jueves, 13 de febrero de 2014

HISTORIA DE CUATRO MUJERES


PRIMAVERA.
 
 

1ª PARTE.

Macarena no puede más con el sentimiento que le atormenta. Hacía tres meses que lo habían dejado, pero la presión del pecho no desaparecía. Lo había intentado todo, remedios naturales y farmacéuticos. Se había acostado con compañeros de trabajo, hombres atractivos que habían esperado su oportunidad. Habían corrido rumores sobre su promiscuidad en la Clínica, pero a ella le daba igual. Bastantes prejuicios había vivido en su niñez, fruto de la rigidez de una familia militar. Ahora era libre y podía hacer lo que le viniera en gana. Sin embargo, los meses que duró su última relación verdadera, no se sintió bien ni completa en ningún momento. Sí, adoraba sus abrazos, los susurros en el oído, que la colmara de flores todas las semanas. También odiaba que fuera la segunda, que saliera corriendo cada vez que sonara el teléfono o que se excusara cuando no podía cuando más lo necesitaba. Pero, sobretodo, le repugnaba su propia imagen en el espejo cada vez que veía a su amiga. Desde que se separó, Mercedes había sido el hombro sobre el que lloraba. Esa mujer, pequeña y fuerte, con sus tres niños que siempre sacaba tiempo para ella. El día que acudió con el pequeño a una revisión, rompió en lágrimas mientras le auscultaba el corazón.

-¿Qué te pasa, te encuentras bien?

Macarena dejó el estetoscopio y se sonó la nariz. Explicó entre sollozos que no, que estaba hundida, que había dejado al hombre con el que había estado durante meses.

Mercedes fue muy comprensiva, la escuchó atentamente y no la juzgó. Terminaron tomando un café después de dejar al niño en el cole.

Desde entonces, se habían hecho grandes amigas. Se reunían una vez en semana, para tomar una copa, en el pub que había al lado del Hospital. Allí reían y charlaban, siempre acompañadas de María, que también se había hecho inseparable.

Mujeres dispares, diferentes pero iguales, convirtiendo un marullo de sentimientos en un camino común que habían tomado juntas.

Hoy había decidido decirle la verdad, se verían a las nueve, cuando la hermana de Mercedes recogiera a sus niños y Marion saliera de su terapia. Irían a cenar y al pub, pero se lo diría cuanto antes, incluso mientras cenaran, porque no quería esperar más.

Eran todavía las cinco de la tarde, así que tenía tiempo de sobra para sacar a Yacky y correr un poco por el parque. Se había puesto el chándal rojo ajustado y la riñonera donde llevaba el agua y las chuches de obediencia, como ella las llamaba.

Cuando cogió la correa, él ya la estaba esperando, moviendo el pequeño rabo y saltando. Tropezó con su peluche, seco por las babas. Lo lanzó al sofá y salió al parque.

Estaban en Mayo, el sol calentaba pero no quemaba, así que se subió la cremallera.

 -Estás bastante delgada-le decía constantemente su amiga-¿para qué necesitas correr?

Pero ella no lo hacía para estar en forma, lo hacía por necesidad. Mientras corría, la neblina negra que pululaba por su mente, ensombreciéndolo todo, desaparecía. Es, durante una de estas carreras, que vio con claridad lo que necesitaba para que desapareciera, para que volviera a ser la Macarena de antes, libre, alegre y espontánea.

Y aquel día lo necesitaba más que nunca. Además, ya había acostumbrado a su pequeño bodeguero andaluz, a matar los nervios de la misma manera. Desde que corría con ella, no mordía los muebles cuando lo dejaba para ir a trabajar. Dos veces estuvo a punto de devolverlo a la protectora, pero los lametones de arrepentimiento y los saltos de alegría en cuanto llegaba a casa, pudieron más.

Corrió tres kilómetros, trotando. Llegó sudorosa a casa, echó agua en el escudillo de Yacky y se dirigió a la ducha. Cuando salió, éste ya dormía enrollado en la colcha, aun arrugada, de la cama. Decidió dejarlo, estaba adorable, con su cabecita oscura tapada por las patas, mientras su vientre sonrosado bajaba y subía lentamente.

Se vistió en menos de diez minutos. Se enfundó en el vestido de raso negro que llevaba meses guardado, se atusó el pelo cortado como un chico, oscuro como el azabache, y se puso los pendientes grandes y dorados que tanto le gustaban. Nada de tacones, unas bailarinas serían suficientes, quería ir guapa pero cómoda. Sólo necesitó pintarse los labios de rojo pasión, como lo llamaba. Echó un último vistazo al espejo de la entradita antes de salir.

