martes, 20 de mayo de 2014

HISTORIA DE CUATRO MUJERES


“Sólo espero que al final del camino mi vida haya valido la pena”
 

INVIERNO. CAPÍTULO IV.

Cada vez era más duro. Mercedes sólo tenía en mente la esperanza de que un día le dijeran que su pequeño Fernando estaba curado. Se acostaba por la noche llorando y se levantaba esperanzada. No quería separarse de él en ningún momento, pero tenía dos hijos más que también la necesitaban, aunque ahora ella no podía darles ninguna atención. Cuando estaba en el hospital su energía y corazón estaban puestos en Fernando. Cuando volvía a casa, obligada por los médicos y por su ex, su corazón lo dejaba atrás y energía ya no le quedaba. Alfredo y Martín sólo tenían una madre ausente.

Aquel día hacía calor, se levantó sudando. Preparó el desayuno para sus hijos, el autocar del colegio pronto pasaría. Todo estaba en silencio y faltaba media hora. Fue a la habitación de Alfredo, el mayor, zarandeándolo con fuerza.

-Mamá, ¿qué haces?..déjame dormir-y se tapó la cara con las sábanas.

Ella enfureció, últimamente no dominaba muy bien su mal genio.

-¿Otra vez?..no debes faltar. Ya estoy harta de que me lleguen notas de tus ausencias.

Alfredo tenía quince años, pero aparentaba 18. Era un chico responsable pero vago, según su padre. Para su madre era sólo un adolescente como los demás, egoísta y perezoso. Se destapó bruscamente, sabía que su madre no se iría. Desde que Fernando enfermó, tenía que recordarle las cosas constantemente.

-¡¡Hoy es festivo!!, ¿no lo recuerdas?

Mercedes quedó pensativa, durante unos segundos intentó pensar en la última vez que fue al colegio a revisar las notas de sus hijos; de la última vez que hizo una compra en la tienda o que tomó un café con sus amigas. Intentó contar los días pero eran demasiados. Había perdido la noción del tiempo. Incluso su trabajo, que tanto amaba, lo había aparcado a un lado. Tenía una excedencia que no sabía cuanto podría mantener.

-¿Qué día es?-preguntó.

-Es 15 de Mayo, mamá. Es San Isidro.

Y volvió a envolverse en las sábanas. Mercedes salió de la habitación, fue al cuarto de baño y se duchó. Lloró mientras el agua corría, no quería que sus hijos la vieran así, aunque ellos sabían de ella más que ella misma.

Llamó a Marion para que se quedara con los niños, pero ésta tenía otros planes. Estaba distante desde hacía unas semanas.

-Por favor, sólo esta vez. Te necesito, no sé a quien dejárselos y David no puede, por favor.

Ya estaba suplicando demasiado.

-No sé-Marion dudaba-tengo asuntos personales que arreglar.

Mercedes se exasperó.

-¿Qué asuntos puedes tener tú, con la vida perfecta que llevas?

Un silencio se hizo, sólo entrecortado por unos sollozos a los que Mercedes no daba crédito.

-Lo siento-se excusó-he sido muy egoísta. ¿Te ha pasado algo?

De nuevo, el silencio, tan incómodo y tan evidente.

-Sí, pero por ahora no puedo, lo siento, pero no puedo contártelo. Bastantes problemas tienes ya. Está bien. En media hora estoy en tu casa, ¿vale?

-Gracias, amiga.-no quería preguntar nada más. Ahora sólo quería llegar al Hospital cuanto antes.

Dejó una nota en la encimera y dijo a sus hijos que Marion llegaría pronto. Confiaba en ella plenamente. Los niños la adoraban y ella también.

-Será una buena madre-pensó en voz alta.

No sabía que todo era una fachada, detrás de la cual una mujer se estaba derrumbando. Como un mueble comido por la carcoma, se iba convirtiendo en polvo, poco a poco, dejando huecos en su mente que no sabía como reconstruir.

Cuando llegó a la habitación del pequeño, su ex se despidió de ella con un frio beso en la mejilla. Tenía los ojos cansados e hinchados, señal de que la noche no había sido buena. Aún así no se lo dijo.

-Todo tranquilo, Mercedes. Sólo se ha despertado un par de veces.

Sonrió y sus miradas vacías se encontraron, intentando, infructuosamente, darse ánimos.

-Vete a casa y duerme. Los niños están con Marion, pasa después por casa, ella no puede estar todo el día.

Asintió y se marchó. Ella besó a su hijo en la frente y las manos.
Hacía una semana que le habían hecho el cateterismo y el resultado fue el peor que pudiera esperar. La hipertensión era severa. A pesar de todo, de los medicamentos, del oxígeno del que no se desprendía, no mejoraba. Su piel estaba perdiendo color y los labios se tornaban, por momentos, de un color azulado que nada le gustaba.

-Fernando, cariño, ya estoy aquí. Mamá ya está aquí.

Fernando sonreía y señalaba la libreta de dibujos que tanto le gustaba. Ella lo incorporó en la cama y se la puso en el regazo, tirándole todos los lápices de colores por las sábanas. A él le gustaba verse rodeado de color y ella lo sabía. Por eso dibujaba continuamente y ella pegaba sus historias en las paredes de la habitación. Cada vez quedaba menos espacio libre y eso le recordaba el tiempo que llevaban allí metidos.

Una voz la sorprendió por detrás. Era Manu, el celador, que le traía un café.

