparar las bambas de nata, sus preferidas.

Se sentó en la mesa con mejores vistas, con su mantelito azul y blanco. Se pidió la bamba y un descafeinado.

Esbozó algunas notas sobre su futura entrevista e hizo algunas llamadas. Cuando miró el reloj, ya era tarde. Si no se daba prisa, tendría que esperar a ser atendida la última y la consulta estaba fuera de Madrid.

Volvió a coger un taxi.

-A la Clínica Valle, por favor.

La mujer de Valentín se había empeñado en que fuera a esta clínica, porque  el médico era el que la había llevado en sus cuatro partos.

Tras media hora de carrera, llegaron. Todavía no eran las cinco, menos mal-resopló María-.

En la recepción una sonriente enfermera la hizo esperar, así que se volvió a sentar. Últimamente pasaba más tiempo sentada que de pie y eso no podría ser bueno. Cogió una revista de cotilleos y comenzó a ojearla sin percatarse de que otra mujer la miraba desde la otra punta de la habitación.

Pero el embarazo da ciertos poderes, porque lo intuyó, levantó la cabeza y sus miradas se encontraron. La mujer se acercó y se sentó a su lado.

-Perdone que la moleste. ¿Es usted María Salcedo?

-Sí, ¿por qué?

La mujer sonrió, era rubia y delgada, con ojos verdes y un nerviosismo contagioso.

-Disculpe, pero he leído todos sus artículos. Vi su foto en una revista y no podía creer que fuera usted cuando la he visto entrar.
 

María sonrió.

-Pues sí, ya ve. Soy de carne y hueso- Y se acarició suavemente el vientre.

-¿De cuanto está?

-De cinco meses-respondió María.

La mujer volvió a sonreír, esta vez tristemente y se recostó en el sillón mirando el techo.

-¿Está bien?

-Sí, si. No se preocupe. Es que hace meses yo también hubiera deseado tener niños.

María soltó la revista y la miró fijamente. El pasar demasiado tiempo entrevistando le había otorgado la paciencia de escuchar. Y aquella mujer lo necesitaba.

-¿Por qué no los tuvo?

La mujer la miró también a ella y sus ojos se enrojecieron.

-Me tuvieron que operar y ahora no tengo ovarios, ni útero.

Sus manos se revolvían nerviosas y María sintió la necesidad de cogérselas.

La mujer la miró agradecida, aún con lágrimas en los ojos.

-Tenía una endometriosis que no me pudieron detectar a tiempo. Eso mató toda la esperanza de poder tener hijos. Ahora tengo una menopausia prematura y, bueno, vengo a la segunda revisión desde que me operaron.

María asintió.

-¿Hace mucho que la operaron?

-En Julio, el diez.

Intentaba pensar en algo que la consolara. Para ella no era importante la maternidad, aunque ahora fuera a ser madre. No es que fuera un error, pero podía vivir sin ello perfectamente.

El día diez, fue el que discutió con su novio. Por la noche lo echó de casa. Ya no aguantaba más sus desplantes y sus desprecios. Que si ahora engordarás, que si no te cuidas igual que antes, que cómo iban a criar a un hijo;  él desde luego, no renunciaría a la vida que llevaba. Le había dejado bastante claro que el problema era de ella y él no quería saber nada.

-Si le hace mucha ilusión, siempre queda la adopción.

La mujer había dejado de llorar, pero seguían con las manos cogidas.

-Sí, eso habíamos pensado, pero el proceso es largo. No sé, espero animarme y comenzar a moverme un poco. Ni siquiera sé lo que debo hacer.

María se acordó de la agencia de adopción a la que entrevistó el mes pasado, parecían legales y tenía confianza con la directora.

-Mire, le voy a dar mi tarjeta. Llámeme en dos días, creo que la puedo ayudar. Tengo una amiga en una agencia de adopciones.

La mujer se llevó las manos al rostro, emocionada.

-¡Cuánto te lo agradezco!. Ni me había atrevido a dar el paso.

Después volvió a recostarse en el sofá, echando su cabeza hacia atrás.