-Lo vas a hacer, lo vas a hacer- se repitió varias veces como si fuera un mantra tibetano.

Mientras se dirigía en coche hacía el restaurante, iba ensayando su discurso, su disculpa. Estudiaba todas las reacciones posibles por parte de sus amigas y quería saber como actuar en cada paso.

Pero no se pueden controlar todas las emociones. Cuando llegó y se sentó en la mesa, ellas ya habían pedido vino y sonreían por algún chiste inocuo. Las dos estaba felices y pletóricas con sus vidas. La única que sí parecía haber encontrado el equilibrio con un hombre era Marion, aunque siempre tenía un atisbo de tristeza en sus ojos.

Mercedes, desde que se divorció, era otra persona. Había reducido su jornada para poder estar más tiempo con sus hijos, incluso había adoptado un gato llamado Mortadelo que se escapaba cada vez que le entraba el celo.

-Ya te he dicho miles de veces que tienes que castrarlo-le decía Marion.

-Ya, ya..a ver si saco tiempo. El muy cabrón-lo dijo mirando fijamente a Macarena-estará dejando preñadas a todas las gatas de barrio.

Después siguió tomando vino.

-Sólo espero que no venga ninguna a reclamar la paternidad.

Y todas rieron. Hablaron durante la cena, también durante el café. Hablaron de Marion y su deseo de tener hijos, de sus constantes luchas con la administración. Hablaron de la aventurera María, allí en Pakistán, donde había alargado unos meses más su trabajo. También de su pequeña Celia, a la que sacaban a pasear, sobretodo Marion, desde que la madre no podía cuidarla debido a su enfermedad. Sus hermanas vivían en Canadá y Marion se había ofrecido a ser su niñera. Así que todos los días la bañaba, le susurraba nanas y le daba de comer. La sacaba al parque y la llevaba de tiendas, aunque no pudiera entender. Incluso, había llegado a dormir en su casa, donde había habilitado un dormitorio para ella.

Hablaron de hombres, de política, de vestidos en oferta, de vicios desconocidos. Hablaron de todo, excepto de lo que Macarena necesitaba.

Era ella la que tenía que tomar la iniciativa, así que lo fue alargando hasta que llegaron al pub. Decidió que ya estaban lo suficientemente relajadas y que, tras unas copas de más, lo verían de otra manera.

Estaban sentadas en los sillones, acabando el segundo Martini, cuando se decidió.

-Mercedes, debo contarte una cosa.

Ésta la miró con el rabillo del ojo, dejándose caer en el respaldar.

-Sí, dime lo que quieras.

Macarena se tomó el resto de la copa de golpe y tosió, las demás rieron. Dios, dame fuerzas-pensó.

-No puedo soportar más este dolor que me está comiendo.

Marion se acercó a ella y Mercedes se incorporó.

-¿Qué te pasa, estás mal?¿Estás enferma?

-No, no, no es nada de eso.

La música de Madonna comenzó a sonar, la había pedido expresamente alguien que quería sorprender a su novia con alguna noticia importante. Ellas sólo intentaban concentrarse en la conversación.

Macarena echó a llorar, como aquel día en la consulta y que fue el inicio de su relación. Todas sacaron pañuelos, ella los utilizó todos.

-Pero dinos que te pasa, nos tienes en ascuas, ¿es otro hombre?....si ya lo sabía yo- exclamó Marion.

Ella negaba con la cabeza, ahora que quería, que había dado el paso y necesitaba hablar, no podía. Las palabras habían estado tanto tiempo retenidas en su corazón,  que se habían quedado presas allí y ahora no podían salir. Sólo consiguió emitir sollozos y angustia, pero ninguna frase comprensible.

Fueron a pedirle otra copa, tenía que relajarse. Se la bebió de un solo trago, esta vez no tosió.

-Era él, Mercedes, era él de quien te hablé todo este tiempo-por fin lo consiguió.

-¿A qué te refieres?-le preguntó.

- Era él, mi amante, el hombre que tanto me había dado, del que me enamoré como una loca, el que me hacía llorar. Era tu marido, Mercedes; yo era la persona con la que te engañó-ahora no podía parar, debía expulsar todo su dolor-. No podía aguantar más sin decírtelo. No podía mirarte a la cara cada vez que te veía con los niños en la consulta. Me enamoré, como una tonta, pero el remordimiento me pudo y no lo soporté. Después nos hicimos amigas y tú te has convertido en lo más importante para mí.