 
-Hoy que toca, chaval-cogió el dibujo que había hecho, de un árbol azul y amarillo. Fernando sonrió.

-Bueno, éste lo pondremos aquí-y lo colocó con celo encima de botón de emergencias.

Miró a Mercedes con atención. Se estaba percatando de que la cuenta atrás estaba llegando a su fin.

-¿Me acompañas?-le dijo.

Ella miró el café y le apeteció compartir un momento de charla con él. Desde que estaba en el Hospital, Manu no había faltado ningún día. Iba todos, sin excepción, a verla por la mañana, con un café en la mano y una sonrisa en el rostro. Le transmitía una paz que no había encontrado en nadie.

-Cada vez falta menos.

Él miró las paredes.

-Sí, es verdad, no te lo voy a negar. Pero sólo te digo una cosa-y le cogió su mano-no te rindas. He visto peores casos.

Ella sonrió, pensando que sería verdad, por su trabajo. No trataba de dar ánimos sin conocimiento de los hechos.

-No sé, paso aquí los días y mi hijo sólo recibe tratamiento que apenas le ayuda y no sé por qué.

Él miró al pequeño, que sonreía mientras hacía muecas con su boca debajo de la máscara.

-Quizás es demasiado pronto. No en todos los enfermos hace efecto al mismo tiempo. En unos tarda más que en otros.

-Eso puede ser verdad, todos los días me levanto esperanzada de que lo voy a encontrar corriendo y jugando como antes. Después llego y todo sigue igual. Es como si me abofetearan todos los días para despertarme.

Él se limitó a beber, la miró con serenidad. Tenía los ojos más oscuros que Mercedes había visto en su vida. Tan negros como el café que se estaba bebiendo en eso momento.

-Y tú, ¿no tienes familia?, siempre estás aquí.

Manu sonrió.

-Mi familia no está aquí.

-¿Aquí? ¿te refieres a España?

-Sí, se quedaron en Cuba.

-Lo siento, debes echarlos de menos.

Él seguía sonriendo, mientras recordaba los paseos por el malecón mientras su madre se prostituía con clientes extranjeros y la humedad invadía sus pulmones en aquellas noches eternas.

-Si, pero sólo a veces. Bueno-y se levantó-ahora debo seguir con mi trabajo.

Ella lo siguió con la mirada, pensando que quizás le había dicho algo que no debía. Últimamente era así de egoísta, porque sólo podía pensar en Fernando.

-Al próximo café invito yo, ¿vale?

El asintió sin volverse. Mercedes se sentó de nuevo y coloreó junto a su hijo, mientras le tarareaba una nana inventada. En cuanto terminó, se dio cuenta de que todo el papel estaba negro. Fernando la miraba extrañado. Ella no daba crédito a lo que había coloreado. Lo arrugó y tiró a la papelera.

-Mami no está bien, el tuyo es más bonito. Déjame que lo vea.

El pequeño se lo enseñó, también era negro. No había dejado un hueco a otro color, ni siquiera al blanco. Ella palideció, su hijo la había imitado y si era así, ¿en qué lo estaba convirtiendo?. Terminaría deprimido y sin esperanza. Después dudó si era posible que un niño tan pequeño pudiera deprimirse.

Tiró su dibujo también a la papelera.

-Ahora, ¿porqué no me dibujas a los leones, esos que tanto te gustan?

Fernando adoraba a los felinos, tanto que siempre tenía que ponerle los documentales de la televisión en cuanto salían. Y mientras todos permanecían dormidos, él seguía con los ojos bien abiertos y atento hasta el último minuto. Después saltaba sobre sus padres diciendo que algún día iría allí, iría a verlos.

-Algún día irás a África, lo sé-le había dicho siempre Mercedes.

Ahora no lo veía posible, sus ilusiones, sus sueños, su pequeño mundo se estaba reduciendo tanto que pronto desaparecerían. No podían seguir así, tenían que salir de allí. Su hijo tenía que vivir, por lo menos una vez, su sueño.

No lo dudó. Llamó a la enfermera y le preguntó por la posibilidad de sacarlo.

-Hay que preguntar al doctor, él lo sabrá mejor. Podemos dejarle una bombona de oxígeno portátil, pero aún así, no se lo recomiendo.

-¡Pues hágalo, mi hijo se asfixia aquí, tengo que sacarlo!-estaba al punto de la histeria.

La enfermera la miraba desafiante, señal de que no estaba de acuerdo con su decisión.

-Pero el tratamiento venoso será interrumpido…

-Llame al doctor y dígale que me lo llevo.

La enfermera salió de la habitación. Mercedes sabía que pronto llegarían los doctores e intentarían convencerla de que todavía no era el momento. Pero ella sabía que sí, porque pronto ya no habría posibilidad, los momentos se estaban acabando y ella lo presentía.

El doctor Martín se presentó rápidamente y de nada sirvió lo que le dijo. Ella estaba decidida, así que, por lo menos, consiguió la bombona de oxígeno y calmantes para el dolor.

-Debería hablar con su marido, ¿no cree?

-No, no creo. Traiga la bombona cuanto antes.

Llamó por teléfono y dio indicaciones. A los pocos segundos apareció Manu con la bombona. El doctor se la conectó y le dijo como debía utilizarla. Firmó los papeles en los que se hacía responsable de cualquier consecuencia que pudiera conllevar su decisión. No le importó.

