jueves, 3 de abril de 2014

HISTORIA DE CUATRO MUJERES



 
INVIERNO 3ªPARTE

Son las ocho de la tarde y Mercedes está agotada. Hoy no ha ido al bufete pero no ha parado desde que María la llamó. Ha tenido que coordinarse con la asistenta social, para que Marian y Carlos lo tuvieran todo perfecto. Una niña en adopción necesitaba de papeleo, por suerte ellos ya lo tenían todo, sin embargo la última vez no pasaron la idoneidad por motivos económicos. Marion se quedó en paro tras su operación, pero con el sueldo de Carlos tenían suficiente por ahora y nadie mejor que ellos para darle tanto amor a una niña como Fátima.

En España las adopciones son exigentes y difíciles. Por suerte, en la India no tanto y a las ocho de la tarde ya estaba todo solucionado.

Había llamado a su exmarido para que se hiciera cargo de los niños y hoy dormirían con él. Cuando se sentó en su sofá favorito y se sirvió una copa para celebrarlo, pensó que no lo haría sola. Debía llamar a sus amigas, las que habían estado a su lado en todo momento.

-Marion ¿ que te parece si nos reunimos en el centro para celebrarlo?

Se descalza mientras da un sorbo al vino.

-No sé, es que quiero celebrarlo con Carlos. ¿No te enfadas, verdad?

-No, no mujer. Es lo lógico. Es que a veces soy un poco egoísta. No te preocupes, mañana nos vemos.

Marion parece alegre por la respuesta. En cierto sentido, le tiene respeto. Sabe que su personalidad es fuerte y, a veces, contradictoria. No quiere enfadarla.

-Sí, eso es. Mañana te llamo sin falta y tomamos algo.

Mercedes cuelga y se toma el resto de la copa. Se huele la camiseta que lleva puesta desde la mañana, es un olor extraño, diferente. Desde que tiene los síntomas de la premenopausia su cuerpo está cambiando. Suda por lugares dónde no sabía que se pudiera sudar. Se lava tres veces al día, se echa dos clases diferente de desodorante, pero aún así, sigue emanando vapores que la encienden como una antorcha.

Ve la caja de soja en la mesa y no duda en tomarse dos cápsulas. Le dijeron que le harían efecto en unos tres meses. Pero ella no puede esperar tanto tiempo para volver a la normalidad. Cada vez que va a la oficina tiene que llevar una pequeña mochila con recambios de todo, de blusas, medias, incluso de bragas.

-Si es que parezco un bebé-piensa en voz alta.

Y la excusa perfecta para sus compañeros, es que es asidua del gimnasio. Claro está, que notarán que no está adelgazando nada, para estar todos los días bailando al ritmo de zumba.

-No me queda más remedio-piensa mientras se dirige a la ducha, desperdigando su ropa por el camino.

Se lava con frenesí, el cabello también. Cuando se mira al espejo, desnuda, su blanca piel está colorada de tanto frotarse.

Se coloca unos vaqueros grandes y una sudadera. El cabello mojado peinado hacia atrás. Limpia de cualquier accesorio. Tan diferente a como viste habitualmente, en traje y su cara pintada a la perfección. Tres meses de curso para aprender a maquillarse, de algo le habían servido. Ahora no lo necesitaba. Sólo quería hablar con su amiga, ya era hora de hacer las paces.

Cuando ya ha salido, con el coche en marcha, pone el manos libres, no quiere perder más puntos del carnet.

-¿Diga?-la voz de Macarena sonaba cansada.

-Maca-así es como había decidido llamarla-¿quieres que tomemos algo?

-No puedo, ¡no te puedes imaginar el día que llevo!.

-Sólo será un rato, tengo que comentarte algo muy importante, de María.

Ya no quería dar la vuelta, tenía ganas de sincerarse.

-De verdad, Mercedes. Quiero hablar contigo pero tiene que ser mañana, hoy estoy en el hospital y no he parado siquiera a tomar algo.

-Pues descansa un poco. Voy, tomamos un café rápido y hablamos. Por favor- suplicó- algo extraño en ella.

-Está bien. Pero no tardes, estoy de guardia y no puedo perder mucho tiempo.

Mercedes no cabe en sí de alegría, así que pone un CD de Madonna, Holiday. Piensa que está feliz, a pesar de que a veces se sienta sola. Tiene tres niños estupendos, un exmarido que, aunque odia, es buen padre y puede contar con él. También un buen trabajo y un sueldo del que no se puede quejar,- ¿qué más quieres?-le dice siempre su hermana.
 

Pero por la noche llora, cuando los niños duermen. Nadie puede saber que ella, la gran abogada, dura, inflexible, aparentemente despreocupada, siente una soledad tan grande que, en ocasiones, le pesa tanto como una losa, dejándole huellas que cree imposibles de eliminar.

El tráfico parece haberse reducido drásticamente desde que comenzó la crisis. Sin embargo, el transporte público estaría repleto.

-Tomaré la nacional IV, así llegaré más rápido.

Se había acostumbrado a hablar en voz alta. No estaba loca, pero necesitaba escuchar su voz como si dialogara con alguien imaginario. Manías que olvidaría cuando encontrara a alguien con quien compartir su vida.

Desde que se había separado, hacía unos meses, todo había cambiado. Al principio se sintió liberada. Después tranquila y, por último, extraña. Extraña porque había pasado la mitad de su vida viviendo en pareja y quería una. Se había impuesto la necesidad de tener a alguien a su lado.

Sus amigas se encontraban completas. Marion casada con un buen hombre; Maca, va de flor en flor, picando aquí y allá. Mercedes sonríe al pensar en ella.

-¡Esa chica!. Yo tendré problemas pero ella aún más.