-¡No sabe cuanto daría por una cerveza!

María sonrió.

-Y yo.

-Es verdad. Lo siento. Había olvidado tu estado.

Y rieron juntas, con picardía y de corazón. Como dos grandes amigas que no necesitan palabras para entender, tan sólo una mirada.

En ese momento la enfermera se acercó a María.

-El doctor Roberto la espera, acompáñeme.

Se despidió de la mujer mientras se alejaba, pero se volvió a medio camino.

-Disculpa, pero ¿cómo te llamas?, tanto hablar y se me había olvidado preguntártelo.

-Marion, me llamo Marion.

-No se me olvidará, tienes mi número. Llámame.

Cuando ya iba a entrar en la consulta, Marion asomó su rubia cabellera por el pasillo.

-Algún día tomaremos esa cerveza juntas.

María sonrió. Sí, algún día-pensó.

 

 

 

HISTORIA DE CUATRO MUJERES

 
Desde hoy y durante cuatro semanas, voy a publicar un relato, donde las protagonistas son cuatro mujeres, con mucho en común aunque ellas no lo sepan. Cada relato estará dividido en capítulos y  tiene el nombre de una estación. Con ellos intentaré transmitir amor, compasión, dolor también y sobretodo, esperanza . Espero que les guste y agradecería mucho sus comentarios, porque hablaré de temas con los que muchas se puedan sentir identificadas.


VERANO.

1ª PARTE.

Aquel día Marion se levantó temprano, no serían ni las ocho, pero el médico no esperaría si llegaba tarde, después de todo, le había hecho un favor. Si no acudía hoy antes de las nueve, no podrían atenderla hasta dentro de dos semanas y era el único ginecólogo competente que había en 100 km.

Se levantó despacio, sin movimientos bruscos que pudieran despertar a las bestia, como ella la llamaba. Era ese dolor insoportable que se clavaba en sus entrañas hasta hacerle perder el conocimiento. Agujas finas que se movían como pequeños insectos que la roían por dentro.

Había momentos de paz, pero últimamente, bastaba un giro de cintura o estar de pie demasiado tiempo, para despertarla.

No se miró siquiera al espejo, a tientas buscó los pantalones que había dejado en los pies de la cama y la camiseta que había cogido prestada a su marido. Y no por que fuera bonita, sino porque era lo suficientemente holgada para poder ir a gusto.

Se atusó el cabello, aún estaba limpio aunque hacía tres días que no se lo lavaba. Se pasó los dedos intentado recogerlo en un pequeño moño. Se refrescó con agua el rostro y, por unos segundos, se pudo observar. Tenía profundas ojeras, más acentuadas por sus ojos grises, y la piel estaba pálida. Su cabello rubio natural estaba opaco. Hacía meses que no se preocupaba de su aspecto porque se encontraba mal la mayor parte del tiempo y, cuando se reponía, aunque sea por unos días, pedía el alta para poder aparecer por el trabajo y asegurarse de que no la despidieran.

Bebió una infusión de manzanilla que su marido le había dejado preparada y cogió las llaves del coche.

-Qué bueno es- pensó Marión. Hacía meses que no tenían relaciones, pero lo soportaba estoicamente- estaré contigo siempre-le había dicho una y otra vez. Ella sabía que así sería, pero sufría por no poder llevar una vida sexual normal.

Se puso en marcha, no sin antes tomarse dos analgésicos, de los más fuertes que había encontrado, por si acaso.

El sol le martilleó el cerebro- demasiado tiempo sin salir-pensó. Puso el aire acondicionado al máximo. En días como aquellos, incluso pensaba en morir, pero pronto se recomponía de sus propias cenizas, de su propio dolor, para querer vivir de nuevo. A veces, ya sea fruto de las pastillas o de la propia enfermedad, veía la realidad con una luz especial, tan bella y hermosa que la hacía llorar. Sonreía, sonreía siempre, porque había leído que liberaba endorfinas y estas servían para combatir el dolor. Sin embargo, tanta sonrisa le había servido también para liberar su mente. Había pasado del cabreo a un estado de alucinación permanente.