-Sólo le durará dos horas. Después debe volver. Recuerde que sólo es un alta parcial.

-Sí, no lo olvidaré.-Miró a Manu-¿Me ayudas a llevarlo al coche?

Y Mercedes, por primera vez en mucho tiempo, cogió a su pequeño en brazos. Ya no pesaba tanto como antes. Fernando lo agradeció apoyando la cabecita en su pecho, sintiendo los latidos de su madre como suyos propios. Ella pudo observar su piel cetrina y azulada. Manu fue detrás de ella con la bombona.

En cuanto salieron a la calle y el sol dio en los ojos del pequeño, se llevó las manos al rostro mientras reía.

-¿De qué ríe mi niño?

-Es que el sol me hace cosquillas, mamá.

Y ambos rieron. Por un momento sintió alivio de no estar entre las cuatro paredes del Hospital que habían comenzado a asfixiarlos. Manu colocó todos los aparatos y las medicinas al lado del pequeño, en el sillín.

-¿A dónde vas ahora?

Ella ya se había sentado, Fernando reía con las ocurrencias de un gato callejero que jugaba en la hierba.

-Voy al zoológico. Nunca lo he llevado. Su sueño era ver leones y quiero que los vea. No quiero que pierda sus sueños.

El niño gritó de alegría desde la parte de atrás.

-¿Puedo ir con vosotros?..si queréis, claro.

Mercedes estaba demasiado contenta para negarse.

-Claro que sí, sube.

Manu volvió al Hospital y salió sin uniforme, con vaqueros y camiseta ajustada. Por primera vez lo veía como un hombre y no como el celador que le llevaba café todos los días.

Durante los veinte minutos que duró el trayecto, pusieron la radio y cantaron, dejándose llevar por la emoción del que se siente liberado de una dura carga.

En el aparcamiento ya sintieron el rugir de los animales. Fernando estaba excitado y ella era feliz. Lo subieron a un cochecito de alquiler y ataron la bombona en la parte de atrás. El calor había dejado paso a una brisa refrescante, o era su alma, que se estaba liberando del peso que la acompañaba desde hacía semanas.

El pequeño reía emocionado con cada nuevo animal que veía. Manu le compró un helado de nata. Mercedes le quitó la mascarilla para que pudiera comerlo con tranquilidad.

-Eres la mejor madre que he conocido-le dijo.

Ella lo miró extrañada.

-Yo ¿buena madre?, no sabes lo que dices.

-Sí, si que lo sé.

Ella insistió.

-Soy huraña y, a veces, desagradable. También soy severa. Créeme, no soy una buena madre.

Manu le cogió de nuevo las manos, eran pequeñas y blancas. Las tuvo entre las suyas unos segundos mientras ella lo miraba extrañada.

-No has abandonado a tu hijo, eso te hace buena madre.

De nuevo vinieron a su memoria, recuerdos escondidos que él creía olvidados. Pero aquella mujer le recordaba todo lo que su madre no había había hecho por él. Lo abandonó a los trece años. Lo llevó al pueblo de sus abuelos y dejándolo en la carretera de entrada, él sólo tenía un papel con la dirección. Nunca los había visto. Ella estaba borracha y un hombre del que no entendía el idioma los acompañaba. Era un hombre grande y sonrosado, ya fuera por el alcohol o por el sol de cuarenta grados que no soportaba su piel.

-Ya eres mayor, tienes que conocer a tus abuelos. Yo ya no puedo contigo, ellos sabrán lo que hacer.

De nada sirvieron sus súplicas. Cerró la puerta del coche y la de su corazón. Ya nunca más volvió a verla. Pero dejarlo allí fue lo mejor que pudo hacer, porque sus abuelos lo recibieron con los brazos abiertos y, gracias a ellos, estaba ahora en España.

-Se ve que no has tenido buena infancia, ¿verdad?

Él asintió y se levantó.

-Bueno, pero ahora todo pasó.  Forma parte de otra vida.

Mercedes le acarició el brazo, sentía su dolor, sabía que estaba ahí. Desde que su hijo enfermó se había vuelto más receptiva.

-Pues pareces siempre tan feliz. Siempre sonriendo y..

Él se volvió.

-Sonrío porque lo elijo así, porque me hace ver las cosas de otra manera. Pero sonreír no significa ser feliz.

Después observó al pequeño, que no dejaba de mirar a uno y otro lado buscando los animales que tanto deseaba ver.

-Ahora tocan los leones.-le dijo.

Fernando gritaba con la cara manchada, llevaba unos minutos sin la mascarilla y se la pusieron rápidamente, aunque él hacía por quitársela.

Corrieron hasta llegar a los felinos, que descansaban a aquella hora de la tarde. Comieron pipas y chucherías mientras los observaban sentados en un banco. Los niños corrían con sus globos echando de comer a los patos y Fernando los miraba anhelando hacer lo mismo. En su mente corría con ellos. Y jugaba al pilla-pilla, y a los cromos, que tanto le gustaban.

Se hicieron fotos con el león, que parecía entender la situación y estuvo todo el tiempo cerca de la valla, de forma que el pequeño pudiera observarlo con detenimiento. Todos reían y estaban felices. Mercedes ya no pensaba en la enfermedad, ni en medicinas. Mercedes olvidó que su hijo no era del antes, hasta que sus labios comenzaron a ponerse azules.

Manu se alertó al comprobar que la bombona estaba casi vacía.

