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martes, 26 de mayo de 2015

El milagro de Isabel








El día cinco de Octubre el circo llegó, lleno de espectáculo, belleza y muerte. El olor a animal invadió el ambiente. Desconocían de dónde venía, pues hacía ya mucho tiempo que nadie pasaba por allí. Era un pueblo de apenas cincuenta habitantes, la mayoría mayores de sesenta años, y algunos jóvenes que habían renunciado a huir a la ciudad. No tenían médico, ni farmacia, ni tienda de ultramarinos, ni Iglesia. Para todo lo necesario debían de acudir a la aldea más cercana, situada a treinta kilómetros por la carretera comarcal.
Por eso, cuando los camiones comenzaron a llegar y a instalarse en la explanada sur, cerca del campo del trigo, todos los vecinos se extrañaron.
—¡Hay que convocar una reunión! —exclamó don Fernando.
El alcalde, un hombre de ochenta años pero que aparentaba sesenta, con su gran mata de cabello negro, del que tanto presumía, y grandes mejillas sonrosadas, daba instrucciones a Alterio, el más joven del pueblo y ayudante para todo. Tenía cincuenta años pero aparentaba setenta. Nunca había sabido cuidarse, como le decían sus vecinos, con tanta bebida y comida grasienta. Pero era feliz y se sentía bien consigo mismo, sobre todo cuando era capaz de arrancar una sonrisa a los más ancianos que lo miraban con benevolencia.
—Ya voy, jefe. En la casa del pueblo ¿verdad?
Y marchó corriendo como pudo, bamboleando su gran vientre y estresado por tan importante encomienda, pues nunca se había solicitado una reunión urgente en aquel lugar perdido de la mano de Dios.
Fue casa por casa, gritando el mensaje en cada una de ellas. En algunas solo estaban las mujeres, porque los hombres habían marchado al campo y no volverían hasta el atardecer. Se sentaban en las puertas, en sus viejas sillas de mimbre, aprovechando el sol de las mañanas, mientras remendaban ropa usada y chismorreaban. Aquellos terrenos que nadie quería,  los vecinos luchaban por conservarlos, mientras pudieran, dándole vida. Era una tierra áspera y dependía de un clima extremo, tanto en invierno como en verano. Pero sus habitantes se habían propuesto conseguir cosechas de trigo y centeno, de tomates, manzanas y ciruelas.
—¡No lo lograreis, las heladas las matarán y os moriréis de hambre. Es lo que ha pasado siempre. Este pueblo está muerto!.
Así lo había sentenciado el Gobernador de la Provincia. Hombre importante y astuto donde los haya, vinculado a una gran corporación empresarial, empeñada en construir una estación de esquí para el invierno, aunque para ello tendría antes que echar a todos los habitantes que quedaban en el pueblo.
—¡Ya, ya os iréis!—les amenazó la última vez que se reunió con el alcalde—. Si no, esperaré, ya no falta mucho para que la vayáis palmando.
Y se alejó con su traje de Armani y su desdén,  impregnando de perfume las paredes de aquella casa consistorial, hasta el punto de que ni una mano de pintura lo pudo quitar.
El olor que llegaba ahora era diferente, profundo; desprendía temor y tristeza. Don Fernando observó durante todo el día, entre los arbustos, como colocaban la carpa y montaban el campamento. Eran familias enteras, hombres, mujeres y niños; pero no parecían del país, ni siquiera de la época. Ellas vestían faldas largas como las cíngaras que había visto en las películas de Marifé de Triana. Ellos lucían con chulería pañuelos en el cuello y blusas de colores. Y los animales, los podía oler pero no ver. Oyó sus gemidos y gruñidos, que hacían un eco horrible en los campos.
Su hija, una mujer de treinta y cinco años, morena y espabilada, le llamó la atención en cuanto fue a casa a comer.
—Ya no está usted para esos trotes, padre —y se puso de jarras mientras él tomaba con ansiedad la sopa de maimones y el resto de asado del día anterior.
Tenía unos ojos verdes, casi transparentes, heredados de una madre que murió joven. Muchas veces le había dicho su padre que marchara a la ciudad, que allí no podría hacer nada, que no tendría futuro. Pero el amor a su familia pudo más y decidió quedarse al lado de lo único que tenía. Ella fue quien ideó la forma de cosechar tomates y frutas, diseñando invernaderos con plásticos reciclados y motores de aire caliente para el invierno. Se encontraban en otoño y ya comenzaban a dar sus frutos. Hortalizas pequeñas pero sabrosas, frutas descaradamente feas pero dulces como la miel. Ella tenía un secreto gritado a voces y era el amor que daba a aquellas pequeñas matas todos los días. Les cantaba al amanecer, bellas canciones que su madre le enseñó, con tanta dulzura que la escarcha se tornaba fresco rocío. Y así crecían, fuertes y confiadas de los humanos que las trataban con respeto.
—Isabel, hija, no te enfades. Es mi trabajo, debo velar por este lugar. Soy el único que tiene la cabeza en su sitio.
Pero ella sabía que se trataba de mucho más. Para él su familia se había extendido más allá de aquella casa en la que habitaba desde que nació, para abarcar todo el pueblo, con sus habitantes, tierras y animales.
Alterio llegó cuando estaba tomando el café, sentado en el porche. Su expresión lo decía todo, porque el sudor corría por su rostro y escote, bañándole literalmente, en agua salada.
—Ya está, señor. Todos avisados.
Y se sentó en el sillón a su lado, mientras se secaba la frente con un pañuelo. Don Fernando ni siquiera lo miró, siguió bebiendo tranquilamente, mientras su nariz olfateaba el ambiente.
—¿Quiere un café, Alterio? aún está a tiempo.
Éste se sonrojó como un chiquillo al ver a Isabel asomar por la ventana.
—Pues sí, pero con hielo si puede ser.
—Claro que puede ser.
En dos minutos salió con un café bien frío en una mano y un plato con galletas en el otro. Era de dominio público la atracción que sentía por ella, aunque nunca se había atrevido a decirle nada. Vio como se alejaba moviendo sus caderas prominentes bajo la falda ajustada. Las piernas, blancas como el algodón, asomaban tímidamente entre unos calcetines mal ajustados. Era toda una belleza y dominaba su pensamiento día y noche. Por eso siempre era tan servicial con don Fernando. El hecho de estar cerca de ella lo hacía el hombre más feliz del mundo.
Esa misma noche, en la reunión, decidieron que alguien debía ir a hablar con el responsable de la caravana, explicarle las condiciones que tenían que aceptar si querían quedarse durante un tiempo y, ya de paso, algún impuesto que tendrían que pagar por tal privilegio.
Isabel se ofreció, era la más leída e instruida; después de todo, era la única que tenía estudios de Bachiller.
—¡Pero yo soy el alcalde, debo ir también!—gritó don Fernando, exasperado de que no lo hubieran elegido a él.
—Y yo también voy, soy su ayudante ¿recuerda?
Así Alterio se sumó a la comitiva y decidieron que saldrían los tres al día siguiente, a las nueve, para ir al campamento. Quedaron en la plaza del pueblo, debajo de la única farola que iluminaba las antiguas casonas de piedra que ya comenzaban a sufrir el  paso del tiempo. Hacía un frío seco y cortante, pero haría sol y eso lo agradecerían mucho los huesos del alcalde, que últimamente no paraban de recordarle la edad que tenía.  Isabel echó a su padre una manta por los hombros, pero éste la rechazó.
—¡Ya es suficiente!  He salido a esas tierras durante sesenta años al amanecer y nunca me ha importado el tiempo que hiciera. Mira mis brazos—y se remangó para enseñar unos antebrazos musculosos y quemados.
—Bueno padre, usted sabrá. Pero yo me la llevo, por si acaso.
Y los tres salieron del pueblo en dirección al campamento. Bordearon el arroyo del Asno y sintieron las hojas secas de los castaños crujiendo bajo sus pies. Las ramas se extendían enlazando en armonía unos árboles con otros.
—¡Mira Isabel, es como si bailaran!.
Alterio se emocionaba siempre con los cambios que el tiempo provocaba en la Naturaleza. Sentía tanta devoción por ella, que había llegado incluso a rezarle, escondido en el bosque.
—Sí, son muy bellos.
Ella siempre trataba de ser cortés con él, al que consideraba un ser especial. Las luces jugaban con las sombras, provocando destellos de luz sobre una paleta de colores que iba del marrón al amarillo más intenso.
El olor a animal borró toda la magia que sentían en ese momento. La explanada junto al campo de trigo ya estaba cerca y podían sentir la presencia del circo.
Cuando bajaron la ladera, nadie de los que allí estaban reunidos ante el fuego se extrañó. Todos eran hombres, todos serios y enjutos. Don Fernando supuso que las mujeres aún estarían en las caravanas.
Se dirigió al más anciano, sentado en una silla de plástico vieja, con su gran bigote blanco y envuelto en un poncho verde.
—¿Es usted el jefe de todo esto?—preguntó.
El hombre lo miró en silencio pero no habló. Un joven salió de la parte de atrás.
—Soy yo.
Alto, moreno, con barba espesa y ojos azules como el mar. Isabel se sonrojó nada más verle. Era el hombre más guapo que había visto nunca.
—Soy don Fernando, el alcalde del pueblo. Y estos son mi hija Isabel y mi ayudante Alterio.
—Pues yo soy Rafael, para servirles— hizo una reverencia exagerada— .Supongo que han venido a ponernos condiciones ¿verdad?
—Pues sí, aunque primero querría saber que hacen aquí.
—En ese caso, es mejor que se sienten con nosotros, no queremos que cojan frio—y algunos hombres se levantaron a regañadientes, para dejarles sitio.
Se acomodaron como pudieron, los tres juntos, en un viejo banco de madera improvisado con troncos.
—Usted dirá, buen señor.
Don Fernando se rascó la barba.
—No, no, primero dígame, ¿son un circo?
—Así es—y sonrió dejando ver unos dientes perfectos.
—¿De animales?
—Así es—volvió a repetir.
—Pues en ese caso debemos saber como están.
Rafael se levantó indignado.
—¿Cómo están?¿acaso cree que no sabemos tratarlos?
Don Fernando comenzó a perder la paciencia, la pierna le rabiaba de dolor a causa del reuma y quería zanjarlo cuanto antes. Alterio permanecía en silencio, mordisqueando una hoja. Isabel se percató de la situación y medió.
—No se preocupe Rafael. No desconfiamos de su circo, es que nosotros tenemos unas normas muy especiales respecto al trato a la Naturaleza. Nuestra supervivencia depende de ello.
Habló con soltura y sin maldad. Él se dio cuenta de ello y decidió escucharla, mientras traspasaba su cuerpo para ir más allá e imaginarse con ella en otro mundo, donde posiblemente el amor les habría unido. Pero en este no podría ser, eran las leyes de la familia.
—Venga conmigo, le enseñaré como viven.
Isabel miró a su padre, que dio su consentimiento. Se levantó y siguió a Rafael. La llevó detrás de los carruajes, donde se oían a niños llorar y mujeres charlar animadamente mientras hacían el desayuno. Algunos perros alborotaron a su alrededor.
