sábado, 1 de febrero de 2014

HISTORIA DE CUATRO MUJERES.



 Verano

2ª PARTE   

El 10 de Julio llegó en un abrir y cerrar de ojos. Esa noche llovió y una tormenta arrasó el pueblo. La humedad se pegaba a la piel, a los muebles y a la vida.

-Me pesa el alma-dijo Marion a su marido-, tengo miedo.

Carlos, aún con los ojos cerrados, le puso su mano en el vientre y sonrió.

-Todo saldrá bien, no te preocupes. Hacen cientos de operaciones todos los días.

Ella siguió sentada en la cama, todavía faltaban tres horas para que tuvieran que estar en el hospital. Se había despertado sin dolor alguno y eso era extraño. Él se levantó despacio, Marion lo observó mientras hacía sus ejercicios de estiramiento en la alfombra, desnudo. Aún conservaba su delgadez , ni un solo kilo de más.  Su musculatura le hacía parecer un chaval de 23 años y, a veces, le provocaba situaciones confusas con chicas jóvenes, de las que ella se reía y que a él no le hacían ni pizca de gracia.

Lo miró con deseo, pero también con envidia. Su cuerpo sí que se había resentido, tanto dolor le había provocado dejadez. Ahora tenía celulitis en las piernas y los brazos habían perdido su elasticidad. Pero él la amaba, eso estaba segura. Sonrió mientras Carlos le hablaba sin parar, haciendo posturas imposibles para ella.

-Algún día las harás tú también- le dijo.

Marion se desperezó en la cama abrazándose a la almohada.

-¡Lo dudo!-exclamó- nunca tendré tu elasticidad.

Se levantó despacio y se dirigió a la cocina. Le hizo café y tostadas. Él la siguió e intentó impedírselo.

-¿Qué haces Marion?, ya te he dicho que no comeré nada hasta que tú no lo hagas.

-Tienes que comer, Carlos, por favor, déjame hacerlo.

Él sonrió, seguía desnudo, y la dejó terminar el desayuno.

Mientras él lo comía, ella se vistió. Nada de perfumes ni de cremas, le habían dicho, ven en ayunas. Eso no sería problema, ya hacía varios meses que no se arreglaba, su cabello estaba descuidado y su tez pálida y apagada.

Cuando llegaron a la clínica, los nervios se habían apoderado de ella y las manos le sudaban sin parar. La condujeron a la habitación 112 y le pidieron que se cambiara, pronto vendrían por ella.

Aún no había terminado de hacerlo cuando los camilleros entraron y se la llevaron. Lo último que vio es a su marido alejarse por el pasillo, con las manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros y una sonrisa en el rostro. Después se percató de que era ella la que se alejaba. La perspectiva de que te muevan tendida es extraña-pensó-.

El quirófano era frio pero la mano del doctor Roberto estaba caliente y era cálida, pudo sentir su cariño a través de la piel, porque no la soltó hasta que estuvo dormida.

Cuando despertó, aún estaba en el quirófano, pero se estaba moviendo, los camilleros la llevaban de nuevo a la habitación. El doctor le acarició el hombro:

-Todo ha salido bien-le dijo-, cuando se le haya pasado los efectos de la anestesia, subiré a hablar con los dos.

Y todo lo decía sonriendo, como si no pasara nada y fuera de lo más normal. Pero Marion no estaba capacitada para preguntar ni retener nada, porque la droga la mantenía en una nube irreal.

Carlos la esperaba paciente y la besó en la frente en cuanto llegó. Pasó dormida casi todo el día y cuando se despertó, el doctor Roberto y su marido estaban hablando. La miraron extrañados.

-Bueno, ya se ha despertado, ¿cómo se encuentra?

Marion intentó mover las piernas con dificultad pero el dolor se le hacía insoportable.

-No se preocupe, es normal. Le pondremos más analgésicos.

Su marido le cogió la mano y ella sintió que algo no había ido bien.