A su exclamación no responde nadie pero ella ya lo sabe. Sigue toqueteando el volante al ritmo de la música. La pone al máximo, no quiere escuchar sus pensamientos. En un semáforo, dos jóvenes que van en el coche de al lado, le hacen un “calvo”. Ella responde a su provocación con una “peineta”.

-¡Niñatos de mierda!-les grita.

El teléfono suena casi al mismo tiempo que sus palabras se pierden en el vacío del coche cerrado. Ni siquiera cree que la hayan oído, pero su expresión lo ha dicho todo.

-¿Quién demonios es ahora?

Le responde la voz sarcástica de su ex.

-Bueno, pues si quieres cuelgo.

Mercedes se detiene a un lado del arcén.

-No, no te preocupes. Es que he tenido…bueno, no importa. ¿Están los niños bien?.

-Por eso te llamaba. Es Fernando, de nuevo con la alergia. Creo que debemos llevarlo al hospital. Le he dado los aerosoles, pero no mejora como debiera.

-¿Quieres que lo lleve yo?

-Sí, así me quedo yo con los mayores.

Ella resopló y se echó el cabello hacia atrás, sujetándolo con una gomilla. Se había secado y ahora le era imposible domarlo. Los rizos le caían por doquier sin orden alguno.

-Está bien. No tardaré. Haz los ejercicios de respiración con él mientras llego.

Dio la vuelta en la rotonda y se dirigió por la M30 a la casa de su marido. En las afueras y compartida con su hermano, había sido un chollo.

Llegó en quince minutos. El pequeño emitía pequeños silbidos, señal de que estaba peor de lo que pensaba.

Lo sentó a su lado. Sabía que no debía ir ahí, pero quería tenerlo vigilado mientras llegaban al hospital.

-Mamá, no me encuentro bien-su voz es apenas perceptible.

-No te preocupes-Mercedes lo acaricia con una mano mientras intenta no perder la vista de la carretera.

Fernando aspira y expira cada vez con más fuerza, como si los bronquios ya no dejaran paso al aire.

-Mi niño, por favor, aguanta.

Y corre, incluso saltándose los límites de velocidad.

Tenían que cambiarle la medicación. No le funcionaba desde hacía dos meses y los ataques eran cada vez más frecuentes. Pensaba en ello por el camino, mientras adelantaba a derecha e izquierda y su pequeño comenzaba a palidecer.

Por fin llegó al hospital. No era en el que trabajaba Marion, pero sí el primero que vio y su hijo no podía esperar.

Los médicos de urgencias lo atendieron con cierto desdén, como si no tuviera importancia.

-Por favor, póngale oxígeno. Mi hijo lo necesita.

La miraron con cierta expresión de “no te metas en nuestro trabajo” y la hicieron esperar en recepción.

Decide entonces llamar a Maca y contarle que no podría ir a tomar ese café. Lo único que obtuvo de ella fue un:

-Sí, sí.

Después colgó.

Pero Mercedes no estaba para tonterías. Su hijo estaba pasándolo mal y no sabía que le ocurría. Pasaron dos horas. Reclamó en Información y se tomó dos zumos y un café. Los nervios le hacían palpitar y el teléfono no dejaba de sonar. Su marido, también nervioso, no entendía como todavía no le habían dicho nada.

Por fin salió un enfermera. Se dirigió a ella con una seriedad que no presagiaba nada bueno.

-¿Mercedes Espinosa?

Ella se levantó dejando caer el zumo, las manos le temblaban.

-Sí, soy yo.

-Acompáñeme, el doctor quiere hablar con usted.

Nada de pase a la sala, su hijo ya está bien, le hemos dado tal o cual medicación. Nada de eso, no era buena señal. La siguió por un largo pasillo, dejaron las habitaciones de urgencias a un lado y pasaron a la parte principal del hospital. Otro largo pasillo, igual de impersonal. Mercedes creía que iba a estallar de un momento a otro. Por fin llegaron a una habitación, ni siquiera se fijó en el número. Su hijo estaba tendido y durmiendo. Tenía puesta una mascarilla de oxígeno y un gotero. Dos doctores la esperaban, ninguno de ellos era el que la atendió en urgencias. Le dieron la mano.

Observó que llevaban papeles en un portafolios bastante abultado y tuvo un mal presentimiento.

-Tenemos que hablar con usted-le dijo uno de ellos, el más alto y mayor.

Ella asintió.

-¿Qué le pasa, es el asma?

El otro más joven se adelantó.

-Soy el doctor Mendoza. Su hijo está ahora estable, pero queremos su autorización para hacerle unas pruebas.

-¿Unas pruebas?¿de qué se trata?

-Le hemos hecho una radiografía del tórax y hemos detectado unas arterias pulmonares centrales con disminución de vascularización periférica. Además, el nivel de oxígeno es muy bajo.

-¿Qué?-no sabía de lo que hablaban.

El más mayor, del que ya no recordaba el nombre, interrumpió.

-Creemos que puede tener hipertensión pulmonar, pero por ahora no nos queremos precipitar. Tenemos que hacerle más pruebas. Un ecocardiograma y un cateterismo.

Mercedes sigue de pie, delante de ellos, sin dar crédito a lo que oye.

-¿Qué es hipertensión pulmonar?

Aunque ha oído hablar de ella, no conoce el alcance de su gravedad.

-No se preocupe por ahora, hasta que le vayamos informando de los resultados. Pero es una enfermedad bastante grave. Aunque no tiene cura, se ha avanzado mucho en tratamientos paliativos. Tiene que quedarse ingresado hasta que finalicemos todas las pruebas y lo estabilicemos.