Cuando llegó al consultorio, aún no había llegado don Roberto, así que sentó y esperó, con la mano puesta en el vientre y rezando para que el dolor siguiera dormido. Se acariciaba como si estuviera embarazada. La enfermera la miraba y sonreía. Que equivocada estaba-pensó Marión- mientras sentía que la bestia comenzaba de nuevo a despertar.

Cuando la llamaron por le altavoz, las lágrimas ya asomaban por sus mejillas. El doctor se limitó a mirarla con preocupación y ella a contarle lo mismo de todos los meses. Los dolores y calambres no cesaban, y ahora, además le duraban más días, a veces, incluso todo el mes.

Le hizo una ecografía en la que sólo podía ver masas informes-tienes varios tumores- le dijo, tenemos que operarte de inmediato.

-¿Tumores? ¿Y ahora lo ve?, llevo meses con esto.
-Lo siento-se limitó a decir don Roberto- en las imágenes no se veía con claridad.

 Era un hombre joven, moreno como el azabache y le hablaba con dulzura, pero eso no le servía.

-No se preocupe, seguramente será benigno o endometriosis, pero mientras antes la operemos mejor.

-¿Endometriosis?-era la primera vez que Marion oía esa palabra.

Don Roberto se limitó a no darle importancia, indicándole que
sería la mejor opción si la tuviera, porque podrían quitársela y tratarla.

-Es endometrio que crece fuera del útero. No es mortal pero sí muy doloroso.

En diez segundos le rellenó los partes del preoperatorio y la dirigió a la enfermera. Esta ya no la miraba con una sonrisa, sino compasivamente. En diez días tendría todas las pruebas, la operación se concretó para el 10 de Julio.
Volvió a casa anonadada y desesperada por no haber preguntado más-¿para qué existe internet?- pensó.
Lo que obtuvo de la red no le gustó, hablaban de infertilidad y daños en el intestino o la vejiga.
Siempre había querido ser madre, pero nunca lo había conseguido. Había tenido dos abortos y nunca habían puesto medios, pero ahora sería aún peor. Tenía 40 años y estaba al límite. Si no conseguían sus ovarios superar la operación, ya no podría.

Se hizo un café y volvió a tomarse un tercer analgésico. Combinaba varios para que efecto fuera aún mayor. Hizo una comida frugal, un sándwich de queso y atún. Se recostó en el sofá viendo la ruleta de la fortuna y esperó a que su marido llegara.

Éste la despertó con un beso, como siempre. Ella se abrazó a él desesperada y se lo contó todo, su operación, su miedo a no poder superarla y la posibilidad de no tener hijos.

-Yo no necesito hijos, contigo me basta y me sobra.
Y, como si nada, se dirigió a la cocina a recalentarse el plato del día anterior.
Marión siguió viendo la tele, triste y confusa. Triste porque un deseo tan largamente perseguido no se haría realidad, confusa porque esperaba otra reacción por parte de su marido, más indignación. Sin embargo, estaba feliz y dichoso, como si le hubiera tocado la lotería.

-No te preocupes, Marion, todo saldrá bien-le dijo mientras se llenaba la boca de puré de lentejas-. Lo de los niños no es importante, lo principal eres tú, que te puedas recuperar y llevar una vida normal.

Ella sonrió y agradeció a Dios que hubiera puesto en su camino a persona tan buena, tan generosa y tan llena de amor.
Vieron juntos el Telediario y después descansaron un rato. Estaban a 40º y Carlos no tendría que volver a la oficina hasta las seis.

sábado, 25 de enero de 2014

Mi historia con Bichito


 
 
 
 
 

Bichito nació un día cualquiera del mes de Marzo, seguramente lluvioso, porque ese año lo recuerdo húmedo. La encontré paseando con Kuky, mi perra, en una esquina del parque. Allí vive una colonia de gatos, a los que la gente normalmente respeta, algunos incluso cuida, llevándoles comida. Se puede decir que es una colonia feliz.

Esa tarde mi perra estaba bastante pesada, porque quiso salir antes de lo que la tenía acostumbrada. Insistió en tomar el camino contrario al parque, algo raro porque era su salida favorita, por la tardes al parque que hay al final de la avenida.