Allí estaban, seis jaulas perfectamente cerradas. En dos de ellas había tigres, en otras dos leonas y en el resto chimpancés. Todos los animales permanecían en silencio, sin emitir ningún gemido, hasta el punto de que creía fueran de mentira, lo que la obligó a acercarse a una de ellas. Una leona permanecía tendida sobre una capa de paja, suspiraba y tenía la mirada perdida. La tristeza se podía respirar, emanaba de ella en forma de niebla gris, se volvía sólida y hasta se podía masticar. Olía a metal y polvo. La energía áspera y moribunda la apresó como si fuera ella la enjaulada. Y la música de piano comenzó a sonar dentro de su cabeza, inundando sus oídos, nublando sus sentidos. La misma que oía cuando llegaban hasta ella los lamentos lejanos de los animales perdidos, que buscaban la muerte como la única forma de libertad.
—¡Esto es tenerlos bien!—exclamó Isabel indignada.
Rafael la observó, extrañado ante su reacción. En ningún pueblo le habían puesto impedimentos para asentarse y ganarse la vida. Era un buen domador y alimentaba a sus animales incluso mejor que a sí mismo. Ella, que pareció escuchar sus pensamientos, lo miró con firmeza y añadió.
—Pero están enjaulados de por vida.
—¿Y qué quiere?, son animales salvajes. De ellos dependemos todos y son nuestro sustento.
Isabel divisó los látigos en una de las paredes y sintió ganas de llorar.
—Deje que le diga nuestras condiciones, amigo. Este pueblo, como esta tierra, es frágil. Hemos salido adelante porque hemos hecho un pacto con la Naturaleza y ella nos lo agradece con sus frutos. Ese pacto implica respeto absoluto por toda la fauna y flora. Claro que tenemos granjas, pero nunca enjaulamos a nuestros animales. Les damos una vida feliz y tranquila en el campo, y si sacrificamos alguno porque sea necesario, debe de ser de los más mayores. Lo hacemos con respeto y sabiendo que el tiempo que han vivido hasta entonces, han sido felices y queridos.
Rafael la miraba extasiado ante tanto entusiasmo reflejado en aquellos ojos pícaros y sabios.
—¿Y qué obtienen a cambio?
—Tenemos cosechas abundantes y nunca nos falta de nada. Las grandes corporaciones nos acechan pero hemos resistido. No estamos atados a ninguna iglesia, ni credo, ni religión. Solo estamos atados a la Naturaleza porque nos salva la vida. No pueden quedarse aquí si no la respetan.
Y se marchó, dejando atrás el sentimiento de angustia que le había creado ver tanto ser vivo destrozado por la avaricia del hombre. Si el mal tuviera aspecto, sería el de las manos que torturan a seres inocentes, desvalidos por su propio origen. Salvajes a los ojos de los demás, perfectos a los de ella.
Su padre no pudo evitar echarle una reprimenda en cuanto llegaron a casa.
—¿Podías haber sido más cordial?, necesitamos el dinero.
—Pues no padre, no ha visto a esos animales, tristes, apáticos. Si rompemos el equilibrio, perderemos todo lo que tenemos.
—¡Ay hija!—se sentó cansado en la cama—tus teorías son buenas y nos han ayudado hasta ahora, pero necesitamos más. Cada vez somos menos los que quedamos y ya sabes que el gobernador sigue presionando.
—Lo sé padre, tenga paciencia, la Naturaleza nos escuchará.
—Sí, sí, la Naturaleza ¿y si no la oímos?, ¿y si ya nos ha olvidado?
—No sea tonto y acuéstese un rato, que lo necesita.
Isabel fue a la cocina a recoger los platos del día anterior y después se sentó en porche, con un té bien caliente en la mano y pensando en aquel hombre que tanto le había atraído hacía unos minutos. Soñó despierta como habría sido tener una relación con él a pesar de que le repugnaba lo que hacía. ¿Se podía amar al diablo? Negó con la cabeza. En ocasiones, se sorprendía con pensamientos demasiados sentimentales para una mujer como ella. Ya hacía años que se había entregado a la tierra, que su corazón no la guiaba de otra forma que no fuera para cuidarla, sanearla. Su madre, a la que tanto echaba de menos, también le hablaba en sueños. Pero no se atrevía a decirle nada a su padre, no querían que la tacharan de loca. Aunque una de sus locuras era las que hacía que el pueblo subsistiera.
En una nueva reunión se acordó dejar que el circo hiciera una función, a la que acudirían vecinos de los pueblos cercanos, a cambio de un porcentaje de la recaudación. El único voto en contra fue el de Isabel, que se negaba a que tal espectáculo tuviera lugar en la tierra que tanto había mimado.
Pero ya no había vuelta atrás. Los cinco días siguientes, el viento llevaba a sus oídos los latigazos y los gruñidos, el olor a miedo y rabia, y supo que algo no iría bien.
La noche anterior al primer pase, cuando todos dormían menos ella, presa de una congoja aún mayor de lo que pensaba, Rafael llamó a su puerta.
—Tiene que ayudarme—suplicó. En su mirada había preocupación, tenía profundas ojeras pero sus ojos seguían siendo tan bellos como el día que lo conoció.
—No sé en qué puedo yo ayudarle—ella permaneció en el umbral, sin invitarle siquiera a entrar. Después de todo, era el culpable de toda la ruina que vendría.
—Usted conoce a los animales, por favor—volvió a suplicar.
Isabel titubeó pero luego aceptó. Si era por ellos, lo haría. Y él la siguió por el bosque, alumbrados tan solo por la luna. No necesitaban ir por la carretera, ella sabía moverse por aquel lugar con los ojos cerrados. Allí había dormido y jugado. Allí había salvado de morir a un zorro y se había bañado en el arroyo desnuda. Era una parte más de ese bosque profundo y enigmático, en la ladera de aquel valle rodeado de frutales dignos de cualquier sitio tropical, aunque estuvieran bajo cero. Incluso las mariposas revoloteaban de aquí para allá, ignorando el frío que podrían sentir ellos.
—Desde que tenemos árboles frutales, siempre están— dijo Isabel—. A veces, se posan en mis manos, pero siempre las dejo libres. Me encanta verlas aletear por los campos.
—¿Nunca las ha cazado?, conozco un profesor que daría un buen dinero por ellas.
—No, nunca. Algunos me llaman la cazadora de mariposas, porque soy la única a la que se acercan. Pero nunca las he retenido.
Por un momento, Rafael  pensó que era verdad, que tenían un pacto secreto con la Naturaleza. Que aquel hormigueo que lo invadía procedía, de alguna manera, de la tierra y aquella mujer era el nexo de unión con ella.
Sus animales se encontraban apáticos y desde que habían llegado a aquel lugar no querían comer, ni levantarse. No le obedecían a pesar del látigo y al día siguiente sería la función. Parecía que de repente fueran conscientes de su propia existencia. Los necesitaba y no podía permitirlo.
Ella los observó, incluso los tocó, sin agresividad alguna por parte de ellos. Después lo miró con severidad.
—El espíritu los ha abandonado. Se han dado cuenta de que están muertos en vida.
—¿Cómo es posible?, son animales.
Ella le sonrió, contenta de que no pudieran actuar.
—Pues por eso. Este sitio es especial, ya se lo dije. Venga conmigo— le cogió la mano, grande y caliente, que abrazó la suya como si siempre hubieran estado así.
El piano volvió a sonar y un pensamiento a rondarle: ¿se puede cambiar al diablo?
Y lo llevó al valle del norte, dónde le enseñó los pastos en los que tenían a sus animales. Vacas, toros, cabras, cerdos y gallinas, todos convivían en su propio espacio, entrando y saliendo del establo como seres libres. Ella se acercó al astado que descansaba en el pajar y le acarició el hocico. Los demás animales empezaron a cercarlos porque también querían los mimos a los que tanto los habían acostumbrado. Isabel comenzó a cantarles una canción dulce y melódica. Nunca había visto nada igual. Él, gitano de rango, heredero de una estirpe de domadores, que siempre se había creído en contacto con los animales, en realidad no lo estaba. Y Rafael fue un animal más esa noche, acurrucándose junto a Isabel, tendidos ambos en el granero, sobre una manta vieja y sintiendo el calor de tanto ser alrededor. Ella también sintió su rendición e hicieron el amor con ternura. A la mañana siguiente, cuando despertó, él ya se había ido. No le dolió en absoluto porque sabía que ya no sería el mismo. Algo había conseguido transformar en él, ella poseía esa magia.
Cuando llegó a casa, su padre no estaba y se extrañó. Se cambió de ropa y fue a la casa consistorial dónde todos estaban reunidos, incluido Rafael y su grupo.
—Anda hija, entra—don Fernando le hizo señales con la mano y ella se abrió paso entre la gente abarrotada en aquel lugar tan pequeño.
—Han venido a vernos porque no harán la función. Dicen que tenías razón y que tienes que ayudarles, quieren acabar con esto, sus animales ya no sirven.
Pero Isabel sí sabía qué hacer. Les habló de las tierras que estaban a dos kilómetros del pueblo. Una finca que no habían conseguido cultivar.
—Están llenas de campo abierto y vallado, podéis soltar allí a los animales y dejar que se recuperen.
Don Fernando la miró con severidad.
—Pero hija, así ellos no ganan y nosotros tampoco.
Alterio, que había permanecido callado durante los acontecimientos, algo normal en él, tuvo una gran idea.
—¿Por qué no hacen una especie de reserva?
Todos lo miraron y el silencio se hizo en la sala. Él quiso volver atrás y tragarse sus palabras, pero no pudo.
—Sí, como esos de la tele, donde la gente paga por entrar. Así ganamos todos y los animales también—su voz era apenas perceptible.
Los gitanos se miraron entre sí y sonrieron.
—Nunca se nos hubiera ocurrido. ¿Nos ayudarán?
Todos aplaudieron y celebraron el acuerdo. Así, un mes más tarde, después de un arduo trabajo diseñando espacios para cada animal y añadiendo alguno más para los de granja, celebraron la apertura con ilusión. La gente del campamento compró algunas casas del pueblo, ya que se asentarían allí. Acudieron personas, incluso de ciudades a cientos de kilómetros, que habían conocido la historia por los pocos periódicos que se habían hecho eco del acontecimiento. Los animales habían vuelto a ser felices y eso es lo que transmitían a los visitantes.
Rafael abordó a Isabel por la noche, cuando todo hubo terminado y los animales descansaban. La beso con ternura.
—¿Y ahora qué?—le preguntó ella.
—Ahora nosotros—y la volvió a besar.
—¿Juntos, los dos?¿y tu gente, qué dirá?
Él sonrió y la abrazó aún más fuerte.
—¿Qué gente?¿tú haces distinciones?
—Yo creía, no sé…—pero no la dejó terminar porque sus bocas sellaron el compromiso.
Y se alejaron cogidos de la mano, hacía el bosque que los había unido, mientras él le relataba antiguas historias de amor.
                                                                               