Apretaba los pañuelos arrugados contra su pecho, sollozando pero tranquila. Sus amigas la miraban sin pestañear, escuchando atentamente. Macarena no podía adivinar lo que pensaban porque sus rostros estaban impasibles. Si esa noche era la última que pasarían juntas, no le importaría. Las quería pero aún se quería a ella misma más.  Tenía un sentido el contar todo aquello, aunque ese hombre ya no formara parte de sus vidas. Le movía la honestidad.

-Sólo duró unos meses- se lo juró dando besos al aire-, pero no podía seguir. He querido decírtelo muchas veces, pero nunca me decidía. Por favor, perdóname-le suplicó.

Terminó de nuevo llorando y con otra copa que le trajo Marion.

Se hizo silencio, por unos segundos, después Mercedes exclamó.

-Llevo meses esperando a que me lo cuentes.

Las demás la miraron asombradas.

-Sí, si, no me miréis así. Yo supe que tu eras la amante. Pude ver los mensajes que te enviaba y cuando un día lo seguí, te vi con él.

Tomo un trago de la copa de su amiga.

-¿Por qué no me dijiste nunca nada?

-Lo iba a hacer, entonces te derrumbaste en la consulta, ¿te acuerdas?. Cuando quedamos esa noche, te iba a bofetear, a insultar, iba a descargar mi ira contigo.

Macarena se retiró unos centímetros de su lado, estaba asustada. Mercedes le guiñó un ojo.

-Pero después te conocí y me pareciste una víctima. No eres la primera y supongo que no serás la última. Mi exmarido tuvo muchas amantes, Macarena, ¿o creíste que eras la única?

El silencio prosiguió, después todas terminaron en una sonora carcajada.

Se despidieron hablando del próximo viaje que harían juntas. Cuando llegaron al parking, estaba amaneciendo. Mientras se abrazaban, Mercedes le susurró al oído.

-Tú eres lo mejor que me ha dejado mi marido. Si no te hubieras acostado con él, no te habría conocido.

Marion observaba desde cierta distancia. Ella era más prudente en estas cuestiones. Sólo había conocido un marido y amante, y nunca se le ocurriría ponerle los cuernos.

Cuando Macarena llegó a casa, Yacky la recibió con grandes saltos, llevaba el escudillo en la boca. Había olvidado dejarle comida. Se había hecho pis en la cocina y había roto un cojín, pero no le importó, era feliz.

 

miércoles, 5 de febrero de 2014

HISTORIA DE CUATRO MUJERES

INVIERNO

1ª PARTE





Mercedes mira el reloj, aún es temprano pero hoy tiene mucho trabajo. Va a la habitación para elegir los pendientes y el collar. Su marido la mira mientras se seca los restos de espuma del afeitado.

  -Pero mira que eres presumida.

Ella no le hace caso y rebusca en el joyero ordenado meticulosamente, como su vida. Desde que tenía tres niños era así, todo lo tenía meticulosamente programado. Su agenda pitaba cada hora para avisarle de lo que debía hacer.

Finalmente elige un collar de perlas anaranjadas y unos sencillos pendientes de plata.  El pelo negro recogido en un moño alto. Se ajusta la chaqueta como si fuera un militar y se mira al espejo antes de coger su cartera repleta de documentos. Se veía bajita con aquellos pantalones y tenía el trasero demasiado ceñido, pero ya no podía hacer nada. La vida que llevaba no le permitía un segundo de respiro para ir al gimnasio y cuando tenía algún rato libre, sin niños ni marido, sólo deseaba tirarse en el sofá en chándal para ver películas y comer palomitas. Ahora todo eso estaba en su cuerpo repartido de la manera más absurda.

Besó a su marido en la boca, rápidamente y sin pasión. Él revisaba el correo en el despacho, las ventajas de trabajar desde casa.

-Recuerda que debes recoger a Toni a las 12-le gritó desde la puerta- tiene médico a las 12:30.

Se alejó por el camino de piedra que bordeaba su chalet adosado. Hacía frío ese día y la bufanda de lana no era suficiente, debería haber cogido el gorro, pero ya no volvería. Durante el trayecto al trabajo, en un bufete de abogados en el centro de Madrid, pensaba en la pasión que les faltaba desde hacía tiempo y elaboraba diversos métodos para hacerlo florecer de nuevo. Se compraría ropa sexy, nada de bragas de la abuela, ni fajas ni sujetadores deportivos. Dejaría los niños con su hermana y llenaría de velas y pétalos de rosa el dormitorio. Sí, eso haría, así volverían a tener sexo de nuevo. Hacía ya meses que no lo hacían. Ella estaba muy cansada, desde que era socia no tenía horario de salida y su marido tampoco hacía nada por animarla.