-No puede ser, ha pasado poco tiempo.

Nubarrones se extendieron por su mente y no la dejaban pensar con claridad. El coche estaba demasiado lejos, no llegarían. Fernando respiraba cada vez con más dificultad, emitiendo los silbidos que tanto conocía y que tanto detestaba.

-Hay que llamar a una ambulancia-Manu  estaba con el teléfono en la mano cuando un médico del recinto se acercó. Los llevó a enfermería y allí le pusieron oxígeno. Pero Fernando había estado cuatro minutos, sólo cuatro minutos sin él y ya estaba inconsciente.

Mercedes no reaccionaba, dejando que los demás hicieran y deshicieran. Quedó en blanco, sin pensar, sin sentir, paralizada. Como si así pudiera evitar que el futuro llegara.

La ambulancia no tardó y ellos subieron a la parte de atrás con el pequeño. Manu le cogía la mano a ambos. Fernando no despertaba y el Samur intentaba reanimarlo, pero no podían hacer nada más. Sólo llegar lo más rápido posible.

Por el camino oyó a su marido, como le reprochaba; vio como sus hijos la detestaban, como sus amigas la consolaban. Escuchó como las voces se confundían en su cerebro, diciéndole lo mal de su actuación, que no debía haber sacado al niño del Hospital, que era una irresponsable y que lo pagaría caro. Conocía a su marido, sabía que así sería. Si Fernando no se recuperaba, ella sería la culpable y perdería todo lo que amaba.

Las manos le sudaban y Manu se las cogió, como si supiera lo que estaba pensando. Recordó sus palabras: “eres buena madre, no has abandonado a tu hijo”.  Y recordó también las del anciano de sus sueños: “ los ángeles te llaman”. Su hijo era un ángel y querían llevárselo, no podía permitirlo, antes prefería morir ella. Si yo muero, él vivirá. Eso es.

La sirena calló y supo que habían llegado, Fernando seguía inconsciente. Ella se deslizó con él por los pasillos, como si flotara, ajena a su cuerpo. Incluso estuvo en la sala de reanimación, no le impidieron la entrada. Allí, en aquel lugar frio y aséptico, después de muchos intentos, Fernando abrió los ojos, pequeños, de color miel y sonrió. Alargó su manita.

-Mamá.

Y ella pudo descansar tranquila. Tenía que avisar a toda la familia. Su hijo había sobrevivido, era un luchador. Quiso reaccionar para hablar con Manu y agradecerle todo su apoyo, pero no podía. Atravesó la puerta como si nada y voló por el Hospital buscándolo, hasta que lo encontró llorando, cabizbajo, al lado de una camilla en la que su cuerpo permanecía tendido mientras alguien presionaba las manos sobre su pecho y recibía palabras de ánimo.

-Vamos, tu puedes, no te vayas.

Sintió al anciano a su lado, el calor que desprendía la consoló.

-¿Quieres ir?-le dijo.

-¿A dónde?-respondió ella.

-Con ellos.

Y pensó que todavía no había llegado la hora. Tenía que volver, su hijo la necesitaba. No podía marcharse así.

-Ayúdame a volver, por favor.

El hombre la miró con una sonrisa tan perfecta que, por un momento, olvidó dónde estaba.

-Puedes hacerlo, pero si lo haces, la enfermedad seguirá.

No era posible, desde el otro mundo le imponían una condición horrible, pero no quería morir, aún tenía que hacer muchas cosas en su vida. Tenía que ver crecer a sus hijos, quería disfrutar de la vida en la tierra.

-Tendrás muchas más-le dijo el anciano.

-Pero yo quiero ésta.

Y se desvaneció. Después la pesadez la invadió y sintió como su cuerpo la atraía con una fuerza que no podía resistir. Abrió los ojos y los pulmones se llenaron de aire. Volvió a sentir dolor en el alma. Sabía que su hijo seguía enfermo pero vivo.

-¡Dios, que susto nos has dado!-le dijo Manu.

-He sido una egoísta, no he querido cambiarme por mi hijo.-comenzó a llorar desconsoladamente mientras los médicos le ponían calmantes .

Él le acariciaba el brazo, la miró con ternura.

-No, tu no tienes la culpa. Le distes lo que él necesitaba. Le distes ilusión. Ahora luchará con más fuerza.

-Pero he visto lo que hay después, en el más allá. Me dijeron que si yo moría, él sobreviviría.

Manu sonrió.

-Sólo ha sido un sueño.

Ella asintió, intentando consolarse con esas palabras. Los párpados le pesaban, los medicamentos le estaban haciendo efecto.

-Pero yo sé que es verdad-pensó aunque no lo dijo-, sé que es verdad.

Y durmió.

 

 

jueves, 8 de mayo de 2014

HISTORIA DE CUATRO MUJERES



VERANO 3ª PARTE.

Esa mañana de primavera era especial. El sol entraba por la ventana jugando con las sombras del dormitorio y haciéndolo aún más acogedor. Se levantó de un salto y fue al cuarto de baño. Contempló su cabello con mechas rubias perfectas; la incipiente acumulación de grasa en las caderas que, según Carlos, la hacía más atractiva; las primeras arrugas que asomaban a sus ojos. Desde que tenía la menopausia se había vuelto más activa. Hacía gimnasia y practicaba yoga, pero, a pesar de todo, seguía acumulando kilos.

-Anda, ven a la cama, ¿ya estás otra vez?