Mercedes se sienta en el sillón, al lado de su hijo, que duerme tranquilamente. Le coge la mano y asiente a todo lo que le dicen. Llega una enfermera que le hace firmar documentación que ni siquiera mira. Después cierra la puerta y queda sumida en un profundo silencio. El teléfono le suena sin parar, su exmarido debe estar de los nervios, pero aún no puede hablar.

Va al baño y abre el grifo, no quiere que la oigan. Entonces llora, mientras se muerde el antebrazo, presa del mayor pánico que jamás ha sentido. El sudor que emana de ella ya no es caliente sino frío, como la nieve, como su alma en ese momento.

No puede más y grita, de dolor, angustia, desesperación. Un celador le abre la puerta.

-¿Se encuentra bien?, su hijo está durmiendo y no debe despertarlo. Si quiere, llamo a la enfermera y le dará algo que la tranquilice.

Ella no quiere escuchar, sólo puede oír los latidos de su corazón y el dolor que le aprisiona el pecho.

El hombre la agarra por las axilas y la dirige al sillón, al lado de Fernando. Le une su mano a la de él.

-Ahora debe estar con él, la necesita.

Le da una hermosa sonrisa. Ella intenta sonreir también, pero sólo le sale una mueca forzada.

Sólo una hora, es lo que necesita para tranquilizarse e intentar controlarse. No quiere llamar como una histérica a su ex, ni preocupar a sus hijos. Pero no tiene más remedio que decir la verdad. Su marido la escucha atentamente y, antes de que haya podido terminar, le cuelga y unos minutos más tarde, entra despavorido en la habitación.

Mercedes se abraza a él, por mucho tiempo había necesitado ese abrazo, aunque por distintos motivos. Ambos lloran desconsolados, Alfredo y Martín miran sin entender.

-Será mejor que los lleve a la cafetería y se lo explique.

-Si, si. Es mejor así.

Alfredo, el mayor, de unos quince años, la mira con los ojos muy abiertos. Tiene el cabello negro y rebelde como ella. También ha heredado su piel blanca y unos ojos verdes oliva.

-Mamá, por favor. Dime que ocurre.

Lo besa en la frente y siente el calor de su piel en sus manos, que lo abrazan como si se lo fueran a arrebatar también.

-Ve con tu padre. Ir con él-acerca también al pequeño, que ya ha comenzado a llorar- os lo explicará todo.

De nuevo queda sola en aquella sala, con su pequeño Fernando durmiendo. Le coge la mano y se tiende a su lado. Su cuerpo es demasiado pequeño para una cama tan grande.

-Necesitas a mamá, cariño. No te dejaré, estoy aquí.

Y duerme, teniendo un sueño extraño que recordará durante mucho tiempo. En él está en un sitio oscuro, tan negro como una noche cerrada. Una luz alumbra un pequeño camino. En él hay piedras, grandes y pequeñas, que ella parece no pisar. Su cuerpo flota en una especie de ingravidez. A lo lejos, mientras avanza, distingue un hombre. Lo sabe porque tiene una barba blanca y espesa. Es delgado y moreno. Puede ver que sonríe esperando su llegada. Sostiene una vieja rama de madera seca. Su cuerpo se detiene cuando llega a su lado. Observa que le falta algún diente pero, aún así, su mirada es brillante y jovial.

-Ya estás aquí-le dice sin apenas mover los labios.

-Sí, ya estoy aquí. ¿Quién eres?

El anciano calla.

-Esto no es normal, no puede ser un sueño, estoy lúcida-intenta tocarse pero no puede ver su cuerpo. Todo es aire y espacio a su alrededor.

-Los ángeles te llaman.

Ella lo mira asombrada, como se desvanece y la luz se disipa, dejándola sumida en un espacio oscuro y oprimente.

-Mamá, mamá.

El pequeño Fernando se ha despertado e intenta tocar a Mercedes, que le cuesta abrir los ojos a la realidad.

-Cariño, ¿cómo estás?-se incorpora e intenta bajarse de la cama, casi cae al suelo del esfuerzo, siente que su cuerpo ha estado de verdad, en ese extraño sueño.

-Tengo hambre mamá.

-Sí, cariño. No te preocupes, le pediré a papá que te compre un sándwich, el que más te gusta, de atún.

El niño sonríe a través de la máscara. Es pequeño pero está acostumbrado a ellas y sabe que no debe quitársela. Mercedes también sonríe y hace chistes. Su corazón le duele pero el amor por su hijo puede más.

-Haz el payaso.

Mercedes saca el pintalabios y se dibuja dos grandes coloretes en la mejilla y unos labios grandes y carnosos. Ríen, como si estuvieran en una fiesta de cumpleaños, mientras el gotero sigue avanzando. Tres bolsas que derraman sus líquidos en el cuerpo de su niño, tan débil y tan fuerte.

Cuando llega su marido, no puede más y sale de la habitación. Se ha olvidado de toda la realidad que la rodea, de María, de todas sus amigas. Ahora, en su mente, sólo tiene presente aquella habitación de hospital, su pequeño atado a una enfermedad y la incertidumbre de no saber que les deparará el mañana, si es que lo hay.

-Necesito un cigarrillo, necesito fumar-exclama en voz alta.

Corre por el pasillo hasta la entrada. Ya es de noche pero las estrellan brillan como nunca. Saca el paquete de emergencia que siempre lleva guardado y se recrea mientras da la primera calada.

No quiere estar al lado de los demás, que fuman alegremente celebrando, quizás, alguna buena noticia. Prefiere estar sola. Le revuelve el estómago saber que hay personas que no enferman, que se curan y son felices. Sabe que es egoísta, pero no le importa.

Encuentra un lugar apartado al doblar la esquina. Solitario y oscuro, como su alma en ese momento. Allí vuelve a llorar, con una mano en el pecho y mientras exhala humo con vergüenza.

-¿Por qué?-grita-¿por qué él?