Pero ella siempre llevaba razón, los que tienen perros lo entenderán, y le hice caso.

-Hoy iremos por la calle principal-le dije-, por dónde sólo pasan coches- sé que me entendía.

Volví la mirada al llegar a la esquina, para observar a los gatos agrupados como comían y ella estaba allí, a mis pies, separada de los demás, blanca con rabito negro, tan pequeña que cabía en una mano.

Al principio pensé que era de una camada, pues había más gatitos de su edad, que correteaban alrededor de su mamá. Pero ella no, estaba sola y apartada, pero no asustada. Se acercó a mi pie, enrolló sus patas en el rabito negro, miró hacia mí e intentó maullar, pero no salió sonido alguno.

Su carita era una costra amarilla que le impedía ver, respirar y seguro que comer con normalidad. Supe que si no la cogía me arrepentiría, que no superaría una noche fría. Así que la envolví en la bufanda que llevaba y la subí a casa. La limpié con agua templada y le di de beber leche con miel. Esa noche durmió profundamente, pero yo no. Temía que muriera antes de que pudiera llevarla al veterinario al día siguiente.

Pero sobrevivió esa noche y muchas más. El veterinario no auguró buenos pronósticos para su salud, tuvo que tomar muchos antibióticos y expectorantes. Tuvo que soportar que le echara colirio cada cinco horas, para las llagas de los ojos, y tomar un jarabe para el intestino, que creí que la iba a deshidratar…pero sobrevivió.

Tardó en emitir sonidos seis meses y el día que lo hizo, habló. Llamé a mi marido para decirle:

-Habla, la gata habla.

El reía porque no lo creía, hasta que la oyó.

Emitía sonidos agudos y graves, bajos y altos, formando un lenguaje propio que todavía tiene.

Kuky, que siempre había sido una perrita más bien territorial, la aceptó de buen grado. Le permitía todo, que le atacara el rabo, que le mordiera las patas, que se tendiera en su cesta. Ella sabía que Bichito era de la familia antes que nosotros mismos. Porque los animales tienen un sexto sentido, y Kuky fue quién forjó su destino llevándonos hasta ella.

Ha destrozado cortinas en las que le gustaba enrollarse y ha mordido plantas hasta hacerlas desaparecer. Ha tirado jarrones y le gusta beber del grifo. Pero se instaló en nuestros corazones desde que entró.

Ya está mayor, tiene nueve años y convive con un PIV que ha conseguido no desarrollar. Es fuerte y sensible.

Ha pasado mis enfermedades y operaciones cuidándome. Cuando no pude moverme en quince días, ella se recostaba a mi lado para darme calor, en ningún momento se subió encima del vientre, dónde tenía los puntos. Bastaba que la empujara suavemente con la mano, para que lo entendiera. Y aunque hiciera calor y pudiera tenderse en la terraza como hacía siempre, venía para estar a mi lado, como si supiera que su energía me podía curar.

Creo que así era. Desde entonces es mi guía espiritual, así la llamo. Si tuviéramos un símil o guía en el mundo animal, que conociera todos nuestros problemas y supiera guiarnos, en el mío sería ella.

Se llama Bichito porque era un trasto de pequeñita. Ahora forma una parte tan grande de mí, que no me imagino la vida sin ella.
 Kuky se fue, en Febrero, ya estaba mayor y delicada. No sin antes dejarnos alguien en quien apoyarnos, que sabía llenaría el hueco que ella dejaría.

Ahora me siento en el sillón, con Bichito en mi regazo. Me mira a los ojos y maúlla, me habla. Hay momentos que la entiendo y otros no, pero los años de convivencia basta para mirarnos y saber.

A veces, solo a veces, veo que se esconde, como hacía antes y salta en un momento dado, alzando sus patitas al aire, como cuando jugaba con Kuky. Y es por eso que sé que está aquí, que a veces viene a visitarnos aunque nosotros no podamos verla; pero Bichito, ella sí que la ve. Y es que los animales están conectados al mundo espiritual de una forma que nosotros hemos perdido. Quizás pudiéramos recuperar esa conexión, si nos olvidáramos de todos los prejuicios, de la necesidades materiales que nos rodea y nos hemos creado sin necesitar.