Así habían llegado a un callejón sin salida, donde se habían convertido en compañeros de piso más que amantes. Pero ese era un tema que no quería dejar pasar, porque lo amaba y quería recuperarlo por todos los medios. No podía imaginar la vida sin él.

Cuando aparcó en el parking, su secretaria la estaba esperando. Era una joven ambiciosa y pizpireta a la que tenía mucho cariño.

-¿Qué haces aquí, Loli?¿hay algo urgente?

Ella señaló el coche de enfrente, un mercedes negro con cristales tintados.

-¡Ay madre!-exclamó Mercedes- no me digas que era hoy la reunión.

Subió a toda prisa con Loli corriendo tras ella, mientras le pasaba documentación para firmar y firmar.

-Pero si todo lo tengo apuntado en la agenda, malditos aparatos-murmuró-.

La reunión ya había comenzado pero la saludaron con cortesía y siguieron hablando. Ella intentaba seguir el ritmo de las exposiciones que hacía Anastasio, un aspirante a socio que se dedicaba a captar clientes importantes. Allí estaban todos, siete hombres y tres mujeres, ella, Lorena y Loli, su secretaria.

Votaron rápidamente, todos deseaban que el jefe se fuera para seguir con su trabajo. Antonio, el fundador del bufete, un hombre septuagenario y atractivo a pesar de su edad, que sólo se dejaba caer por allí dos veces al año, sobretodo para hacer acto de presencia y recordar que estaba vivo. Lucía un moreno espectacular. Mercedes sospechó que finalmente había optado por comprarse el chalet en la costa, como le dijo.

Al terminar, se despidieron cortésmente de él y salieron en estampida hacia sus cubículos. Mercedes se dejó caer en el sillón y se aflojó los pantalones, si sacaba la blusa por fuera, no se notaría. Loli se sentó en el filo de la mesa, pelirroja y alegre, le guiñó un ojo.

-¡Que tal! ayer hubo movida….

-¿Movida?, no sé a lo que te refieres, llevo meses en dique seco, los niños me tienen agotada y el trabajo también.

Loli dio un saltito al bajarse de la mesa.

-Lo que necesitas ahora es cafeína, te traigo un capuchino y no rechistes.

Mercedes se revolvió en su asiento, por Dios, más calorías no, pensó. Pero a Loli no se le podía rechistar, parecía saber siempre lo que necesitaba.

Después de trabajar tres horas frenéticamente, por los efectos de la cafeína, decidió hacer la lista de la compra de ropa interior y comenzó a elaborar el plan de conquista, como ella lo llamaba.

El pitido de la agenda la despertó, cita para comer con María. Lo había olvidado.

Cogió su chaqueta y volvió a poner la blusa en su sitio. Corrió por el despacho y las escaleras como una loca, eso es lo que debían pensar los compañeros. Tenía que aprender a relajarse. Ni siquiera sabía como podía estar gorda con tanto estrés.

El Corte Inglés estaba sólo a dos calles del bufete, pero cuando llegó, María ya se encontraba tomando una copa. Pero que guapa y delgada estaba, a pesar de que sólo había pasado un mes desde que tuvo su bebé.

Desde hacía cinco meses que recibió su llamada para ayudar en la adopción de una mujer que había conocido, se habían hecho grandes amigas. Quedaron varias veces para tratar el tema y congeniaron a la perfección, Mercedes se desahoga contándole sus agobios maritales, como los llamaba, y le daba consejos sobre la maternidad. Pero María era fuerte e independiente y parecía no necesitar a nadie. Aún no había vuelto al trabajo, porque quería estar con su niña todo el tiempo que pudiera.

Se dieron un abrazo y se pidieron dos ensaladas. Acabaron con una botella de vino y riendo a carcajadas recordando el parto de María.

-¿Te acuerdas de don Roberto?, no había forma de localizarlo y yo no quería parir hasta que no volviera.

-Menos mal-exclamó Mercedes-que Macarena estaba libre. Ya te lo dije, me atendió en los tres partos y es muy dulce. Nada de brusquedad como le ocurre a algunos médicos. Si es que parece que sólo eres un trozo de carne.

María dejó su copa en la mesa y sacó su móvil para rebuscar en los correos. Desde hacía dos meses que ya no iba al periódico, no paraba de mirar esperando tener noticias de algún compañero. Pero del único que recibía mensajes era Valentín, que le aconsejaba que estuviera tranquila, que esperara y que era mejor no saber nada del periódico. Tenía que disfrutar de Celia.