FIN




viernes, 5 de diciembre de 2014

QUIERO SER PERRO




Se escabullen entre los cubos de basura, andan ágiles entre la gente, que pasea tratando de evitarlos. Ellos los miran desconfiados, pero siguen su camino. Olfatean cualquier rastro de posible comida. Son educados y no ladran cuando vienen al pueblo, saben que eso alertaría. Son grandes y pequeños, unos negros como el carbón, otros blancos como el algodón o moteados como un tigre. De color miel, con parche de pirata o sin cola. Son perros, son una manada, una familia y son libres.
Y así es como los vi la primera vez, de la mano de mi padre, que me había comprado una manzana de caramelo. Mi instinto me dijo que debía seguirlos, que tenía que conocer. No era curiosidad científica, era algo más. Una atracción sin precedentes que tiraba de mí. Quería marchar con ellos,
correr y rozarnos los hocicos, mientras abríamos los cubos de basura y compartíamos deshechos de comida. Anhelaba dormir acurrucada con ellos, sentir el calor de su piel, la respiración entrecortada. Sus patas moviéndose al ritmo de alguna pesadilla; algunos corrían, otros sonreían y el resto, simplemente, suspiraba. No había duda, tenían alma. Con cinco años, ya lo sabía. Pero mi padre tiró de mí en cuanto los vio, tratando de apartarme a su paso.