Toda su cara y manos están rojas a causa de la pintura. Su cuerpo es un desastre y su mente también; ¿a quien quería engañar?. No ha sabido gestionar su vida desde que se divorció. La fuerte y decidida, la fría y segura de sí misma. Era el revestimiento de un ser hecho pedazos y recompuesto sin orden alguno.

-Soy como un jarrón de Picasso-y piensa en esos cuadros abstractos que tanto le atrajeron de joven.

No se percata de que alguien fuma a su lado, hasta que ve la luz de cigarrillo.

-¿Quién hay ahí?

Un hombre sale de la oscuridad, es el celador que antes la atendió.

-No se asuste, soy yo, ¿me recuerda?

Ella asiente pero su mirada está perdida.

-Hace una bonita noche ¿verdad?

Lo mira ofendida, su pequeño está muy enfermo y este hombre se atreve a hablarle de belleza.

-Pues no me importa y prefiero estar sola.

Ha dejado de llorar porque su ira puede más. Si su hijo estaba enfermo, nadie podía hablarle de felicidad. No quería saber que existían personas despreocupadas y ajenas al sufrimiento.

-Me llamo Manuel, Manu, para los amigos-y le tiende la mano. Es grande, como él.

Mercedes lo mira con recelo, quizás aquel hombre no había entendido sus intenciones, pero sus ojos lo decían todo. Brillaban de furia y desgarro contenido que él parecía no ver.

Echa su pesado cuerpo en la pared, a su lado. Ella opta por ignorarlo y mira el cigarrillo, que se ha consumido en su mano.

-¿Sabe lo que dice mi madre en días como éste?

Ella lo mira con el rabillo del ojo. Manuel sonríe con su dientes blancos y perfectos. ¿Qué edad podría tener?, quizás treinta o treinta cinco, pero parecía tener veinte.

-No me importa su madre-le responde con desagrado. Deja caer la colilla y se aleja, pero antes de doblar la esquina puede oír la respuesta.

-Los ángeles te llaman.

Ella frena en seco y se vuelve. No puede apenas distinguir la silueta pero sabe que está ahí, mirándola.

-¿Qué dice?

Él se acerca, con su bata azul, sus grandes manos y su espléndida sonrisa.

-Cuando las estrella brillan de esta manera, es la llamada de los ángeles que nos piden favores. Es lo que me decía mi madre.

Después pasa de largo y se esfuma entre los familiares que celebran el acontecimiento en la entrada, mientras ella recuerda el sueño que ha tenido y se pregunta si tendrá algún significado.

No era nada espiritual. Materialista y pragmática. No soñaba ni tenía pajaritos en su cabeza.

-Muy bien amueblada la tienes-le había dicho siempre su ex.

Esa noche estuvieron todos juntos en la habitación. Contaron chistes y rieron. Las enfermeras lo permitieron por la gravedad del tema, pero varias veces les llamaron la atención.

Cuando el sol comenzó a invadir la habitación, observó como su familia dormía. Algunos en el sillón y otros en el suelo. El pequeño Fernando la miró y sonrió, con tal sinceridad que ella se arrepintió de todo lo dicho y sentido el día anterior. Y pensó, que a lo mejor los ángeles sí existían y le estaban mandado un mensaje.

Y se aferró a ese pensamiento como un náufrago lo hace a un salvavidas.

 
 

 

 

 

 

 

 

 
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sábado, 29 de marzo de 2014

¿Por qué eres tan positiva?




¿Por qué eres tan positiva?, es lo que me preguntan una y otra vez. Yo sólo intento ver los problemas como pruebas a superar y los dolores, transformarlos en amigos temporales con los que hay que convivir y aprender.

El cuerpo y el alma están unidos por un canal de energía. Y esa energía es la que emanamos cuando andamos, hablamos, dormimos y amamos. Es nuestro sello de identidad. Puede ser energía clara y limpia, o energía densa y obstaculizadora.

Yo le digo a mi marido, que algún día encontrarán la forma de hacerla real, porque existe, aunque no lo podamos demostrar. Es una energía que nos puede enfermar y nos puede curar. Nos puede hacer ver luz en la oscuridad y nos hace transformar nuestro mundo si se lo permitimos.

Es una fuerza tan grande que puede modificar, incluso, el mundo físico. He pasado por fallecimientos de seres muy queridos, por enfermedades que a muchas personas las hubiera sumido en una depresión, por periodos de vida complicados. Pero siempre he tratado de sonreír. Nunca me he permitido llorar si no era de alegría. Sé que a muchos les parecerá extraño-llora, que es bueno-me dice siempre mi madre. Pero las únicas veces que he llorado ha sido de emoción. ¿Se pueden tener días negros?, claro que sí; pero no puedes dejar que esa negrura se extienda como una epidemia por tu vida. Porque unos minutos de oscuridad te pueden llevar a toda una vida de desasosiego. Y entonces ¿ qué verás? Verás callejones sin salida en caminos con piedras. Verás monstruos dónde sólo hay ángeles. Verás odio en expresiones de angustia. Y odiarás también, porque tu camino se habrá vuelto tan estrecho que no tendrás otra salida.

Así llegan los radicalismos, el racismo, la xenofobia y demás fobias que no son sino energía mal canalizada.

Yo prefiero, en esta vida, caminar por un amplio sendero, que me permita ver más allá, que me permita dar luz a lo que no lo tiene, que me permita mirar sin juzgar, que me enseñe que el mundo es grande, pero que una sola actitud lo puede cambiar.