-Tenía más extendida la endometriosis de lo que esperábamos-don Roberto estaba serio-y le hemos tenido que extirpar los dos ovarios y el útero.

El dolor le impedía pensar con claridad pero no afectaba a su comprensión.

-¿Cómo?-exclamó-¿no ha podido salvar nada?

Estaba enfadada y dolorida, dolorida y enfadada. Deseaba salir corriendo pero su cuerpo no respondió.

-Tranquila, Marion-don Roberto la sujetó por los hombros-. Ya se lo he explicado a su marido, mañana estará mejor y le daré detalles. Era lo mejor que podíamos hacer. Pero está limpia y ya no sufrirá más.

Se fue de la habitación, no sin antes inyectarle otra dosis de calmantes. Adiós a los hijos que pensaban tener, a los embarazos que deseaba con tantas ganas, a la familia numerosa y a las risas de chiquillos que soñaba correteando por el jardín de su casa.

Se volvió a dormir, esta vez voluntariamente y no porque estuviera sedada, no quería pensar más.

A la mañana siguiente, los rayos de sol que entraban por la ventana la despertaron. Ya no tenía dolor intenso y Carlos dormía sentado en una butaca, con la cabeza apoyada en la cama. Ella le acarició el cabello y se levantó para ir al aseo. No quería despertarlo, así que cogió el gotero y andó doblada hasta el servicio, dónde pudo ver la cicatriz, pequeña, ahí sí que había hecho un buen trabajo. Tenía buen color de piel, pero sus ovarios no estaban. No se sentía menos mujer por ello,  pero siempre había soñado con una gran familia; desde que su madre la abandonó a los cinco años. Se crió entre casas de acogida, en las que no consiguió asentarse. Siempre se había sentido desplazada y ajena a lo que significaba tener a personas que la necesitaran. Hasta que conoció a Carlos y lo convirtió en su refugio, en su amor, con el que formaría la familia que nunca tuvo. Pero ahora ese futuro se había truncado. Se miró al espejo, los lagrimones corriendo por sus mejillas, la mano agarrada al gotero y después, nada, cayó al suelo o se dejó caer, abandonando su cuerpo.

Una voz sonaba lejos, -vuelve Marion-le decía, pero ella flotaba en un mundo de luz del que no quería salir.  La voz seguía- vuelve Marion, por favor-, y algo se reactivó en su mente; era la voz de su marido, también la de una niña. Sí, la podía distinguir- vuelve, por favor-. Cerró los ojos y volvió, de nuevo Carlos y don Roberto, preocupados y aliviados al mismo tiempo.

-Has tenido una bajada de tensión-le comentó-pero te hemos recuperado.

Miró a su marido, tenía los ojos enrojecidos.

-¿Por qué? ¡creí que te perdía!, me moriría si eso ocurriera. ¡No me dejes nunca más!

Marion sonrió mientras le acariciaba la mano que no soltaba.

-He vuelto Carlos, no volverá a pasar.

Así pasó su convalecencia en el hospital. Su humor cambió de la noche a la mañana. Se recuperó tan rápido que hasta los médicos se extrañaron, en una semana estaba en casa.

-Es muy fuerte- le comentaban las enfermeras.

Su marido celebraba con cada amigo que venía su recuperación, como si le hubiera tocado la lotería. Pero ella sabía que había vuelto, no sólo por él, sino por una niña que no sabia cómo ni cuando, pero que la estaba esperando. Y esa semilla se implantó en su alma para crecer cada vez más.

Así pasaron las semanas. Su figura se recuperó, se apuntó de nuevo al gimnasio, le habían recomendado hacer ejercicio suave. Al mes hacía el amor sin dolor y eso era maravilloso.

En Septiembre, le tocaba la segunda revisión desde que se operó. Todo marchaba bien, en las ecografías no había nada, ni bueno ni malo. Era un canal cerrado y sellado. Ahora están tan claras- pensó-. Antes, las imágenes estaban tan llenas de manchas oscuras que no podía identificar por más que se lo explicaran- que si esto es el ovario o un quiste, o una masa tumoral.