Miró a su amiga con seriedad.

-¿Has sabido algo de Marion?

Mercedes tomó un trozo de pan que quedaba el mantel.

-No, nada. Desde que todo quedó en suspenso, no me volvió a llamar. Supongo que lo estará asimilando.

-Es duro, ¿sabes?.

-¿El qué?

-¡Qué va a ser, Mercedes!, para ella era muy importante ser madre y ahora también le quitan el derecho a adoptar.

El camarero comenzó a recoger, había clientes esperando su mesa. Ambas se miraron y sonrieron.

-¿Tomamos un café en la barra?-dijo María mientras se sacudía las migas.

Se levantó, con sus vaqueros ajustados y su pecho erguido bajo aquel jersey de lana hueco. Mercedes la siguió, sintiéndose como una liliputiense, mientras arrastraba sus tacones por el salón, con sus caderas prominentes y su pecho desaparecido tras tanta maternidad y pocos cuidados. Se miró en el espejo de la barra, menos mal que todavía le quedaban sus grandes ojos verdes y su piel sin arrugas, heredada de la abuela paterna, una gallega de piel sonrosada y perfecta.

Hablaron de Marion, con la que María había tenido mucha afinidad. Ahora no tenía trabajo y sus ingresos no los consideraban suficientes para pasar el filtro de la adopción. ¿Acaso sólo podrían adoptar los ricos?, su marido trabajaba y podían para vivir holgadamente, pero, al parecer, a la Administración no le parecía suficiente.

-Hemos salido varias veces, Mercedes, se desvive con mi hija y yo la dejo hacer.

Mercedes dio pequeños sorbitos al café, no quería que se acabara.

-¿Has intimado mucho, verdad?, espero que no me sustituyas por ella, yo te necesito más.

María le cogió la mano con cariño, dos chicos sentados al lado sonrieron con picardía, pero a ellas no les importó.

-Sabes que siempre estoy ahí para ti, eres mi enciclopedia maternal.

Ambas rieron a carcajadas.

-Pero tenemos que quedar un día las tres, tienes que conocer a Marion más profundamente, es una persona genial y necesita amigas.

-Está bien-Mercedes tomó el último sorbo y pagó-, pero organizas tú la reunión…y sin niños.

Antes de despedirse con un beso, María le susurró en el oído que sería pronto, porque iba a marchar.

-¿Cómo que te marchas?

-No hables muy alto, esto está lleno de periodistas.

Bajó el tono hasta lo imperceptible.

-¡No puedes irte! ¿Y Celia?, ¿pero a dónde piensas ir?

-Ha salido una oportunidad en Pakistán, Mercedes, que no puede desaprovechar. Es un reportaje a Bushra Ahmad, del Movimiento Feminista de Liberación Musulmán.

-¿No estaba en el exilio?

-Sí, pero ha vuelto y está organizando el partido en su país, va a dar entrevistas sólo a España y Francia, tengo que ir. Ya se lo he confirmado a Valentín, esta mañana.

Mercedes se tapa el cuello con las manos intentado meter su pequeño cuerpo en la bufanda de lana roja. Ya están en la calle y ha comenzado a nevar.

-No sé, María, ¿es peligroso?

-Sólo serán dos semanas y volveré.

María estaba eufórica, era la primera persona a la que se lo decía. Ni siquiera su familia lo sabía.

-Mamá se quedará con Celia y antes de que te des cuenta, ya estaré de vuelta.

-No sé..- era la primera vez que tenía miedo de perder a una amiga y no porque fuera a viajar. Se había acostumbrado a tenerla cerca y a llamarla cada vez que necesitaba desahogarse con alguien.

-Por eso quiero que quedemos, las tres, un día sólo de chicas. Iremos a comprar, a cenar y a una discoteca. Una de esas que sólo pongan música de los 80 y 90, como a ti te gusta.

Mercedes sonrió.

-Está bien. Pero piénsatelo, por lo menos. Medítalo sólo una vez más.

María la abrazó.

-Te lo prometo- pero sabía que ya estaba decidido. Después de la fiestas marcharía, con un buen equipo y mucha ilusión- Te llamo para concretar el día ¿vale?

-Está bien.

Mercedes fue al despacho, pero no podía concentrarse. Pensaba en su amiga, en Marion y en Pakistán. Decidió terminar el trabajo en casa. Recogió sus cosas y envió un wasap a Loli, que aún no había llegado de almorzar.

De camino, se paró en una tienda de ropa interior y compró un conjunto muy sugerente en color negro. Incluso la hacía sentirse más delgada, ¡como no había pensado nunca en utilizar este tipo de prendas!.