—No se sabe lo que pueden contagiar —dijo una mujer que, cesta en mano, ofrecía peladillas envuelta en una túnica, con las uñas más negras que había visto nunca.

—Eso es, es que deberían hacer algo —murmuró mi padre.

Desde entonces, ya supe lo que quería ser de mayor. Costumbre muy arraigada entre las familias, preguntar a niños que no levantaban un palmo del suelo:

—¡Que ricura! ¿y que quieres ser tú de mayor?

Mi hermana profesora, ya lo tenía definido. Aunque creo que esa afirmación se la dio mi madre, que veía con claridad que sólo dos trabajos podía tener una mujer, profesora o ama de casa. Y así lo comentaba habitualmente en la puerta del colegio, en la tienda de ultramarinos, en la pescadería o tomando café por las tardes con sus amigas. Por eso, a mi hermana no se le ocurrió otra cosa que decir, que lo que llevaba aprendido desde que tenía el poder de oír.

En cambio yo, con una sonrisa de oreja a oreja, mientras mi mente divagaba por mundos que serían imposibles de llegar a ver, respondía:

—Perro, quiero ser perro.

Esto provocaba carcajadas entre mis tíos y un azoramiento entre mis padres, que se miraban entre sí. Después, en casa, me echaban diversas charlas de porqué no podía ser un animal, de que debía ejercer una profesión. Que en un futuro tendría un perro y así me aliviaría esa ansia, pero que ahora, no debía decir esas cosas o me tacharían de loca y me tendrían que llevar al médico, donde me encerrarían por desquiciada.
¿Y que tenía de malo ser perro?, ¿no me decían, acaso, que poder ser cualquier cosa? Esto provocó en mí una gran confusión. Ellos, en su insistencia para que olvidara el asunto, decidieron que podía ser veterinaria.

—Así podrás estar con los animales y curarlos. ¿Qué te parece?, pero no puedes ser uno de ellos.

Y así quedó zanjado el asunto. Desde entonces, me ocupé de no expresar mi verdaderos sentimientos a mi familia, con la que cada día me sentía menos identificada. Mi comportamiento era ejemplar. En el colegio sacaba buenas notas, obedecía en todo, por lo menos en apariencia. Porque cuando llegaba la tarde y podía salir a jugar, durante dos horas, al campo cercano, lo dedicaba a buscar perros vagabundos. Era tal la necesidad que sentía de ellos, que me alejaba kilómetros sin saberlo y después me costaba la misma vida volver, siempre guiada por las luces de mi casa, que mi padre encendía bastante pronto, en aquel paraje desierto aún sin habitar. 

Vivíamos en un bloque de pisos, a las afueras de un pueblo pequeño, rodeados de campo salvaje y más allá, el cementerio. Mi madre se jactaba de que ellos fueron los primeros en habitarlo, que todos lo anhelaban; porque hasta ese momento, sólo había casas con patios enormes que había que arreglar, encalar, etc. Y el piso, aunque fuera pequeño y con habitaciones imposibles, representaba la modernidad y, sobretodo, el poco trabajo de mantenimiento.

—Mira —decía mi madre en el supermercado— son las once y media, y ya me veis, todo hecho. Si es que se barre en un periquete. Vamos, que hemos acertado con venir aquí.

Y lo decía tan convencida, cosa que ahora se reprocha, mientras las demás, monedero colocado adecuadamente debajo de la axila, asentían. Ellas se tenían que encargar de casas llenas de humedades, repasar los tejados y limpiar los sótanos repletos, a veces, de seres diminutos indeseados. Era todo un cometido y mi madre lo sabía, por eso se regodeaba.

Cuanto echa de menos ahora esos patios de azulejos sevillanos, adornados de geranios y cintas, esparragueras y costillas de adán, sobretodo en primavera y verano, cuando se podía sentar a tomar un café, mientras observaba como los pajarillos robaban las ramas secas.

Pero en aquellos años 70, todo era diferente. Estábamos a un paso de la modernidad, que no era sino lo que veíamos en la televisión. Y eso significaba alejarse todo lo que se pudiera del concepto de pueblo.

Pero me he desviado del asunto. En mi caso era el deseo de ser perro. No quería ser veterinaria, no quería ver sangre, ni curar. Quería estar con ellos, simplemente, como uno más.

Era una época donde los perros vivían en libertad, en manadas que recorrían los campos por la noche, cazando algún que otro conejo, o rebuscando entre la basura. Yo los seguía, observándolos con detenimiento. Ellos pendientes también de mí, expectantes y desconfiados. Aquellos minutos de visión me llevaban a otro espacio, tan diferente en el que vivía, hasta el punto de hacerme olvidar que era humana.

Un sábado, aburrido donde los haya, mi madre, después de haberme puesto el mejor vestido que tenía, me prohibió ir al campo. Debía estar impoluta . Eran días de gala, de salir por la calle principal, saludar a tus vecinos y sentarte en el único bar del pueblo con tu familia, a mirar como los demás hacían lo mismo. Eran días, donde las mujeres se ponían el collar de perlas y se hacían la permanente.
A mí, sin embargo, la ropa me picaba y los cuellos me apretaban. Con el ceño fruncido, aceptaba a regañadientes.

—Siéntate en la puerta pero no te vayas, que nosotros bajamos enseguida.

Y así debía permanecer, hasta que vi pasar uno de los míos. Su mirada denostaba miedo y me conmovió. Su color, canela. Las orejas largas, el cuerpo pequeño y algo regordete. 

—Este no es como los demás —pensé.

Lo perseguí dos calles y me adentré entre los matorrales hasta que lo pude coger. Le coloqué una cuerda al cuello y lo subí a casa. El animalito no dejaba de mirarme con susto, yo a él con
expectación. Iba a tener un compañero. Lo cuidaría, mimaría. Iría a recogerme a la salida de clase y correríamos juntos entre las margaritas, como Mellissa Gilbert en “La casa de la pradera”.
Pero en cuanto mi madre me vio por la mirilla, soltó una exclamación de horror, incitándome a dejar al animal en la calle.

—No sabe bajar las escaleras, mamá —le dije, aunque fuera absurdo. Yo tenía sólo seis años.

Pero chillidos se intercalaban con más alaridos y la puerta no se abrió. Lo tuve que soltar, con todo mi dolor, y dejar que se marchara, de nuevo asustado, con el rabito entre las patas. Ahora entiendo que era un animal abandonado, dócil y noble. Sin embargo, en aquel momento, no tuve miedo de que le pudiera pasar algo. Porque antes, los animales tenían una oportunidad. No se les perseguía y encerraba. No estaba bien definido el papel de la perrera, que sólo actuaba si algún vecino se quejaba de que le hubieran robado una gallina o roto el alambrado. Por lo demás, su salvajismo era casi tan enigmático como el de los lobos.


Ni que decir que aquel día no salimos y mi madre, frustrada por mi conducta, se dedicó a desinfectarme, rascándome tanto la piel con un estropajo , que estuve colorada una semana.
Y es que ella pensaba que cualquier animal podía transmitir una infección. De hecho, por animal englobo mamíferos, aves, insectos y demás. Pues difícil lo tenía si vivía en un pueblo donde las vacas pastaban alegremente al lado de casa. 

Los animales, las plantas que crecían sin control, todo era para mí más natural que las aceras o calles pavimentadas. De pequeñas, incluso, jugábamos a pasar entre las nubes de mosquitos que se formaban en la parte de atrás del bar. Era densa y zumbaba. No teníamos miedo, nunca pensamos que nos podrían picar. Formaban parte de la naturaleza, como los perros o los cardos borriqueros que se te clavaban en las piernas en verano.