Marion se dirigió hacia Carlos, para enredarse de nuevo con él, necesitaba sentirlo. Tantos años de sufrimiento le habían creado una ansiedad de adolescente por el sexo. Fue apasionado y breve; después, ese abrazo que deseaba durara una eternidad.

-Me tengo que ir. Hoy tengo reunión.

Su marido se alejaba de ella, que intentaba retenerlo sin conseguirlo.

-¡Ojalá pudiéramos seguir así durante mucho tiempo!

Él le sonrió mientras se ponía los pantalones. Ella se abrazó a la almohada y miró el reloj.

-¡Ay Dios!, tengo que ir por Celia.

-Ves, no soy el único..

Y ambos se besaron de nuevo. Ella lo despidió en la puerta y se dirigió a tomarse el café de la mañana. El teléfono sonó de improviso, era María que la llamaba desde algún lugar de la India. Desde que sabía que la adopción de Fátima era un hecho, su vida había cambiado radicalmente. Tenía su foto en el móvil, en la puerta del frigorífico, en la del armario, hasta en el cuarto de baño. Su mirada dulce la perseguía allá donde fuera y la quería con ese cariño profundo que va más allá de lo razonable, como si un vínculo invisible las uniera.

Le había encargado la habitación y le había comprado ropa. Incluso pensaba hablar con el colegio, quería tenerlo todo preparado. Era bastante previsora y en la maternidad sería igual.

-Hola María, ¡qué alegría oírte!.

-Hola Marion, ¿está Carlos en casa?

-No, ya se ha marchado, ¿porqué?

Sabía que algo no iba bien, había muchos silencios en aquella conversación.

-Tengo que hablar con los dos, es sobre la adopción.

Marion comenzaba a ponerse nerviosa.

-¿Ha pasado algo?¿está Fátima bien?

-Si, ese no es el problema. Bueno, verás..-titubeó-, es mejor que te lo diga ya. La adopción va a tardar un poco más.

-¿A qué te refieres?

-No podrá venir con nosotros mañana, debe quedarse aquí un mes más, porque…

Pero no la dejó terminar, sus ojos se llenaron de lágrimas, no sabía si de rabia o de desilusión.

-Cuéntamelo todo, por favor, necesito saberlo. No me ocultes nada.

María suspiró al otro lado del teléfono.

-Lo han retrasado por falta de papeleo, no se fían de que el médico que firmó la autorización y la asistente social no estén sobornados.

Marion no podía creerlo, ¿de qué estaba hablando?.

Por su parte, María, no sabía como decirle que, en cierto modo, había sido por su culpa. Por enamorarse de aquel hombre quizás en el momento equivocado. Fue sincera y se lo soltó todo, esperando una reacción a gritos por parte de su amiga. Le dijo que ser una periodista medianamente conocida no le había ayudado y que la implicación afectiva de Vadin tampoco.

Marion permaneció en silencio tanto tiempo, que María creía que había colgado.

-¿Estás ahí?...lo siento mucho, de verdad.

Por fin respondió. Su respuesta fue seca y cortante.

-Si estoy aquí.

-Dentro de un mes estará todo preparado para que vengáis a recogerla. Mientras tanto, ya hemos hablado con las cuidadoras para que no le falte de nada. Vadim tiene contactos y podría haber tardado mucho más, pero no ha sido así. Sólo un mes, Marion. El tiempo suficiente para que podáis arreglar vuestro viaje.

-Muy bien-respondió y colgó.

Se quedó allí sentada, en la cocina ordenada a la perfección;  aséptica, blanca y brillante. Observó con detenimiento los detalles, colocados estratégicamente, de los botes alienados en colores a juego con las cortinas. Después se fijó en su taza de café, de florecitas violetas. Y sintió un asco profundo por su vida. La tiró al suelo, manchando todo el gres que con tanto esmero había desinfectado el día anterior.

-No estoy normal, por eso nada me sale bien.

Y fue al dormitorio, tirando los cuadros de las paredes, arrancando las sábanas, rompiendo el espejo en el que tantas veces se había negado a mirar. Después cayó rendida sobre la alfombra, llorando amargamente. La mujer que sus amigas creían perfecta y dulce, en realidad, siempre estaba triste y huraña. Fingía porque sabía que las necesitaba, pero el no poder tener hijos la había obsesionado más de lo normal. Ni Carlos lo había notado, porque con él fingía también. Todo era una mentira. Se escondía entre los días de parque con Celia, las cenas con Maca y Mercedes, y su trabajo anodino y sin futuro. Se imaginaba una vida que creía nunca conseguiría. Unos hijos que no podía tener y viajes que nunca realizaría. Fátima había sido como un milagro, un sueño echo realidad, que ahora podía desvanecerse en cualquier momento.

El timbre sonó con insistencia y se incorporó, sacudiéndose los restos de plumas que aún volaban por la habitación.

Cuando salió a abrir, se encontró con Celia en brazos de Rufina, la chica que ayudaba en la casa de Esther, la madre de María. Era pequeña y delgada, de no más de veinte años y con desparpajo de sobra para toda una clase. Si fuera por ella, la habría despedido, pero a Esther le caía bien. Decía que observarla y hablar con ella, le daba la vida que a ella se le escapaba.

-¿Qué te pasa?, llevamos dos horas esperando. La señora tiene que ir a revisión.

Y le soltó a Celia en los brazos. Pero era astuta; observó las cosas revueltas, el pelo enmarañado de Marion y, sobretodo, sus ojos tristes y apagados.