Sólo tenemos que ver la sociedad que hemos construido, donde los animales no tienen cabida, a no ser que le demos un uso. O nos los comemos o los utilizamos para satisfacción personal. Cuando ellos ocupan un lugar y espacio, tanto físico y espiritual en el mundo. No nos tienen que pedir permiso para vivir. Somos nosotros los que tenemos que buscar una forma de convivir con ellos respetando su espacio.

Hemos creado ciudades de hormigón donde los perros y gatos molestan. Dicen que crean suciedad, que pueden morder o transmitir enfermedades. Y los desterramos. Se nos olvidó que la única dueña del mundo en el que vivimos es la Naturaleza y que ellos forman parte de ella, incluso antes que nosotros. No le hemos pedido permiso para matar, contaminar y destrozar, sin embargo lo hacemos.

Pero la Naturaleza es sabia y un día la balanza se equilibrará. Si no estamos preparados nos afectará.

Menos mal que todavía hay personas que luchan y hablan por la igualdad y respeto a los animales. Que hay seres humanos que son capaces de emocionarse y sacrificarse por ellos. Ellos cambiarán el mundo y hará que la Naturaleza nos mire con más ternura.

Porque somos iguales, ellos y nosotros. Nuestros animales no están aquí para ser nuestras mascotas, sino para guiarnos por el mundo que olvidamos.

Bichito es mi guía espiritual, supongo que muchos de vosotros tendréis la vuestra y sabréis a lo que me refiero.

La observo de cerca porque su edad me asusta y su enfermedad también. Ella lo sabe, viene, me lame y se restriega con mis piernas. Entonces sé que es un camino largo el que ha recorrido y muchas las cosas que me ha enseñado.

Soy feliz porque he sido una buena alumna y ella me ha recompensado.
Esta es mi historia con Bichito. Supongo que hay muchas historias pululando por el mundo. Historias llenas de alegrías y tristezas, sacrificios y recompensas, de reencuentros y abrazos, con animales especiales que cambian el mundo de quien los conoce. Y si todos los humanos pudieran vivir, tan sólo una de ellas, el mundo sería un lugar mejor.

 
 
 
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viernes, 20 de diciembre de 2013

¡¡QUIERO ESTAR GUAPA!!



¿Habéis probado alguna vez el sujetacaras? es un remedio casero para intentar reducir la papada. Consiste en atarse un lazo alrededor del rostro o, aun mejor, ponerse una felpa cubriendo la papada. Yo, cuando lo hago, a escondidas por supuesto, ya que mi marido cree que tendré un derrame cerebral si presiono mi cerebro, aunque yo le demuestre que no hay presión y que está flojito; realmente no consigo nada físicamente, pero psicológicamente me sienta fenomenal.

Me pinto las uñas, me embadurno de crema el rostro, me pongo el sujetacaras. Me siento como si acabara de realizarme una operación de cirugía estética y que cuando me mire al espejo, todo lo que hay en él que no me gusta, va a desaparecer.

Las pequeñas arrugas que aparecen alrededor de los ojos y al levantar las cejas, las pecas en la nariz, las ojeras…

Y es tal mi ilusión que me siento eufórica cuando realizo todo este proceso, sobretodo cuando utilizo una nueva crema que, creo, será mejor que la anterior.

Después de una hora y antes de que mi marido aparezca, voy ilusionada al tocador para ver los resultados. Me quito la cinta de la cara y los restos de crema, levanto la mirada y todo sigue ahí, quizás más mitigado, pero no desaparece.

Esto me lleva a la ansiedad de buscar otra crema y me convenzo a mí misma de que será eso, que no era lo suficientemente buena o adecuada a mi tipo de rostro.

Así he pasado años, intentado cambiar lo que no se puede, intentado buscar mi alma en un cuerpo diferente…pero está aquí, en el que yo elegí, antes de nacer, y con el que tengo que morir.