En las reuniones familiares, siempre hablamos de la crisis que nos rodea. No hay más remedio, estamos bombardeados por información negativa constantemente. Yo siempre veo una salida, en mi pensamiento y en mi deseo, y es tan fuerte, que creo algún día se cumplirá. Ellos me comentan que no servirán para nada las movilizaciones, ni las protestas, ni las reivindicaciones. Que siempre sale algo mal, porque algunas terminan en violencia que acalla la paz y el gobierno siempre opta por no escuchar. Que los jóvenes no tienen trabajo o este es precario; que la pobreza se está convirtiendo en normalidad. Que las personas enferman con temor a no ser tratadas correctamente o curadas, y que muchos tienen miedo a vivir.
Pero yo sonrío y les digo que tengan ánimos, que algún día llegará, en que podamos salir de ésta y respirar. No somos meras personas. Somos seres humanos, seres vivos, no sólo formados de piel y huesos, somos pensamientos y energía. Y si conseguimos ampliar el camino por el que viaja ésta; si dejamos que la luz lo invada todo, transformará nuestra vida y, como una onda expansiva, las de nuestro alrededor.

Mientras la oscuridad forme parte de la mayoría de los seres humanos, seguiremos viendo muerte, egoísmo, destrucción; no sólo de nosotros mismos, sino de los demás seres vivos que forman el planeta.
No respetamos las plantas, ni el aire, ni el mar, ni los animales. Todo se utiliza y todo se tira. Creamos basura imposible de que la naturaleza la asimile. Recibimos informaciones, sin cesar, de animales torturados, utilizados y abandonados. Vemos como las personas, a las que una vez les otorgamos el permiso para gobernar, dejan de oír, anulando el camino que los llevo hasta allí y perdiendo la humildad que debe tener el poder.

Observamos como las guerras incomprensibles, anulan los derechos y masacran. Todas en países aparentemente pobres, dónde distraen a la población, matándola de
hambre, con luchas sin sentido, mientras grandes corporaciones compran a sus gobernantes, para crear productos que disfrutamos nosotros y los enriquecen a ellos. Cuando adquirimos un nuevo móvil, o un diamante; cuando encendemos la televisión o compramos un videojuego. Incluso cuando tomamos una medicina. La energía que ha llevado todo ese proceso, es tan oscura, que si pudiéramos verla, nos haría cambiar.

¿Por qué no podemos comprar un móvil o un ordenador, sin que ello conlleve el abuso de derechos humanos?  Es extraño que todos estos dispositivos nos permitan estar más conectados, con un “mundo global”, e informados de todo lo que ocurre  y , sin embargo, sepamos tan poco. ¿Para qué los utilizamos entonces?, ¿ dónde se ha quedado nuestra sed de conocimiento? Después nos quejamos que nos invadan aquellos que, inconsciente e indirectamente, hemos explotado.

Por eso yo he decidido cambiar mi interior. Intentar dejar paso a la luz y anular la oscuridad. Derrumbar todos los muros que me educaron debía tener; eliminar todo tipo de prejuicio. Será el primer paso para poder ver la realidad y así transformar el mundo que me rodea. El cambio no lo pueden llevar a cabo mentes oscuras y estrechas, porque sino el planeta seguirá siendo un caos. Pasaremos de unas guerras a otras, guerras diferentes pero con el mismo motivo: la codicia. Seguiremos viendo como los animales mueren abandonados y apaleados, o desahuciados y utilizados. Encendamos, primero, nuestra luz y amémosla, para que, entre todos, podamos realizar el cambio que la tierra necesita.

Sé que es muy difícil y que muchos me tacharán de loca, que no es posible tanto cambio, que el amor de unos pocos no puede cambiar la ira de muchos. Eso es porque todavía no conocen la fuerza de esta energía.

¿Por qué soy tan positiva?, pregunta mi madre tras escuchar las noticias, por enésima vez. Yo sólo tengo una respuesta: porque no tengo más remedio si quiero vivir en paz y cambiar mi destino. Safe Creative #1403290449488

jueves, 27 de marzo de 2014

HISTORIA DE CUATRO MUJERES


 
 



 

OTOÑO 3ª PARTE

 María está tendida en la cama más cómoda que jamás ha conocido. Es un hostal de la India, no sabe el nombre ni le importa, es lo más inmediato que encontraron al cruzar la frontera. A su lado se encuentra la pequeña Fátima, que llora en sueños.

-Seguro que recuerdas todavía lo que hemos pasado en la frontera-le susurra al oído, mientras echa hacia atrás el cabello que tiene pegado en la frente. Dormía profundamente y no quería despertarla.

Ya había llamado a Mercedes. El conectar con su amiga y saber que todo marchaba bien en su hogar, que nada había cambiado, la hacía sentir segura. Había decidido que fuera ella la que informara a su madre, no quería preocuparla más de lo necesario y sabía que si la llamaba personalmente, no podría disimular y terminaría conociendo toda su odisea.

Valentín también estaba informado y había insistido en ir a buscarla, pero ella se negó

- Sólo un poco más de tiempo, necesito arreglar un asunto urgente y después volveré.- Es lo que le dijo hace una hora.

Bushra está paseando por la habitación de un lado a otro mientras habla por teléfono con uno de sus colaboradores, presa de un nerviosismo que aún no ha logrado entender.

María le insiste en que baje la voz, no quiere despertar a la niña. Sin embargo, parece que ni la oyera. Ya se dio cuenta que para ellos sólo era un salvoconducto para cruzar a la India. ¿Acaso no sentían compasión por la pequeña?, ¿y por ella?. El viaje había sido muy estresante para las dos; después de todo, había estado a punto de morir. Los demás estaban en sus habitaciones, posiblemente descansando. Lo único que obtuvo de ellos, una vez que todo pasó, fue una sonrisa. Ni siquiera le preguntaron si estaba bien. En cuanto pisaron suelo indio, volvieron a organizarse y a pensar como volver de nuevo y crear grupos de presión.