Con el tiempo, resignada a no tener animales grandes, intenté tener algunos más pequeños. Y así, en una caja de zapatos, fui metiendo mariquitas, hormigas, grillos, etc. Les echaba de comer hojas de los árboles y restos de pan. La coloqué debajo de mi cama y cuando me iba al colegio, la dejaba detrás de una piedra, en la calle. No quería que mi madre la encontrara.
Pero lo hizo. El verano aún no había llegado, pero esa noche de Mayo hacía más calor que cualquier día de Agosto. El sueño se hacía imposible de tener y los cuerpos permanecían tendidos esperando que alguna brisa de aire entrara por la ventana. Mientras se abatían sobre ellos improvisados abanicos hechos de periódicos y dormíamos en ropa interior, un sonido parecido a un desgarro la alertó. 

—¡Cucarachas, cucarachas! —exclamaba con escobón en mano. 

Nos hizo levantarnos y buscar debajo de las sábanas, dentro de los armarios, en la despensa. Iba dando golpes en los quicios, esperando que los insectos salieran a su encuentro. Así, que antes de que terminaran debajo de las cerdas largas y cortantes, decidí tirar la caja por la ventana. Ésta se abrió y los insectos salieron volando unos, otros dando vueltas sobre sí mismos. Yo esperaba que el golpe no fuera demasiado para ellos. Pensaba que si no pesaban, no se espachurrarían contra el suelo, sino que se deslizarían sobre el él, como los aviones de papel.

—¿Qué haces? —mi madre me había descubierto —no te quedes como una pasmarota mirando por la ventana y ayúdame a buscar.

Amanecimos todos en el salón, exhaustos; toda la casa revuelta.

—Bueno —sentenció mi padre— seguro que se habrá ido. Vamos a dormir un poco.

Pero yo ya no pude, me habían quitado la única porción de naturaleza animal que había conseguido tener.
Pasaron los años y las vicisitudes se sucedieron unas con otras. Nunca olvidé mi esencia, que estaba ahí, de forma permanente, acechándome en cuanto veía un animal, que cada vez se hacía más difícil. En mi mente entraron los chicos, las salidas nocturnas y los anhelos de un futuro que deseábamos cambiar.
Las manadas desaparecieron de las calles, que se tornaron impolutas, con sus papeleras de bronce y cubos de basura de plástico, imposibles de volcar. Las normativas, estrictas hasta la saciedad, comenzaron a prohibir todo aquello que no fuera humano. Se prohibió que los perros anduvieran sueltos, que no llevaran collar, que ladraran mucho; que alguien tuviera demasiados canarios o pájaros, que podían enturbiar con su canto a los vecinos; que los gatos anduvieran por los tejados sin control. En fin, se les prohibió la libertad.
Eran de alguien, o no eran de nadie, en cuyo caso, serían arrestados, enjaulados y asesinados. Y esa detonante es la que ha seguido hasta hoy en día. 

Mientras veo las luces emerger en la ciudad, tomándome un té después de un largo día de trabajo en la oficina, dos perros y un gato, que ronronea sin césar, me acompañan. Dormimos juntos, mi marido
 también, por supuesto, que lo ha tenido que aceptar porque forman parte de mí. Los acaricio y siento sus respiraciones. Sus patitas se mueven al ritmo de algún sueño lejano y yo los acompaño. Corremos por un campo lleno de jaramagos y margaritas, bajo un cálido sol de primavera en un pueblo del sur, olisqueando las piedras y bebiendo agua del rio. Somos perros, somos una manada, una familia, y somos libres.

FIN





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martes, 25 de marzo de 2014

NADIE SABRÁ QUE EXISTES



“ Nos encontramos bombardeados, últimamente, por informaciones acerca de las personas que logran cruzar a España, ya sea saltando la valla o por barco. Lo vemos en las noticias, día sí y día no. A la mayoría no les importa. Incluso los ven como una amenaza a nuestras vidas y a nuestro país. Vemos sus cuerpos destrozados por las cuchillas o con hipotermia, cuando cruzan por el mar. Vemos sus caras y su sonrisa cuando lo consiguen, aun siendo una incógnita la vida que les espera a partir de ahora. Pero están felices, han cruzado al mundo que les dará comida, trabajo y dignidad. Los más reacios a esta situación, piensan en el peligro que corre nuestra estabilidad, que no podemos asumir tanta inmigración. Algunas veces, incluso a mí me ha dado miedo. Cuando nos muestran en los telediarios, las avalanchas que intentan una y otra vez cruzar. Después he visto la alegría desbordada en cuerpos destrozados y me avergüenzo de ser tan egoísta, cuando la mitad del planeta se muere de hambre. ¿Qué me hace tener más derecho que ellos a estar aquí?, algunos dicen que el nacimiento. Miro mi cuerpo y me pregunto, ¿qué pasaría si no hubiera nacido aquí sino en un país de África dónde la esperanza de vida es de 40 años?, ¿qué pasaría si fuera una mujer joven que quisiera luchar y vivir?, ¿qué pasaría si viera a mi familiar morir de hambre?, ¿qué pasaría si las leyes de mi país no me protegieran por el hecho de ser mujer, condenándome a una vida que no deseo?, ¿qué haría?. Sería igual que ellos, huiría hacia la vida que creo que merezco, una vida con dignidad. No podemos levantar un muro a la pobreza, porque ésta lo derribará. La solución la deben buscar los políticos, que para eso les pagamos. Yo, desde aquí, como simple habitante de este país, no puedo más que compadecerme, admirar y avergonzarme. Admiración por la valentía del largo viaje que han realizado, sin esperanza de que puedan llegar a ver cumplido su sueño. Compasión por ver el estado en el que llegan. Vergüenza, por sentirme amenazada y creer que tengo más derecho que ellos a lo que tengo. Nacer es una casualidad y esa casualidad podría haber hecho que naciera en otro lugar, con otra familia y en otro país. Por eso no me considero en mejor posición que ellos ni tampoco los juzgo, porque yo podría haber sido una de esas personas que intenta una y otra vez cruzar al primer mundo, como lo llamamos. Entonces también bailaría y besaría el país que me acoge, como ellos. Viviría la misma ilusión y lucharía por los mismos deseos. Soy una mujer blanca, de mediana edad y sin demasiados problemas. Pero podría ser una mujer negra, pobre, sin recursos, que ha cruzado cientos de kilómetros durante meses, para llegar a una tierra prometida, buscando simplemente, una oportunidad para vivir.”

Este relato me ha salido del alma, como se dice en mi tierra. Por unas horas he viajado a Níger, he llorado y he sufrido con la protagonista. Y, sobretodo, he sentido la paz de llegar al final del recorrido. Se lo dedico a todas las personas buenas que han formado parte de mi vida y han hecho que pueda mirar más allá de las apariencias.


NADIE SABRÁ QUE EXISTES

La niña mujer, como la llamaba su madre, se ha levantado temprano. Hoy le toca hacer el té y el pan. Él se levantará pronto y no quiere enfadarle. Todo tendrá que estar perfecto. Se pasa cuidadosamente aceite por los rizos descontrolados. Hace un mes que su compañera Marjani le había hecho las trenzas y eso la ayudaba a controlarlo.

-Tienes que echarte este aceite todos los días, así te brillará con el sol.

Y le dio un pequeño frasco de cristal que aún conserva guardado debajo del colchón. La niña mujer sonríe con su recuerdo porque hace más de dos meses que no ve a su amiga. Ha sido muy especial para ella desde que llegó. Le enseñó todo lo que sabe. Hasta entonces, sólo se había dedicado a trabajar con su madre vendiendo y comprando víveres en el mercado, intercambiando camellos por provisiones. Allí todo el trabajo lo hacían las mujeres, aquí también.