Después viene mi marido y todo le parece una tontería, porque él me quiere tal como soy y ve belleza en las primeras arrugas y en las ojeras de la mañana, y en la pequeña papada que me acompaña desde siempre, porque todo me representa y así soy yo. Si cambiaras, me dice, ya no serías la persona de la que me enamoré.

Esto es más potente que cualquier crema del mercado, que cualquier sujetacaras o anticelulítico de última generación, porque esto es Amor. Y el Amor embellece el alma y el cuerpo, no te hace sentir guapa, te hace mirar con otros ojos para ver más allá de lo físico, te hace amar el mundo interior que forma parte de cada uno de nosotros y la energía que se concreta, al final, en ese cuerpo que intentamos cambiar a cada momento.

Por eso, finalmente, he vuelto a la crema más natural que he conocido, la más sencilla y barata, compuesta de besos, abrazos, sonrisas y buen aceite de oliva ( virgen extra y sin filtrar, el mejor), lo único que ha utilizado mi madre y de lo que ha obtenido muy buenos resultados.

Mezclado con limón y en el rostro limpio, a la mañana siguiente brillas como si fueras un sol, pero si va acompañado de una sonrisa y un beso, mucho mejor.

Viva el amor que nos hace ser como somos y querernos por ello,  y no por lo que pretenden que seamos.

 

martes, 10 de diciembre de 2013

LA VIDA ES LO QUE PASA MIENTRAS ESTÁS SOÑANDO





Algo parecido es lo que dijo John Lennon. Y es que nos pasamos la mitad de nuestra vida soñando. Desde pequeñas nos enseñan a soñar con mundos perfectos, donde somos las princesas; damas hermosas, heroicas y protagonistas de bellas historias con finales felices.
Esto está bien a los 5, 10 ó 15 años. Pero seamos realistas, seguimos soñando mientras pasamos la aspiradora, fregamos los platos o hacemos rápidamente la comida porque los niños no tardarán en venir.
Y mientras realizamos todas esas tareas, soñamos con un futuro que cada vez es más corto. Llevamos la mitad del camino andado, todavía falta la otra mitad. ¿No sería mejor vivirlo a soñarlo?
Eso es lo que me he planteado. Romper las ataduras, ver mi alrededor cotidiano como el más hermoso y, si no lo es, cambiarlo para que así sea. No, no me conformo con la rutina diaria del trabajo en la oficina; de tirarme dos horas haciendo una rica comida para que los niños la desechen en dos segundos porque no les guste. Terminar a la hora del café, sentada en la cocina, con la pila llena de platos sucios y soñando, mientras tanto, que estoy fuera de allí, en un mundo paralelo, de cuento de hadas, donde nunca me ensucio las manos, ni se me rompen las uñas. Donde el pelo no está grasiento ni pardo. Donde todo brilla por naturaleza y los nubarrones son sólo un espejismo.
Pero ahí está el problema. Desde que tenemos uso de razón, nos deberían enseñar que las hadas no existen, que todas somos princesas y que los sueños se consiguen con lucha. Que todo hay que ganarlo y que en parte depende de tí.
¿Por qué un día nublado tiene que ser opaco, triste?, ¿por qué una comida en familia o un trabajo repetitivo tiene que ser aburrido?
Los mundos de cuento no existen. Existen las personas con mundos reales, maravillosos, que sonríen a pesar de todo. Que ven la luz en lo gris, que transforman lo rudo en delicadeza, lo cotidiano en sorpresa.
Los cuentos son eso, sólo cuentos. La realidad es mucho mejor, porque es lo que vivimos todos los días. No podemos cambiar un cuento que nunca existirá, pero tenemos el poder de cambiar la realidad.
Dejemos de soñar con las historias que nos impusieron y escribamos las nuestras, con nuestra propia vida. Convirtamos lo que no nos gusta. Quitémonos las gafas rosa y descubramos nuestros bellos ojos, para que la luz de la verdad entre en ellos y podamos vivirla.
Y, si en algún momento, nos cerramos en lo que nos prometieron, en las fábulas centenarias relatadas a millones de mujeres; sólo habrá que mirarse al espejo y sonreír, para que la belleza real penetre de nuevo en nosotras.
En este preciso instante estoy escribiendo, pero me esperan demasiadas cosas por hacer. Una lavadora que amenaza con venir a recogerme a la salita y un cuarto que he de organizar, si mañana quiero tener ropa limpia que ponerme. Estoy en chándal, no vestida con tul de colores. Fuera está lloviendo, pero las gotas de agua son cristales preciosos que adornan mi ventana. La gata ronronea al lado de la estufa.
¿Qué voy a hacer?, me pintaré los labios de rojo, cepillaré mi pelo y sonreiré al espejo. Después, cantaré mientras trabajo. Porque ya no soy princesa, sino reina, de mi casa, de mi familia y de mi vida.