Por fin Bushra colgó y se sentó con ellas; acarició con ternura la pierna de Fátima, que asomaba a través de las sábanas. Era la primera vez que María veía sentimiento en sus ojos, desde que la había conocido. Era una mujer fuerte, no cabía duda. Y se había dedicado por completo a la lucha por la igualdad, que en aquel país era muy necesaria. -Quizás eso le había robado el derecho a sentir-pensó.

-No te equivoques, María-pareció escuchar sus pensamientos-, esta niña me duele tanto como a ti. Hay muchas como ella del lugar de donde provengo- se pasó las manos por el rostro cansado- por eso lucho. No sé hacer otra cosa y llegaré hasta el final. No me van a detener.

-¿No has pensado nunca en tener una familia?-María se sorprendió, al instante, de su propia pregunta. ¿Cómo iba a querer una familia en un país con un sistema de patriarcado y de castas tan castrante?

Bushra sonrió, pero era una sonrisa triste, de algún bello recuerdo que ahora está lejano en su memoria.

-Lo intenté, pero no pude.

Y se levantó, dirigiéndose al cuarto de baño. María sintió como abría la ducha y entre el rumor del agua cayendo y los pequeños gemidos de Fátima, sus ojos se cerraron para tener el sueño más extraño que había tenido nunca, o que pudiera recordar.

En él había un anciano, de edad indefinible, quizás centenario. Tenía un cuerpo tan delgado que podía ver cada hueso de su esqueleto, cada vena de su piel. Estaba cubierto de manchas, las mismas que tiene su madre debido a la edad. Se sostiene con un bastón que más bien parece una rama seca. La piel es aceitunada y le faltan dientes cuando sonríe.

María mira alrededor y no ve nada, una oscuridad la rodea y la única luz proviene del mismo anciano, como si de una antorcha se tratara.

Está tranquila. El viejo le sonríe con sus dientes mellados y se acerca a ella. La mira con ternura y ella puede verse reflejada en sus grandes ojos negros.

-¿Quién eres?-le pregunta.

-Eso no es importante, ¿quién eres tú?.

-Yo soy María, esto es un sueño ¿o no?

El anciano le coge una mano, está caliente y es suave, a pesar de sus arrugas. Ella le responde con una leve caricia.

-Eres como el otoño-le dice.

María parece no entender.

-¿El otoño?.

-Sí, porque cuando crees que vas a morir,  resurges de tus cenizas.

Después quedó absorto con la lejanía, como si divisara algo, donde ella sólo veía negrura.

-Que sueño más raro. Tengo que despertar.

El anciano la miró.

-Puede que despiertes o puede que no. Todo es posible.

María intentó verse, pero no podía. Sentía que estaba allí, pero no podía ver su cuerpo, es como si se hubiera vuelto invisible. Pero a él lo veía perfectamente.

-Tienes que ayudarla, ¿lo sabes?

Ella lo observó con extrañeza.

-Sí lo sabes, ella es una luz que guiará la verdad, algún día.

Y desapareció, dejándola sumida en una neblina gris. Sintió como la gravedad la atraía, cayendo a un vacío desconocido. Después despertó.

La pequeña Fátima seguía durmiendo y ya respiraba con más tranquilidad. Parecía haberse calmado. Bushra estaba todavía en la ducha. ¿Cuánto había pasado?, miró el reloj, apenas diez minutos.

Se levantó y aseó en cuanto pudo entrar al cuarto de baño. Se miró al espejo con detenimiento; su piel y la ropa, estaban cubiertas de un polvo anaranjado. Apenas podía distinguir sus ojos debajo de aquella máscara. La piel blanca comenzó a relucir en cuanto dejó caer las primeras gotas de agua. El pelo, aún cubierto por el velo, estaba tan áspero como el esparto. Cuando hubo terminado, era de nuevo ella, María, la periodista intrépida y ambiciosa.

Pensó que se había dejado llevar demasiado tiempo por el movimiento de Bushra. Había empatizado tanto que se olvidó de sí misma. Pensó en su pequeña Celia y sintió una ganas profundas de abrazarla. Después en su madre, que habría sufrido al no saber de ella. Y deseó estar allí de nuevo, en su hogar. Ver a sus amigas y charlar mientras toman una copa de vino. Cosas banales que había dejado atrás mientras hacía el reportaje, que ella creía, de su vida.

-Ya está, volveré. No puedo pasar más tiempo con ellos.

Y decidió comunicarlo esa misma noche, mientras cenaran.

Saima se había llevado a Fátima a su habitación y la estaba lavando. Ella respiró tranquila. Se había ocupado demasiado tiempo de esa niña y no era su responsabilidad. Ahora estaría en buenas manos.

Tiró el velo y la túnica a la basura y se puso pantalones caquis y blusa blanca. Después se recogió el pelo en un moño alto y se pintó un poco los labios.

Una nota en inglés encima de la cama, le decía que se reunirían en la cafetería, a las siete. Cogió todo su equipo y lo llevó consigo, no quería perderlo ahora que ya lo tenía todo, y aquel pequeño hotel no le daba mucha seguridad.

La cafetería estaba situada en la planta baja. Era una habitación bastante grande, con una pequeña barra vieja de madera, atendida por un chico tan joven que pensaba no sería siquiera mayor de edad. Las mesas estaban desperdigadas sin orden alguno, como si hubiera habido una fiesta y no hubieran recogido. Los ventiladores del techo emitían un zumbido constante. La luz era tenue pero podía divisar hermosos dibujos en las paredes pintadas de azul.

No había nadie, tan sólo ellos. Todos ya limpios y sonrientes. Incluso la pequeña Fátima sonreía. Ya no llevaba las ropas del viaje, se las habían cambiado por un vestido floreado y alegre. También le habían recogido el cabello en dos moñitos adornados con lazos verdes.