Esa tarde, mientras los niños estuvieran en clase, sorprendería a su marido. De hecho, el que volviera hoy tan pronto, sería una sorpresa.

Abrió la puerta de casa a toda prisa.

-David, cariño, estoy ya estoy aquí.

Fue al despacho, revisó toda la casa y allí no había nadie. Llamó al móvil para intentar localizarlo, pero saltó el contestador.

Era extraño, porque él le decía que siempre trabajaba en casa y que sólo veía clientes una vez en semana, los viernes. Además, hoy debía terminar un trabajo urgente, le había dicho, y no quería que los niños le molestaran por la tarde. Por eso los había apuntado al taller de teatro.

Se sentó en el sillón de su marido, en el despacho, delante del ordenador, pensativa y extrañada, aunque estaba demasiado cansada para esperar que él volviera. Así que se quitó la ropa interior que se había comprado y que ya comenzaba a picarle, se duchó y se recostó en el sofá, en pijama, para ver un poco la tele y dormir.

El timbre del teléfono la sobresaltó, nunca utilizaba el fijo y se había olvidado que lo tenía. Lo cogió pero no contestó nadie, aunque Mercedes podía oír la respiración. Es una respiración de mujer-pensó-, después colgó.

David llegó a las diez y media, los niños ya estaban dormidos. No le pidió explicaciones, ella era más de investigar, así que, mientras se duchaba, buceó por su móvil, y allí estaban los mensajes, de amor, sexo, cariño, con alguien que se apodaba MC. No le extrañó pero le dolió.

El muy tonto nunca ponía contraseña al móvil porque sabía que ella nunca sospecharía, hasta hoy.

Lo miró con ternura mientras se recostaba a su lado en la cama.

-Si me hubieras avisado, hubiera venido antes-le dijo David mientras la besaba en la mejilla.

-Lo sé todo, sé que tienes una amante.

David se tensó y sonrojó como un niño de quince años, pero no dijo nada. Mercedes apagó la luz.

-Mañana hablaremos, hoy estoy muy cansada.

Y durmió, llorando en sueños.

sábado, 1 de febrero de 2014

HISTORIA DE CUATRO MUJERES.



 Verano

2ª PARTE   

El 10 de Julio llegó en un abrir y cerrar de ojos. Esa noche llovió y una tormenta arrasó el pueblo. La humedad se pegaba a la piel, a los muebles y a la vida.

-Me pesa el alma-dijo Marion a su marido-, tengo miedo.

Carlos, aún con los ojos cerrados, le puso su mano en el vientre y sonrió.

-Todo saldrá bien, no te preocupes. Hacen cientos de operaciones todos los días.

Ella siguió sentada en la cama, todavía faltaban tres horas para que tuvieran que estar en el hospital. Se había despertado sin dolor alguno y eso era extraño. Él se levantó despacio, Marion lo observó mientras hacía sus ejercicios de estiramiento en la alfombra, desnudo. Aún conservaba su delgadez , ni un solo kilo de más.  Su musculatura le hacía parecer un chaval de 23 años y, a veces, le provocaba situaciones confusas con chicas jóvenes, de las que ella se reía y que a él no le hacían ni pizca de gracia.

Lo miró con deseo, pero también con envidia. Su cuerpo sí que se había resentido, tanto dolor le había provocado dejadez. Ahora tenía celulitis en las piernas y los brazos habían perdido su elasticidad. Pero él la amaba, eso estaba segura. Sonrió mientras Carlos le hablaba sin parar, haciendo posturas imposibles para ella.

-Algún día las harás tú también- le dijo.

Marion se desperezó en la cama abrazándose a la almohada.

-¡Lo dudo!-exclamó- nunca tendré tu elasticidad.

Se levantó despacio y se dirigió a la cocina. Le hizo café y tostadas. Él la siguió e intentó impedírselo.

-¿Qué haces Marion?, ya te he dicho que no comeré nada hasta que tú no lo hagas.

-Tienes que comer, Carlos, por favor, déjame hacerlo.

Él sonrió, seguía desnudo, y la dejó terminar el desayuno.

Mientras él lo comía, ella se vistió. Nada de perfumes ni de cremas, le habían dicho, ven en ayunas. Eso no sería problema, ya hacía varios meses que no se arreglaba, su cabello estaba descuidado y su tez pálida y apagada.

Cuando llegaron a la clínica, los nervios se habían apoderado de ella y las manos le sudaban sin parar. La condujeron a la habitación 112 y le pidieron que se cambiara, pronto vendrían por ella.