Su padre la vendió por 400 euros a un comerciante de Zínder. Era un hombre corpulento y regordete, de sonrisa perenne y dedos poblados de anillos de oro. Ostentoso hasta la saciedad, su cuello apenas se veía entre tantos abalorios.

Su madre no se opuso, la quería pero lo permitió. Pensaba que sería mejor para su hija estar con un solo hombre que permanecer con ella cruzando el desierto de Teneré todos los años. Siempre había algún fallecimiento, porque muchas chicas no lo aguantaban.
 Pero ellas son resistentes. Saben guiarse por las estrellas y siempre llegan a su destino. Después vuelven a casa, haciendo el mismo trayecto, llenas de víveres, con los pies duros y callosos y la piel quemada y arrugada. Los hombres las esperan siempre con ansiedad y ellas se alegran al darle los cigarrillos y ver los víveres que han conseguido.

En su familia eran cinco niñas y ella era la mayor. Obstinada y bella, no podían tenerla más o no encontraría marido. Por eso la opción del señor Abid le pareció lo mejor.

Ella lo asumió pero estuvo llorando toda la noche antes de preparar su salida. Su madre le contó historias maravillosas de la vida que viviría, en una ciudad, lejos del desierto.

Y así llegó a aquella casa, donde las mujeres vivían hacinadas en habitaciones. A ella le tocó compartir con la mayor, Marjani, que se convirtió en su protectora.

-Tienes que ser sumisa y complaciente. No te niegues a lo que te pida el señor, pero tampoco te ofrezcas rápidamente. Debes esperar y saber cual es tu oportunidad. Si sabes manejarlo, se dormirá pronto y no te dolerá tanto.

Y volvía su vista a la túnica que estaba cosiendo. La niña mujer no sabía coser, sólo sabía comprar y vender, como encontrar agua en el desierto y como cuidar de un rebaño. Por eso al señor le gustó, era como un animalillo salvaje al que había que domar.

Cada noche se acostaba rezando a Mahoma para que no viniera por ella. Llevaba tres meses allí y la solicitaba tanto, que sus partes le escocían continuamente y no tenía tiempo de curarse.

Mientras ella sentía su cuerpo pesado jadeando sobre el suyo, cerraba los ojos y soñaba con el color dorado de la arena en el desierto, con las palmeras de su oasis, en el que acampaban a mitad de camino. Era el Oasis de la Mujer, porque siempre había mujeres de diferentes caravanas que se encontraban en sus rutas. Allí charlaban y reían, festejaban y bailaban, libres, sin hombres a los que atender o que las pudieran censurar.

Desde que Marjani se fue ya no es lo mismo. El señor está irritable y nervioso, no quiere que ninguna más pueda escapar. Por eso las ata con cadenas por la noche. Por el día, sus hombres se ocupan de ellas.

Pero la niña mujer tiene un plan, elaborado en las noches que pasaba hablando con su amiga. Un plan que le permitirá vivir en libertad. Lo conseguirá porque Marjani también lo consiguió. Ella lo sabe. El último día que la vio, la besó en la boca. Fue un beso inocente, de cariño verdadero, de amistad, de hermandad.

-Esta noche es el momento. Mi prima me espera en la esquina de la plaza, su marido tiene un coche y podremos cruzar a Argelia. Ya sabes lo que tienes que hacer, te esperaré no más de tres meses, tenlo presente.

Y le dio un papel con una dirección. Ella no sabía leer pero le explicó que podía pedir ayuda a cualquier mujer que se encontrara en el mercado el día que se decidiera. Esa noche Marjani echó un sedante en el té, elaborado con las hiedras que crecían salvajes en el jardín. El señor nunca se enteró. Sólo sabe que durmió como nunca y que cuando se despertó, una de sus mujeres se había ido.

La niña mujer pensaba como podía escapar. Tenía las hojas sedantes, pero ahora hacía probar antes las comidas y bebidas a las mujeres de la casa, porque temía ser envenenado.

Por el día, tanto la salida principal como la del jardín trasero, estaban custodiadas por hombres armados que las miraban con desconfianza.

Se acababa el tiempo, no quería pasar el resto de su vida allí, entre aquellos muros, violada por un hombre que le repugnaba. Quería el sueño de Marjani y quería su propio sueño.

Quería aprender a leer libros y escribir en papel. Deseaba vivir en algún lugar donde no tuviera que tener miedo.

Mientras terminaba el pan del horno, tuvo la idea de preparar té para todos los hombres que rodeaban la casa. Todavía faltaba media hora para que su dueño se levantara, así que tenía tiempo. Echó todas las hojas de hiedra en la tetera y llenó cinco vasos, aromatizándolos con canela en rama y limón. Salió tratando de no hacer ruido, para que las demás no despertaran y avisaran.

Cuando se acercó a los dos hombres de la entrada, no se extrañaron de su servidumbre, había sido educada para ser así, aunque nunca les había preparado nada.

-¿Y eso por qué?-le dijo uno de ellos mientras daba un sorbo.

Ella agachó la cabeza y sonrió.

-No es por nada. Siempre os veo aquí y pensé que os gustaría.

Ellos la ignoraron y siguieron bebiendo, pronto estarían dormidos. Fue a la parte de atrás y repitió el mismo ritual. También aceptaron la bebida con agrado.

Después ella corrió a su dormitorio, con sigilo, pues ahora lo compartía con dos mujeres más que la envidiaban por la preferencia que tenía su dueño con ella. La niña mujer, sin embargo, las envidiaba a ellas, por no tener que sufrir abusos todas las noches.

Cogió el hatillo que ya tenía preparado debajo de la cama y el papel con la dirección. Después se puso su velo azul cielo, con ribetes rojos y se envolvió el rostro. Salió por la cocina, faltaba sólo diez minutos para que despertara y estaba aterrada. Cogió uno de los cuchillos que había en la encimera, un trozo de carne, pan y naranjas, no quería pasar hambre.

Decidió salir por atrás, era la puerta que estaba más cerca de la calle central y habría más gente, por lo que podría pasar desapercibida. Antes miró a los hombres armados, que estaban sentados en el bordillo con las cabezas dobladas.

-Están dormidos-pensó la niña.

Después cerró la puerta a sus espaldas y corrió, como nunca lo había hecho, hasta que llegó a una plaza grande y cuadrada, llena de personas que iban y venían, poniendo tenderetes y gritándose entre ellos por los espacios disponibles.

Divisó a una viejecita que vendía canastas, le enseñó el papel, pero tampoco sabía leer. Después vio a una joven que colocaba biblias del Corán en un puesto. Ella le señaló que debía de andar dos calles más, después torcer a la derecha y allí buscar una casa de adobe con dos limoneros en la entrada.

Siguió las indicaciones de la chica, siempre pensando en que su señor ya habría despertado y sabría que ella no estaba allí. Estaría furioso y seguramente lo pagaría con las demás, ahora las tendría atadas también de día. Ella tuvo una oportunidad,  porque cuando le tocaba cocinar, podía permanecer sin cadenas.

Comenzó a sudar debajo de la túnica. Sus partes le dolían tanto que el simple roce al andar le provocaba arcadas.

Llegó a la casa con los dos limoneros, fácil de distinguir porque ninguna más en la calle tenía árboles. Entró en el patio, sin llamar, allí había una mujer que cerró la puerta a sus espaldas mientras la sentaba en uno de los taburetes.

-¿Eres Eshe?-le preguntó.

Ella asintió, estaba jadeando y no se atrevía a hablar.

-No tengas miedo, te estábamos esperando. Marjani me ha hablado mucho de ti.

Se acercó al fuego y le echó un tazón de leche caliente.

-Tómate esto y relájate.

Ella bebió para tranquilizarse y lo consiguió. El líquido entró en su garganta, aplacó su estómago y también sus nervios.

Escuchó voces que venían de la casa. Se contrajo del susto, porque podía distinguir un hombre.