miércoles, 4 de diciembre de 2013

EL AMOR



Muchas veces me lo he preguntado, ¿existe el amor? ¿qué es en realidad?, y he pasado por muchas etapas y diversas respuestas.

Cuando somos niños, más que amar, necesitamos. Necesitamos a nuestros padres, a nuestros abuelos, a las personas mayores que nos dan seguridad y estabilidad. Aquí no somos conscientes de lo que significar amar, pero sí necesitar, ni siquiera nos planteamos esta cuestión.

Cuando llegamos a la adolescencia, nos desbordamos en pasión, por cualquier cosa, pero sobretodo, por los chicos. Es una época desbordada, porque todo nos lo tomamos “a pecho”: los estudios, los amigos, los primeros amores, las aficciones, los vicios también. Tanta intensidad nos nubla y nos confunde, nos incita a probarlo todo, por eso cometemos tantas equivocaciones. De hecho, cuantas de vosotras se habrá unido a alguien, movida por esa pasión tan confusa, y después, con la edad, todo se ha enfriado, dando lugar a separaciones y relaciones incomprensibles.

Por fin, la época adulta, la mejor de todas, donde la mente se tranquiliza y los sentimientos se aclaran. Donde te planteas todas las cuestiones, dudas de todo y analizas los sentimientos. Cuando comienzas a dejar atrás los prejuicios e introduces más valores.

Esto es lo ideal, o lo sería para la mayoría de nosotros. Pero el mundo está loco y lleno de incongruencias. Porque tenemos adolescentes de 45 años y viejas de 14. Porque, a veces, nos entran los celos cuando la madurez ya los debería haber olvidado y los olvidamos, cuando aun no hemos empezado.

Y la etapa más importante, la que viene a partir de los 50. Esa etapa en la que sí olvidas de verdad para desnudar el alma. Cuando eres sincera porque ya estás de vuelta de todo y sabes que enmascarar no sirve de nada. Cuando aceptas los errores y los defectos, pero amas a pesar de todo. Cuando tomas las decisiones más acertadas, aunque para algunos no sean comprensibles.

¿Cuantas separaciones hay a partir de esa edad que realmente comprendamos? . Yo sí, porque seguramente, esa mujer habrá mirado con calma su vida y habrá roto los barrotes que la aprisionaban. Posiblemente, una cárcel que ella misma habrá creado. Porque somos capaces de ver con claridad el pasado y el presente, y, quizás, también el hipotético futuro si no aceptamos o cambiamos.

Y es aquí, cuando el amor reluce en toda su intensidad, porque ya no hay rencores, sino paz. Ya no hay definiciones, ni sueños vagos que sabemos no se cumplirán. Porque aceptamos a las personas tal como son, ya no tenemos tiempo para prejuicios ni adornos. El tiempo pasa y hay que disfrutarlo.

Y para ello, que mejor que amar, sin más, sin limitaciones, sin celos, con paz.

Aquí es donde más valoramos el amor de madre, de padre, de hermanos, de amante, de marido, de hijos. Y es aquí cuando nos emocionamos porque ese calor que lanzamos en una dirección, ya no esperamos con ansiedad que nos lo devuelvan.

Hemos aprendido. El placer estar en dar, es lo que reconforta. Eso es amar, lo demás no importa.