-¿Han robado?

-No, no han robado-besó a la pequeña y se dirigió al salón, donde le había dispuesto un parque con algunos juguetes. Rufina la siguió, se sentó en el sillón apartando los restos de un jarrón que antes adornaba la repisa. Encendió un cigarrillo.

Marion se sentó a su lado, con los ojos desorbitados.

-Tía, me estás dando miedo, ¿vas a decir que te pasa?

-¿Me das uno?.

Y encendió otro. Había dejado de fumar hacía muchos años, pero no había mejor momento para volver que aquel.

-No, no ha entrado nadie. He sido yo.

-¿Tú?, ¿te has vuelto loca o qué?

Cruzó las piernas. Marion la observó, hacía tiempo que los muslos le rozaban y el sudor le había provocado una erupción. Esa chica no tendría problemas.

-Una mala noticia, sólo eso.

Rufina se echó hacia atrás, con total confianza, aunque nunca se la había dado.

-¿Sabes?, por mí tu no estarías trabajando para Esther. No me gusta nada que estés cerca de Celia.

Y dio una calada al cigarro mientras observaba el humo que se formaba alrededor de ambas. Una neblina donde le hubiera gustado perderse. Pero ésta se deshacía de inmediato para dar paso a la realidad que la rodeaba.

-Tú tampoco me caes bien. Eres pedante y siempre sonríes. Me das escalofríos.

Se miraron y rieron.

-¿No tienes que irte?

-No pasa nada, la enfermera está con ella. No voy a dejar a Celia contigo en este estado.

Marion se levantó, ella la siguió. La pequeña jugaba mordisqueando unas llaves de colores.

-¿Quieres una copa?

-¿A esta hora?

En ese momento se arrepintió, ella no era así. En realidad no sabía como era.

-Una copa no, pero si me ofreces un café, mucho mejor.

Se lo sirvió del que había hecho hacía unas horas, estaba frio pero Rufina no se quejó.

Se volvieron a sentar, mientras, observaban como la niña reía mirando los gorriones que se posaban en la ventana.

La joven se recogió el pelo negro y largo en un moño imposible. Erguió su escuálido esqueleto y miró a Marion de frente.

-¿Me vas a contar lo que te pasa?, porque no me iré hasta que lo hagas.

Dudó en si decirle todo lo que sentía en ese momento. En descubrirse ante una desconocida que, además, no le inspiraba confianza. Pero, por otra parte, por eso mismo era ideal. No le importaba lo más mínimo lo que pensara de ella.

-No creo que pueda adoptar, finalmente todo se ha ido al garete.

-¿A qué te refieres?

-Fátima, lo sabrás ya por la señora. Era la niña India. María la traería de allí.

Las lágrimas comenzaron de nuevo a agolparse en sus ojos. Encendió otro cigarro y fumó con desesperación.

-Habrá que esperar un mes e ir a por ella. Tendremos que ir.

Rufina sonrió.

-¿Y qué problema hay?

-¿Problema?, todos…

-¿A qué te refieres?

Celia emitió un gritito y Marion le acercó el biberón de agua. La pequeña pataleo de alegría, pero ni aún así consiguió arrancarle una sonrisa.

-No tengo dinero, Rufina.

No la miraba a la cara, sus ojos estaban centrados en la carita redonda y sonrosada de la pequeña.

-Bueno, pero alguien te lo podrá dejar. ¿Y esta casa?, debe valer mucho.

-La tengo casi embargada. Llevo dos pagos retrasados y las deudas me comen.

La joven no entendía nada.

-¿Cómo adoptas si estás en esta situación?, ¿cómo ibais a vivir?

Marion se levantó despacio y apagó el cigarrillo en la taza llena de café frio que la chica no había tocado.

-Era una esperanza, ¿sabes?. Era la oportunidad de que todo fuera a mejor. Las situaciones van cambiando durante nuestra vida y era un sueño que nos dieran una niña. Aquí en España nos habían denegado la adopción.

Rufina se levantó y la sujetó por los brazos, obligándola a mirarla.

-Pero te la han dado. La adopción la tienes, sólo que va a tardar un poco más.

Las lágrimas ya no cabían en sus ojos, se desbordaron regando su rostro.

-No será posible, no tengo ni para el viaje.

-¿Y como pensabais vivir?, porque no entiendo nada.

-Con estrechez, pero saliendo adelante, como hacen muchas familias. Además, quiero buscar un trabajo mejor y ganar un poco más. Con eso sería suficiente. Antes no era así, ¿sabes?. Carlos tenía un negocio y todo nos iba tan bien-suspiró-, después lo tuvo que dejar, perdía clientes y dinero. Mis bajas antes y después de la operación. Ahora sólo tenemos deudas. ¿Cómo le explico a mis amigas que no puedo ir a la India?, ¿cómo les digo que mi vida es una mentira?

-Joder, tía, no sé. Es que siempre pareces tan segura-la miró de arriba abajo-y tan pija. ¿Y tu familia?

Marion soltó una carcajada irónica.

-Sólo tengo una madre, la de mi última casa de acogida. Me llevo muy bien con ella, pero no me puede ayudar.

Miró por la ventana, a lo lejos divisaba la montaña donde tantos inviernos había ido a esquiar. El cielo era de un azul limpio y puro, ni una nube, nada que se interpusiera entre ella y él.