Marjani entró en el patio acompañada de un chico joven, no tendría más de quince años. Cuando la vio corrió hacia ella y la abrazó con tanta fuerza que el tazón le calló de las manos.

-¡No sabes cuanto te he echado de menos!, sabía que lo conseguirías.

Eshe le rodeó el cuello y lloró sobre su hombro, eran lágrimas de alegría y también de pena, por las demás mujeres que había dejado en su situación.

-No te preocupes- le dijo Marjani.-Mira-y señaló a la señora que la atendió al llegar-esta es Sunbul, mi prima.

Después señaló al chico.

-Y éste Aalif-es mi sobrino.

Los dos sonrieron y le tendieron la mano.

-¡Pero que caliente estás!-exclamó Sunbul. A continuación le tocó la frente y se miraron.

-Tienes fiebre-le dijo-debemos bajarla.

La llevaron a un cuarto donde la desnudaron y metieron en una palangana con agua fría. Ella intentaba taparse los pechos pero se dejaba hacer.

-La lavaremos también, puede que la infección esté abajo-hablaban entre ellas y señalaban sus partes.

La obligaron a abrirse de piernas.

-No te preocupes-le dijo Sunbul-sé mucho de esto. Es más habitual de lo que piensas.

Después de unos minutos que a ella le parecieron horas, le preguntaron si estaba embarazada. Ella dijo que no sabía, pero ellas asintieron.

Después la metieron en una cama limpia, tan sólo tapada con unas sábanas. Le dieron a beber un té que eliminaría la infección. Ella obedeció sin rechistar, se sentía relajada después del baño y el tazón de leche caliente.

Durmió durante todo un día. Por la noche despertó sobresaltada. Había soñado que el señor venía a por ella y la volvía a llevar a la casa, donde permanecía encadenada eternamente. Sintió voces en la entrada, pero esta vez distinguió alguna más de las que había oído hasta entonces. Eran voces de varios hombres.

Marjani entró en la habitación, llorando y sudorosa.

-Corre, vístete, te vas con Aalif. Tienes que irte, los hombres de Abid te han encontrado. Yo no les importo pero tú sí.

Eshe se vistió aprisa pero suplicaba por quedarse.

-No, no los podemos engañar más. A mí no me quieren porque ya soy vieja, pero tú eres su capricho. No parará, debes huir.

Cogió de nuevo su pequeño hatillo y salió tras su amiga. Los hombres discutían en la entrada con Sunbul. Ella saldría por la puerta de atrás, marcharían en coche hasta Argelia. Debían salir de aquel país si quería ser libre.

En la puerta del patio trasero, Eshe se volvió y abrazó a su compañera. Esta la besó de nuevo. Fue un beso de despedida, doloroso, ya no la volvería a ver más y ella lo sabía.

-Y cuida de tu pequeño-le dijo cuando se montaba en el coche.

Mientras se alejaba de aquel lugar pudo ver por la ventanilla como uno de los hombres cogía con fuerza a Marjani y la arrastraba a la casa. El otro corrió tras el coche, pero éste ya estaba demasiado lejos.

-Estoy embarazada-pensó en voz alta.

Y sintió asco por saber de dónde venía aquel bebé. Después soñó durante el viaje, con un bebé que reía feliz en un sitio verde y colorido, jugando entre la hierba. Cuando despertó supo que era una niña y que sería sólo suya.

La conversación con Aalif por el camino fue amena. Tenía catorce años, como ella. Él sí había podido ir al colegio. Sabía leer y escribir, también se le daban bien las matemáticas. Había prometido a su madre y a Marjani que la llevaría a la frontera con Argelia, allí debía continuar sola. Pero ahora no quería volver, él también había pensado en marchar muchas veces. No quería ver como su madre trabajaba tanto para nada. Quería buscar un nuevo futuro, el que había visto por la televisión algunas veces. En lugares donde las personas sonríen eternamente y no deben preocuparse por morir a los cuarenta.


-Seré tu compañero de viaje, si me aceptas.

Eshe sonrió. Se convirtieron en amigos a la fuerza. Entendió, con su amistad, que no todos los hombres son iguales y que, aun siendo diferentes, como lo era su padre o el señor Abid, podían cambiar. Aquel chico era reflejo de ello.

Siete horas de viaje, donde sólo pararon una vez, para comer la carne que ella aún llevaba guardada y un trozo de pan ya seco.

No utilizaron la frontera, no tenían papeles. Decidieron hacerlo por un camino a través de un pequeño desierto.

-Si lo hacemos por la noche-le dijo Eshe-yo te guiaré.

Y utilizaron la noche para cruzar, guiados por las estrellas que tantas veces había visto en sus viajes a camello, con su madre y sus hermanas.


Pensó que ya no las volvería a ver, pero no podía volver; allí era una mujer y no tenía derechos. Si su padre no la volvía a vender, la castigaría o seguro que Abid la encontraría. Se acarició el vientre y pensó en su hija. Ella no debía tener esa vida, tenía que huir por ella.


Una vez cruzada la frontera, encontraron una caravana de hombres que buscaban lo mismo que ellos. Iban repartidos en dos camionetas y habían pagado una fortuna por el viaje.

Aalif pensó que sería mejor acompañarles, porque sabían la ruta. Antes debieron pagar al conductor, era el que los guiaba y debía ser así. Por fortuna, antes de huir, él había cogido el dinero que había ahorrado para su sueño.

El jefe la miró con sus dientes mellados. Tenía surcos y manchas en la piel. Ella ya había visto eso antes. Era la misma enfermedad que tuvo su abuelo, debido al sol del desierto.

-Ella es mía-dijo Aalif-la tenéis que respetar. Además-y le tocó el vientre-está esperando un hijo.

Suerte tuvieron de no tener que compartir la camioneta porque habían oído historias de mujeres que, buscando esa misma libertad, habían soportado abusos y violaciones. Algunas, incluso, llegaban a sufrir embarazos y abortos.

El viaje por Argelia fue muy largo, tanto que Eshe pensaba no saldrían nunca de allí. Pasaron por pueblos donde pudieron comprar algo de comida y botellas de agua. El dinero se acabaría si no llegaban pronto.

En una de las paradas, estaban apoyados en el capó tomando pan con miel; ella se quitó el velo, tenía demasiado calor. Habían pasado semanas pero aún conservaba el peinado que le hizo su amiga. Tenía razón, el aceite que con tanta premura se había echado durante días, todavía le hacía efecto, porque su pelo brilló como oro negro. Eshe echó su cabeza hacia atrás y dejó que el aire caliente acariciara su rostro.

-Eres muy hermosa ¿lo sabes?

Ella asintió y se volvió a tapar. No veía a Aalif como un hombre, ni como un niño. Era más bien un hermano.

-Aquí es mejor que te cubras, no debes mostrarte tanto-le dijo.

Ella ya lo sabía, pero no soportaba más el calor que llevaban días sufriendo. Se lavaban por la noche, con la poca agua que tenían y como podían. Ella la utilizaba sobretodo para sus partes. Por ahí saldría su hija y no quería que estuvieran sucias. En el resto del cuerpo, se estaban formando costras con el polvo amarillento que se depositaba en su piel.


El día que cruzaron a Marruecos, llovía. Todos los camiones pararon para intentar recoger la mayor cantidad de agua que pudieran. Algunas personas bailaban y reían, mientras abrían sus bocas al cielo. Con el tiempo, se habían sumado más caravanas, también con mujeres, de diferentes países. Mujeres que ella sentía llorar por las noches mientras eran utilizadas. Algunas, simplemente, se vendían por comida o para pagar su viaje.

Por el día, mientras viajaban, permanecían en silencio, sentadas entre los hombres o abrazadas entre ellas.