Gritó de alegría en cuanto la vio y le echó los brazos. María sonrió pero no quiso cogerla. No quería encariñarse demasiado con aquella niña, sobretodo, ahora que sabía que todo había terminado y que no la volvería a ver más.

-Nos has sido de mucha ayuda-exclamó Abdul mientras bebía té.

-Yo, ¿por qué?, lo único que he hecho es escucharos y aprender de vuestra causa.

Bushra la miró.

-¿Nuestra causa?, no creo que haya causa, hemos perdido. Me han informado que el Ministro ha ordenado mi captura por delitos contra las leyes tribales. Antes el Gobierno no me protegía, pero se mantenía al margen. Ahora no soy una mera política, María, soy una prófuga.

Todos callaron y el silencio se hizo incómodo.

-No debes desistir, Bushra. Muchas mujeres te seguirán y podéis cambiar las leyes-María sólo intentaba dar ánimos.

-Ya estoy muy cansada, mucho. He cambiado algunos pensamientos pero la ley de los hombres de mi país es mucho más fuerte.

María cogió un trozo de empanada, a pesar de la seriedad de la conversación, su estómago rugía demandando alimento.

-Sólo tienes que descansar y organizaros de nuevo. Podéis luchar desde aquí y encontrar aliados en algunas organizaciones. Yo te ayudaré.-En ese momento se arrepintió, no sabía si tendría los suficientes contactos.

La pequeña Fátima también comía con avidez, al parecer eran las dos únicas personas que tenían apetito en aquella mesa.

Ahmed la miró con asombro.

-¿Lo harías, de verdad?- enseguida recibió una mirada reprobatoria de Bushra. Ella era una mujer fuerte y no quería aliados que la pudieran traicionar.

María, astuta e inteligente, se dio cuenta de la situación. Aquella mujer quería arreglar su pais ella sola, pero no podía ser, vivían en un mundo global donde todos los intereses están conectados. Así perdería siempre.

-Yo debo marcharme ya.

Todos la miraron asombrados, había pasado tanto tiempo con ellos que la creían una más de la causa.

-Mi familia, mi trabajo me esperan. No puedo demorarlo más. Además-tocó la mochila que había dejado en el suelo-ya tengo suficiente material.

-Bueno-exclamó Bushra-sabía que algún día tendría que ocurrir. Sólo ha sido una entrevista que ha durado varias semanas.

Y levantó su taza.

-Vamos, brindemos por María, que ha estado a nuestro lado siempre. Deseémosle un buen viaje.

Ella también bebió y sonrió, feliz por terminar con aquella aventura. Fátima la miraba desde su pequeña estatura, había vuelto a chuparse el pulgar.

-¿Qué sería de ella?-se preguntó. Un vacío se apoderó de su corazón. Era como un pequeño vuelco. Y se acordó del sueño que había tenido y del mensaje que había recibido, ella te necesita, le había dicho.

Pero ya no era su problema, ¿o sí?. Estaba en un mar de dudas. Ni siquiera se atrevía a preguntar, pero lo hizo.

-Y Fátima, ¿qué vais a hacer?

Saima miró a los demás, como si compartieran un secreto que sólo ella desconocía.

Bushra comía y bebía, con tranquilidad.

-¿Pasa algo?-exclamó María dejando su plato en la mesa. Ya no tenía apetito.

-He llamado al tío de la pequeña, me dijo que mandaría dinero una vez que estuviéramos aquí, para el tratamiento de la niña.

Su mirada se volvió triste y apagada.

-Pero no quiere saber nada. Sólo quería desprenderse de ella. No es un mal hombre, pero no quería cuidar de una mujer más en su familia.

A María se le revolvió el estómago.

-¿Y ahora qué?¿ porque la llevaréis a algún lugar?

-Lo hemos hablado entre nosotros y no podemos hacernos cargo de ella. Pero tu no te preocupes, estará bien.

-¿Cómo que bien?

-Sí, ya hemos contactado con un orfanato de Nueva Delhi, “Nueva Vida”, ellos se encargarán de ella y le buscarán una buena familia.

Miró a la pequeña y le sonrió, ésta le devolvió la sonrisa, con sus dientes mellados. Era una sonrisa triste, por el devenir que le esperaría. Seguro que encontrarían una buena familia, una que la supiera entender y cuidar.

Más tarde, en su cuarto, dando vueltas en una cama que ahora se le antojaba extrañamente incómoda, pensaba en la realidad. ¿Quién querría a una niña trastornada?, las parejas sólo quieren niños sanos sin enfermedad alguna. Quieren muñecos perfectos que no les den complicaciones. Fátima tenía tres años, pronto sería demasiado mayor para que alguien la quisiera.

Después vio a su hija Celia, su pequeña vida, feliz y sana, rodeada de gente que la amaba con locura. Y tuvo una idea. Mañana intentaría arreglarlo todo. –Si-pensó- mañana sería otro día.

Esa noche el anciano volvió a visitarla, sólo le sonrió y asintió, pero no habló. Después, la misma sensación de caída hasta que despertó con la certeza de lo que debía hacer.

Hizo algunas llamadas, aún con el pijama puesto, a Mercedes y a Marion. Después tendría que hablar con el tío de la niña y con la oficina para asuntos infantiles. Ella sabía que si el tío expedía un permiso, podría arreglar los papeles para una adopción. No se trataba de una huérfana, pues tenía familia aunque no la quería. Además, como estaban en la India, el acuerdo bilateral lo haría más fácil. Una niña enferma y una familia que la quiere, no habría problemas. Ninguno de los dos países querría quedarse con ella, es niña y está enferma.

¿Quizás si fuera un niño?-se preguntó. Pero por suerte no era así.