Sintió la mano de la joven en su hombro, estaba caliente y la reconfortó. Se la acarició.

-No sé, tía. Pues lo mejor es que digas la verdad, ¿no?. Mientras antes lo hagas mejor. A veces las cosas cambian de un día para otro. Es lo que me decía mi madre.

Marion sonrió.

-¿Sí, el qué?

-Que si tienes un día malo, no pienses que todos los días serán así, porque mañana será otro diferente y la suerte puede cambiar-se alejó-. Ahora sí que me voy.

Y abrió la puerta de la entrada. Ella seguía mirando por la ventana.

-Y deberías recoger esto. Tu marido va a pensar que estás loca.

Sintió el golpe del cerrojo. Fue a la cocina por la aspiradora y productos de limpieza, en una hora todo volvía a su lugar, reluciente como antes estaba. Celia se había quedado dormida, la tapó con una manta.

Fue al cuarto de baño, se arregló y se lavó el cabello. Se pintó como siempre lo hacía, aunque sólo fuera a comprar el pan. Después llamó al trabajo y pidió unos días más de vacaciones. Se había pedido una semana, pero necesitaba más. Debía pensar en todo lo que le estaba pasando. Ya no podía seguir fingiendo.

Para cuando Carlos regresó del trabajo, ella estaba preparada para hablar. Celia ya había comido y dormía profundamente una siesta. Sabía que no se despertaría hasta las cinco.

-Hola cariño-la besó con tranquilidad mientras se quitaba la chaqueta-No huelo nada, ¿no has hecho de comer?

Ella se irritó, otra de las cosas que debía cambiar.

-No, no he hecho nada. Tenemos que hablar.

Él se ofuscó.

-¿Ahora?, debo volver al trabajo en dos horas. ¿No puedes esperar a otro momento?

Ella se levantó y se alisó la falda.

-No, lo necesitamos ahora. La adopción de Fátima se ha retrasado, María me ha dicho que tendremos que ir a la India a recogerla. Cuestión de papeleo.

Carlos se sentó en una silla y se pasó las manos por el cabello. Estaba sudando, había sido un día duro.

-Te lo dije, cuantas veces te lo he dicho. No es el momento, no lo era. Algo saldría mal.

Ya no podía más, Marion estaba llena de ira acumulada.

-Siempre igual, ¿cuándo iba a ser?. Siempre pones problemas a todo.

Él enarcó las cejas en una expresión de incredulidad.

-¿Yo? no empieces.

-Sí tú-ya no podía parar-. Si no te hubieras empeñado en montar ese negocio de mierda que nos ha comido. Pero claro, tenías que hacerlo, vivir por encima de tus posibilidades.

Carlos intentó calmarla sujetándola por las muñecas.

-No sigas, por favor. Con lo que he hecho por ti.

Ella se soltó con habilidad, no quería caricias.

-¿Qué?..si el señorito me ha arrastrado por trabajos de mierda porque quería cumplir sus sueños.

Él volvió a sentarse, se sentía derrotado.

-Eso no te lo niego, pero tenía que intentarlo.

Ella se dirigió a la cocina y abrió una cerveza.

-Si, pues mi sueño era ser madre y ya lo he perdido.

Celia seguía durmiendo a pesar de los gritos. Marion se miró en el espejo de la entrada, todo seguía en su sitio. Se pasó el dorso de la mano por los labios para quintarse la pintura.

Carlos se sentía cada vez más frustrado. Su mujer lo estaba sacando de quicio.

-No puedo contigo. Me iré y comeré algo en el trabajo.

-Eso, sí, vete. Tenemos que hablar de esto, debemos decirlo, por lo menos a Mercedes, ella…

Él abrió la puerta y se marchó, dejándola con la palabra en la boca.

Marion no lloró, no se perturbó. Estaba harta de aparentar felicidad en todo momento, estaba cansada de que él la viera siempre tan solícita y dispuesta a apoyarlo en todo. No era un hombre de negocios aunque lo intentara. Se tendría que resignar a cambiar su rumbo si querían que las cosas fueran mejor.

El móvil le sonó en ese momento, era Esther que la llamaba desde la clínica. Al ver su número tuvo miedo de que Rufina le hubiera contado algo.

-¿Cómo estás?-le preguntó-¿Ya te has hecho las pruebas?

-Sí, hija, sí. Sólo te llamaba para saber como estaba Celia y, bueno, como me encuentro un poco mejor, si querías que fuéramos a dar una vuelta al parque. Me vendrá bien pasear.

Marion se alegró de poder salir y distraerse. Cogió a la pequeña y la tendió en el cochecito. Fue a su habitación, se echó perfume y se adornó con una sonrisa, la de “no pasa nada” o “mírame, que feliz soy”. Después de tantos años fingiendo, le iba a costar dejar la costumbre de ponerse una coraza para enfrentarse a la vida.

 

 

 

 

 

 
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martes, 6 de mayo de 2014

SER DIFERENTE SE PAGA CARO



   Alan Turing. Nació el 23 de Junio de 1912 en Londres y murió el 23 de Junio de 1954.Durante la Segunda Guerra Mundial, trabajó en descifrar los códigos nazis, particularmente los de la máquina Enigma; durante un tiempo fue el director de la sección Naval Enigma del Bletchley Park. Tras la guerra diseñó uno de los primeros computadores electrónicos programables digitales en el Laboratorio Nacional de Física del Reino Unido y poco tiempo después construyó otra de las primeras máquinas en la Universidad de Mánchester.