Aún no había terminado de hacerlo cuando los camilleros entraron y se la llevaron. Lo último que vio es a su marido alejarse por el pasillo, con las manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros y una sonrisa en el rostro. Después se percató de que era ella la que se alejaba. La perspectiva de que te muevan tendida es extraña-pensó-.

El quirófano era frio pero la mano del doctor Roberto estaba caliente y era cálida, pudo sentir su cariño a través de la piel, porque no la soltó hasta que estuvo dormida.

Cuando despertó, aún estaba en el quirófano, pero se estaba moviendo, los camilleros la llevaban de nuevo a la habitación. El doctor le acarició el hombro:

-Todo ha salido bien-le dijo-, cuando se le haya pasado los efectos de la anestesia, subiré a hablar con los dos.

Y todo lo decía sonriendo, como si no pasara nada y fuera de lo más normal. Pero Marion no estaba capacitada para preguntar ni retener nada, porque la droga la mantenía en una nube irreal.

Carlos la esperaba paciente y la besó en la frente en cuanto llegó. Pasó dormida casi todo el día y cuando se despertó, el doctor Roberto y su marido estaban hablando. La miraron extrañados.

-Bueno, ya se ha despertado, ¿cómo se encuentra?

Marion intentó mover las piernas con dificultad pero el dolor se le hacía insoportable.

-No se preocupe, es normal. Le pondremos más analgésicos.

Su marido le cogió la mano y ella sintió que algo no había ido bien.

-Tenía más extendida la endometriosis de lo que esperábamos-don Roberto estaba serio-y le hemos tenido que extirpar los dos ovarios y el útero.

El dolor le impedía pensar con claridad pero no afectaba a su comprensión.

-¿Cómo?-exclamó-¿no ha podido salvar nada?

Estaba enfadada y dolorida, dolorida y enfadada. Deseaba salir corriendo pero su cuerpo no respondió.

-Tranquila, Marion-don Roberto la sujetó por los hombros-. Ya se lo he explicado a su marido, mañana estará mejor y le daré detalles. Era lo mejor que podíamos hacer. Pero está limpia y ya no sufrirá más.

Se fue de la habitación, no sin antes inyectarle otra dosis de calmantes. Adiós a los hijos que pensaban tener, a los embarazos que deseaba con tantas ganas, a la familia numerosa y a las risas de chiquillos que soñaba correteando por el jardín de su casa.

Se volvió a dormir, esta vez voluntariamente y no porque estuviera sedada, no quería pensar más.

A la mañana siguiente, los rayos de sol que entraban por la ventana la despertaron. Ya no tenía dolor intenso y Carlos dormía sentado en una butaca, con la cabeza apoyada en la cama. Ella le acarició el cabello y se levantó para ir al aseo. No quería despertarlo, así que cogió el gotero y andó doblada hasta el servicio, dónde pudo ver la cicatriz, pequeña, ahí sí que había hecho un buen trabajo. Tenía buen color de piel, pero sus ovarios no estaban. No se sentía menos mujer por ello,  pero siempre había soñado con una gran familia; desde que su madre la abandonó a los cinco años. Se crió entre casas de acogida, en las que no consiguió asentarse. Siempre se había sentido desplazada y ajena a lo que significaba tener a personas que la necesitaran. Hasta que conoció a Carlos y lo convirtió en su refugio, en su amor, con el que formaría la familia que nunca tuvo. Pero ahora ese futuro se había truncado. Se miró al espejo, los lagrimones corriendo por sus mejillas, la mano agarrada al gotero y después, nada, cayó al suelo o se dejó caer, abandonando su cuerpo.

Una voz sonaba lejos, -vuelve Marion-le decía, pero ella flotaba en un mundo de luz del que no quería salir.  La voz seguía- vuelve Marion, por favor-, y algo se reactivó en su mente; era la voz de su marido, también la de una niña. Sí, la podía distinguir- vuelve, por favor-. Cerró los ojos y volvió, de nuevo Carlos y don Roberto, preocupados y aliviados al mismo tiempo.

-Has tenido una bajada de tensión-le comentó-pero te hemos recuperado.

Miró a su marido, tenía los ojos enrojecidos.

-¿Por qué? ¡creí que te perdía!, me moriría si eso ocurriera. ¡No me dejes nunca más!

Marion sonrió mientras le acariciaba la mano que no soltaba.

-He vuelto Carlos, no volverá a pasar.

Así pasó su convalecencia en el hospital. Su humor cambió de la noche a la mañana. Se recuperó tan rápido que hasta los médicos se extrañaron, en una semana estaba en casa.