El jefe les explicó que tenían dos opciones para entrar en Melilla, o por la valla o por mar hasta Algeciras. Por la valla era peligroso, porque los españoles habían edificado doble muro con cuchillas tan afiladas que, si conseguían pasarlo, sería heridos o muertos.

-Además son dos las que debemos saltar, de seis metros, con alambres de púas.

Todos sopesaban la forma de hacerlo, si utilizar cinturones, si coger hojas de las palmeras para usarlas como guantes, porque la mayoría tenían las ropas demasiado ajadas para hacer nada con ellas.

-Después está la opción de barco. El viaje es por mar, pero llegaremos a Algeciras, allí no hay muros, sólo la playa. Y después que cada uno se averigüe.

Algunos hombres se reunían en grupo y debatían. Los demás, sentados y exhaustos, lloraban y maldecían. Tanto viaje para nada. Pero ya estaban allí. La mayoría tenía familia y no podían fallarles.

Eshe y Aalif, siempre apartados, debatieron lo que debían hacer. Ninguno de los dos sabía  nadar. Ella estaba embarazada y con un vientre ya bastante prominente, la pequeña le daba patadas sin cesar.

-No creo que pueda saltar la valla, estoy asustada.

Algunas mujeres, aun sin entender el idioma y también hombres que hicieron el viaje desde el principio, se unieron a ellos para decidir utilizar el bote.

El jefe pidió más dinero por adelantado. La mayoría ya lo había dado todo, pero Aalif todavía conservaba algo y se lo dio. Pagó su viaje y el de alguno más que no tenía suficiente. Recordaba siempre los consejos de su madre:

-Sé bueno, hijo, aunque los demás no lo sean contigo. Algún día recibirás tu recompensa.

Estaban tan agradecidos que se inclinaban ante él como si fuera un dios aunque sólo era un chico con bondad.

Quedó previsto que saldrían al día siguiente por la noche, llegarían en unas horas porque el bote tenía motor.

Todos se agolparon en la playa a la hora y en el lugar señalado. Eshe se sujetaba el vientre con ambas manos. Había comenzado a dolerle bastante y no sabía porqué. Otra de las mujeres también estaba embarazada, aunque no tenía una barriga tan abultada como ella. Ambas se sentaros juntas en el bote. Éste se llenó con treinta personas, apenas si cabía un alfiler entre cada uno de ellas.

Soplaba viento del sur y eso era bueno, les dijo el patrón. Era un hombre moreno de piel, posiblemente marroquí, aunque Eshe no distinguía mucho las nacionalidades, para su espíritu nómada todo pertenecía a la naturaleza y ellos sólo eran meros moradores sin derecho alguno.

El mar era una gran masa oscura y fría que los envolvió desde el momento que se alejaron de la tierra. El barco subía y bajaba entre el silbar de las olas.

Eshe olvidó el dolor que sentía, podía con ella mucho más, el estrés de verse en aquel bote, rodeada sólo de la negrura de una noche donde ni siquiera había luna llena. Las nubes predecían tormenta, pero la mirada tranquilizadora de Aalif desde la otra punta del barco, la hizo relajarse y sonreír.  Habían colocado a las mujeres separadas de los hombres. Su compañera, embarazada como ella, se aferraba a su brazo mientras cantaba canciones que no entendía.

Durante el camino, dejó de sentir los pies y comenzó a tiritar, no sabía lo que era aquello, pero necesitaba calor.

-Sólo es frio-creyó oír a Marjani.

Miró a su alrededor, pero sólo pudo ver agua negra y nubes que viajaban por el cielo, provocando luces y sombras.

-Sólo es frio-pensaba ella una y otra vez-no me puede matar el frio, ahora no, que voy a llegar, lo voy a conseguir.

Y pensaba en las caravanas a través del Teneré. En los bailes alrededor de la fuego en el oasis, con sus madres y hermanas, cuando habían hecho buenos negocios. En el color dorado de la arena, en el azul de sus túnicas batiéndose como banderas con la brisa ardiente del desierto.

Sintió que algo caliente bajaba por sus piernas, era agua, agua que salía de ella. Se tocó el bajo vientre y lo sintió duro. Su compañera la miró asustada y le dijo algo en su idioma.

-Ya está aquí-pensó.

Aalif la observaba desde lejos, preocupado. Sabía lo que estaba pasando y no podía hacer nada.

El patrón gritó algo. Todos miraron hacía donde señalaba, podían ver luces.

-Es el final-pensó Eshe.

A diez metros de la playa, la barca paró.

-Ahora debéis nadar hasta la orilla- y comenzó a echarlos.

Aalif le gritó que ella no sabía nadar, que ese no era el trato, que estaba de parto y que moriría antes de llegar.

El hombre arrojó un flotador oscuro al agua.

-Esto es lo máximo que te puedo ayudar.

Eshe lloraba y gritaba de dolor, ante un parto inminente que no podía retrasar.

-Aguanta-le dijo Aalif-, te agarrarás al flotador y yo te llevaré.

Pero ella gritaba cada vez más, no podía soportar aquel dolor.

-Si sigue así, tendré que hacerla callar, nos van a encontrar si sigue armando tanto jaleo.

El patrón estaba tan enfadado que la empujó al agua con brusquedad. Dejó de gritar aturdida por la sacudida y comenzó a tragar agua.

-Me ahogo-pensaba-no quiero ahogarme..por favor…ayudadme.

Vio a Aalif como intentaba asirla por los brazos, agarrado a aquel flotador que también se hundía con ellos.

Eshe pasó de la angustia a una paz tan relajante que la hizo olvidarse del dolor que sentía. Vio peces nadar a su alrededor, algunos incluso le sonreían.

-Que animales más bellos-pensó.

Abrió la boca para respirar y el agua salada inundó sus pulmones. Cerró los ojos y vio a su madre en el mercado, riendo y charlando con sus amigas, contenta por estar durante unas semanas separada de su marido. Vio a Marjani, tendida en una cama, callada y silenciosa, mientras los demás lloraban a su alrededor. Vio al señor Abid, de espaldas, sobre una mujer de la que no podía distinguir el rostro. Vio a Aalif sonriendo en su coche, mientras contaba chistes a una chica sin velo. Después se vio a ella misma, flotando en agua azul, serena, tranquila…y al final, una luz que lo invadió todo. Después nada.

-Nadie sabrá que existo-piensa-.No llevo papeles, si muero, nadie sabrá que he existido.

Entonces siente un ruido de motor en su cabeza y más manos que la suben. Son hombres blancos, vestidos de uniforme. La llevan a la playa, después a un hospital. Eshe cree que todo es un sueño, porque en ningún momento reacciona. La llevan por pasillos de metal; hombres y mujeres están sobre ella, hablan y discuten. Después le ponen una mascarilla y duerme.

Cuando despierta está en una cama, sobre las sábanas más limpias que ha visto nunca. Toca su vientre, ya no está abultado pero le duele, su niña ya no está.

Entra una enfermera, le sonríe amablemente, trae en su mano un bebé lloroso de pelo rizado, envuelto en una mantita suave. Ella lo coge emocionada,  mientras llora abre el pañal con cuidado.

-¡Es una niña!-exclama.

En los días posteriores habla con personas que la ayudarán a quedarse- su niña es española-le dicen, y eso da derechos. Además ella también es niña. En España es una niña madre-piensa-, en su país es una mujer.

Tiene que aprender un nuevo idioma y vivir una nueva vida. No sabe que fue de Aalif ni se atrevió a preguntar, pero sabe que está bien y vivo. Desea que esté viviendo su sueño.

Algunas tardes, cuando sale de la escuela en la que aprende español, va con su hija al parque. Ya no tiene miedo. Piensa en la vida que dejó atrás y siente añoranza de las personas buenas que conoció.

-¿Qué significa Eshe?-le pregunta un día una compañera de clase.

-Significa “vivir”-le responde.


FIN