Fue condenado por homosexual a 61 años de cárcel, castrado químicamente y terminó suicidándose a la edad de 42 años con cianuro. Ahora, 59 años después, la reina lo ha indultado.

Esto es vergonzoso. Vergüenza, shame, honte, scham, cpam, 耻辱, rusine,позор, skam. Vergüenza en diferentes idiomas, indignante y reprochable. Un hombre sin el cual no se hubiera ganado la 2ª Guerra Mundial, con una mente brillante, inteligente, ser humano especial, de los que nacen pocos. Y ¿qué vieron los gobernantes de la época?, con quién se acostaba o a quien amaba.

¿A quién amaban los jueces que lo juzgaron y condenaron?, ¿con quién se acostaban los policías que lo detuvieron, los legisladores que crearon la ley que lo condenó y los médicos que lo castraron?. ¿Les preguntó alguien si eran pervertidos o infieles? porque seguramente más de uno lo sería. Alan sólo era homosexual, amaba a las personas de su mismo sexo.

¿Dónde estaban sus derechos hace 60 años?, ¿y actualmente?

Alemania 2013: La canciller alemana Ángela Merkel rechaza permitir la adopción de niños por parejas del mismo sexo, por “el bienestar del niño”.

Australia 2013: Anulada la ley que permitía el casamiento entre personas del mismo sexo en el territorio de la Capital Australiana por ser contraria a la constitución.

India 2013: Se penaliza la homosexualidad, en concreto se penaliza “ el sexo en contra del orden natural” ¿qué significará para ellos esto si todavía tienen organizada la sociedad en función de “castas”, que denigran a las personas y las condenan eternamente?

Croacia 2013: Realizan una consulta popular y rechazan la posibilidad de matrimonio entre los homosexuales.

Rusia 2013: Vladimir Putin promulga una serie de leyes lesivas y discriminatorias para los gays, alentando así el ya clima de hostilidad que reina entre la mayoría de población hacia las personas homosexuales.

Francia 2013: El Tribunal Constitucional avala el matrimonio homosexual, aunque reina una fuerte oposición que se ha manifestado en revueltas y manifestaciones.

España 2013: Las personas del mismo sexo se pueden casar y tener hijos. Tienen los mismos derechos que los heterosexuales.

Pero dejémonos de formulismos, ¿a quién le importa con quien nos acostamos o que deseos, orientaciones, necesidades o inclinaciones sexuales tengamos?. Porque si importara, todos tendríamos que sacarlas a la luz, o ¿sólo los homosexuales tienen que mostrar su orientación?; porque si todos somos iguales, todos tendríamos que mostrarla.

Quizás el carnet de identidad también debería llevar un apartado identificativo de la orientación sexual y, ya puestos, porque no, de la religión. Y así nos cargamos el Capítulo Segundo,  Sección 1ª de la Constitución (de los Derechos Fundamentales) y también la Declaración de Derechos Humanos.

Homosexual o heterosexual, ¿quiénes se han creído que son los gobernantes para decidir la intimidad de una persona, ya sea de una orientación u otra?

¿Quién es la Iglesia, el Gobierno o los legisladores?...son personas, igual que nosotros; nacieron y fueron niños, igual que nosotros; lloraron y tuvieron miedo, rieron y jugaron, como nosotros. Estudiaron, trabajaron, desearon, se equivocaron, amaron, igual que nosotros. Les dieron una oportunidad para gobernar países y olvidaron que todos somos iguales, seres humanos con derecho a decidir sobre nuestra vida privada, sobre nuestra capacidad de amar, a la pareja, a los hijos, a la familia.

Porque cuando hablamos de familia, la palabra básica y el sentimiento pilar es amor.

La Iglesia y sectores más tradicionales, rechazan la homosexualidad considerándolo un acto contrario a los principios ¿de cuales estamos hablando?

¿No sería un acto contrario a Dios, si permitimos que la sociedad en general, ya no de este país, sino de cualquiera con el que tengamos relación, discrimine y persiga a un ser humano, tan sólo por ser diferente?

¿No es Dios, paz y amor en todas sus vertientes?

Entonces, serían ellos los que estarían violando los principios morales de la cristiandad, sobretodo el más importante:“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Pues hay un buen número de personas que deben amarse muy poco, tanto que se odian a sí mismas y a los demás.

Y es que condenar, ya sea moralmente o legalmente, a seres humanos por su inclinación sexual, es tan denigrante para el país y la sociedad que lo hace, que la vuelve inhumana.

Así digo, si queremos que sepan las orientaciones, saquémoslas todos a la luz, incluidos los gobernantes y los miembros de la Iglesia. De esta manera no habría homo ni heterosexuales, seríamos todos iguales, ¿o sólo practican sexo los homosexuales?....

¿Qué hemos hecho con nuestra humanidad? ¿se ha quedado detrás de las tablets, ordenadores, infraestructuras modernas e imposibles, de los millones de mails que se reciben diariamente con información que no podemos asimilar?

¿Cómo puede avanzar el cerebro si nos olvidamos del corazón?

Por ello, con humildad, en la quietud de espíritu, sin nada que me perturbe, despojando el alma de cualquier superficialidad y confensionalismo, me siento Alan Turing; y no por su sexualidad, sino porque es ser humano y yo también. Y esto nos une más que cualquier otra cosa.