-Es muy fuerte- le comentaban las enfermeras.

Su marido celebraba con cada amigo que venía su recuperación, como si le hubiera tocado la lotería. Pero ella sabía que había vuelto, no sólo por él, sino por una niña que no sabia cómo ni cuando, pero que la estaba esperando. Y esa semilla se implantó en su alma para crecer cada vez más.

Así pasaron las semanas. Su figura se recuperó, se apuntó de nuevo al gimnasio, le habían recomendado hacer ejercicio suave. Al mes hacía el amor sin dolor y eso era maravilloso.

En Septiembre, le tocaba la segunda revisión desde que se operó. Todo marchaba bien, en las ecografías no había nada, ni bueno ni malo. Era un canal cerrado y sellado. Ahora están tan claras- pensó-. Antes, las imágenes estaban tan llenas de manchas oscuras que no podía identificar por más que se lo explicaran- que si esto es el ovario o un quiste, o una masa tumoral.

Ahora todo era claro, porque distinguía un pasillo y nada más. Era más fácil.

En cuanto salió de la consulta, pensó en la mujer que había conocido en la sala de espera, María, de la que tanto había leído. Le gustaban sus artículos y la frescura con la que los desarrollaba. La seguía incluso, cuando acudía a alguna tertulia en la televisión. ¡Qué sorpresa haberla encontrado allí!.

Pensó en la niña que la trajo desde el otro mundo y buscó la tarjeta que le había dado. Sería el destino, pensó, y marcó.

Tres, cuatro, cinco tonos y nada. Cuando ya iba a colgar, su voz sonó al otro lado, rodeada de sonidos que no pudo identificar.

-¿Diga?

Marion quedó callada unos segundos, pensando en lo que decir. Después de todo, no la conocía y no sabía hasta que punto podía ayudarla.

-¿Hola?

-Hola María, soy Marion, ¿te acuerdas? , de la consulta del ginecólogo.

Un silencio y después:

-Sí, es verdad, me acuerdo, de la cerveza que prometimos tomar juntas algún día.

Sintió como reía a través del altavoz, ella estaba conduciendo.

-¿Te encuentras bien?, ¿necesitas algo?

-Si, por eso te llamaba. Perdona que sea tan precipitado, me tomarás por una desesperada, pero dijiste que me podrías ayudar con la adopción.

María aparcó en doble fila, en una calle poco transitada. Aunque el médico le había prohibido coger el coche, algunas tardes lo utilizaba en trayectos cortos, para hacer las compras.

-Espera, aparco y te atiendo mejor, no quiero tener un accidente con mi estado-bromeó.

Resopló en el asiento y tomó un poco de agua, echándose el resto de la botella por el escote. Estaba empapada en sudor-será el embarazo-pensó-después de todo somos dos personas tirando del mismo cuerpo.

Y ahora aquella mujer, ya no se acordaba siquiera que le había dado la tarjeta. Era su impulsividad de la que muchas veces se arrepentía.

-Sí, si Marion. Es verdad, me acuerdo. ¿Quieres que te ponga en contacto?

-Me harías un gran favor, no sé como empezar todo esto.

María sacó su agenda, todavía utilizaba una de esas de papel y forrada en piel, que llenaba de todo tipo de anotaciones y fotos de su numerosa familia.

-Voy a hablar con ella y te llamo en una semana. Quedaríamos para tomar café y te informaría en persona, ¿que te parece?

Sintió un pequeño alarido al otro lado del teléfono, que interpretó como un grito de alegría.

-Si, sí, estupendo. Espero tu llamada, estoy muy ilusionada.

Se despidieron con un beso, como si se conocieran de toda la vida. Marion volvió a su casa, a meditar y tomar una copa de buen vino. Sabía que debía celebrarlo, pero lo pensó mejor y se metió en la ducha, quería hacerlo con su marido. Lo invitaría a cenar, tenían mucho de lo que hablar.

María volvió a resoplar y se puso en marcha. Tenía mucho que concretar para su entrevista y sabía que esa noche no dormiría bien, Celia no paraba de darle patadas y moverse. Le habían asegurado que era niña.

-Otra-le había dicho su madre, apenas sin emocionarse. Eran todo mujeres, sus hermanas y ella, desde que su padre murió. Ningún hombre más había cuajado en sus vidas desde entonces. Todas permanecían solteras y muy, muy unidas.

Pensó en Marion y en su deseo de tener hijos. En cuanto llegó a casa, apuntó en la agenda del día siguiente: hablar con Mercedes.


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