Se vistió a toda prisa. Marion, al otro lado del teléfono, todavía gritaba de alegría. Carlos estaba a su lado y le hacía un sinfín de preguntas. Ella no tenía respuesta para todas, pero ya no podía pararlos.

-No os entusiasméis tanto, todavía tengo que hacer llamadas y arreglar algún papeleo. Ya tengo el consentimiento del tío, pero tengo que ir al Ministerio.

Marion lloraba, tanto tiempo esperando algo así, le parecía un sueño. No le importaba el estado en el que estuviera, ella la sacaría adelante.

María prometió tenerlos informados y sabía que Mercedes ya se estaría moviendo, tenía que expedir los certificados y hablar con asuntos sociales. Necesitaba el certificado de idoneidad ya y sabía como conseguirlo.

Cuando llamó a la puerta de Saima y Bushra para contarles su decisión, respiraron aliviadas. Fátima era una carga moral que habrían llevado el resto de sus vidas.

Ella besó a la pequeña.

-Ya tienes nuevos papás. Verás como todo sale bien.

La niña le respondió con un gemido y una sonrisa.

Ya había recibido, por el fax de la pensión, todos los documentos que necesitaba. Había puesto en pie a todo el periódico, a sus amigas y a todos los que pudieran ayudarle.

Cuando se dirigía a la Oficina para Asuntos Infantiles, llevaba una gruesa carpeta. Los había llamado temprano y la esperaban. Todo estaba en regla y sólo necesitaban que un médico fuera a ver a la pequeña, para certificar su minusvalía.

Quedaron a las cinco de la tarde, en la habitación del hotel. Los papeles estarían al día siguiente y ya podrían marcharse.

Llamó a Marion y Carlos y explicó todo el procedimiento. Después a Mercedes, para darle las gracias y a todos los compañeros del periódico.

Fue por Fátima en cuanto llegó y la tuvo consigo todo el día. No quería separarse de ella nunca más. Le dio de comer y jugaron. Le enseñó algunas palabras que repetía sin cesar mientras hacía pucheritos.

Cuando llegó el doctor, un hombre joven y alto, la revisó haciendo algunas pruebas, como auscultarle el corazón y mover sus bracitos y piernas. También le hizo preguntas concretas a ella, sobre la relación que habían tenido durante el viaje. Su mirada era limpia y supo que era un buen hombre y que no habría problemas.
Hacía demasiado calor en la habitación, a pesar de las ventanas abiertas y el ventilador rugiendo en el techo, y se quitó la chaqueta.

-Es época de lluvias y la humedad es sofocante-le dijo mientras firmaba algunos documentos.

-¿Quiere un poco de agua?

Y se levantó sin esperar respuesta. Volvió con una botella bien fría que había comprado por la tarde en el bar.

Bebió con ansiedad. Después se secó las manos y la frente con un pañuelo de tela y volvió a escribir.

María se fijó en su porte elegante y su perfecto inglés. Seguramente sería de casta elevada, pero con principios.

-¿Cómo se llama, no he oído bien su nombre?

Él bebió de nuevo y le tendió la mano.

- Me llamo Vadin, el doctor Vadin Rowling- y siguió escribiendo.

-¿Es inglés?

-Mi padre es inglés, mi madre india. Paró y guardó todos los documentos. La miró fijamente, ya relajado.

-Ya está todo correcto y solucionado. Creo que ha sido una suerte que estuviera aquí, en la India. Todo ha sido más rápido.

María cogió a la pequeña y la abrazó con fuerza.

-Normalmente las adopciones suelen tardar años, pero en su caso-y miró a Fátima-le ha ayudado mucho su enfermedad.

-¿Qué enfermedad, doctor?

Y ambos rieron. Aquel hombre le inspiraba confianza y sabía tan bien como ella, que aquella niña sólo necesitaba cariño.

-Permítame invitarla a cenar, esta noche, para celebrarlo.

Ella dudó, no sabía qué hacer con la pequeña.

-La puede traer, si quiere.

Se dieron la mano. Ella sintió un calor profundo en cuanto la tocó, pero no demostró nada. Aquel hombre al que conocía de apenas unas horas le atraía profundamente. Quizás era sólo debido a la aventura que había vivido, pero quizás no.

Negó con la cabeza-debía estar volviéndose loca-, después llamó a su amiga.

-Marion, ya está todo solucionado-se tendió en la cama y abrió el pasaporte-. Ya tenéis a vuestra niña. Sé que tendréis que pasar algunas pruebas en unos meses, pero para vosotros no será un problema. Sois estupendos.

-Tú si que lo eres- ya no lloraba-. Tengo su foto junto a mi pecho, no veo el momento de abrazarla.-María se la había enviado por el móvil.

-Pues pronto la tendréis con vosotros. Es una niña maravillosa.

Carlos, emocionado, no tenía palabras.

-Tenemos tantas cosas que organizar. Mi madre está como loca buscando dormitorios infantiles y Carlos, bueno, ya ves, es que de la emoción no puede hablar.

Un silencio y después añadió.

-Te quiero, amiga.

María se incorporó.

-Yo también.

Y colgó. Miró a la pequeña, que se distraía jugando con su zapato.

-Y tú, no sabes la vida que te espera. Papá y mamá, pequeña-y la niña repitió mamá con grititos-. Ahora eres Fátima Valverde Hernández.

Después recordó que Bushra y su grupo ya se habían ido. Hubiera querido despedirse de ellos, pero no pudo. Cuando llegó al hotel, ya se habían marchado. Sí tenía sus direcciones de mail y los teléfonos. Había prometido ayudarlos y eso haría en cuanto llegara a Madrid.

Miró el reloj, era hora de un baño, se tenían que poner guapas. Tenían una cita y era la primera en mucho tiempo.