Ahora todo era claro, porque distinguía un pasillo y nada más. Era más fácil.

En cuanto salió de la consulta, pensó en la mujer que había conocido en la sala de espera, María, de la que tanto había leído. Le gustaban sus artículos y la frescura con la que los desarrollaba. La seguía incluso, cuando acudía a alguna tertulia en la televisión. ¡Qué sorpresa haberla encontrado allí!.

Pensó en la niña que la trajo desde el otro mundo y buscó la tarjeta que le había dado. Sería el destino, pensó, y marcó.

Tres, cuatro, cinco tonos y nada. Cuando ya iba a colgar, su voz sonó al otro lado, rodeada de sonidos que no pudo identificar.

-¿Diga?

Marion quedó callada unos segundos, pensando en lo que decir. Después de todo, no la conocía y no sabía hasta que punto podía ayudarla.

-¿Hola?

-Hola María, soy Marion, ¿te acuerdas? , de la consulta del ginecólogo.

Un silencio y después:

-Sí, es verdad, me acuerdo, de la cerveza que prometimos tomar juntas algún día.

Sintió como reía a través del altavoz, ella estaba conduciendo.

-¿Te encuentras bien?, ¿necesitas algo?

-Si, por eso te llamaba. Perdona que sea tan precipitado, me tomarás por una desesperada, pero dijiste que me podrías ayudar con la adopción.

María aparcó en doble fila, en una calle poco transitada. Aunque el médico le había prohibido coger el coche, algunas tardes lo utilizaba en trayectos cortos, para hacer las compras.

-Espera, aparco y te atiendo mejor, no quiero tener un accidente con mi estado-bromeó.

Resopló en el asiento y tomó un poco de agua, echándose el resto de la botella por el escote. Estaba empapada en sudor-será el embarazo-pensó-después de todo somos dos personas tirando del mismo cuerpo.

Y ahora aquella mujer, ya no se acordaba siquiera que le había dado la tarjeta. Era su impulsividad de la que muchas veces se arrepentía.

-Sí, si Marion. Es verdad, me acuerdo. ¿Quieres que te ponga en contacto?

-Me harías un gran favor, no sé como empezar todo esto.

María sacó su agenda, todavía utilizaba una de esas de papel y forrada en piel, que llenaba de todo tipo de anotaciones y fotos de su numerosa familia.

-Voy a hablar con ella y te llamo en una semana. Quedaríamos para tomar café y te informaría en persona, ¿que te parece?

Sintió un pequeño alarido al otro lado del teléfono, que interpretó como un grito de alegría.

-Si, sí, estupendo. Espero tu llamada, estoy muy ilusionada.

Se despidieron con un beso, como si se conocieran de toda la vida. Marion volvió a su casa, a meditar y tomar una copa de buen vino. Sabía que debía celebrarlo, pero lo pensó mejor y se metió en la ducha, quería hacerlo con su marido. Lo invitaría a cenar, tenían mucho de lo que hablar.

María volvió a resoplar y se puso en marcha. Tenía mucho que concretar para su entrevista y sabía que esa noche no dormiría bien, Celia no paraba de darle patadas y moverse. Le habían asegurado que era niña.

-Otra-le había dicho su madre, apenas sin emocionarse. Eran todo mujeres, sus hermanas y ella, desde que su padre murió. Ningún hombre más había cuajado en sus vidas desde entonces. Todas permanecían solteras y muy, muy unidas.

Pensó en Marion y en su deseo de tener hijos. En cuanto llegó a casa, apuntó en la agenda del día siguiente: hablar con Mercedes.


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HISTORIA DE CUATRO MUJERES



OTOÑO
1ª PARTE

-Qué rápido pasa el tiempo-exclamó María, mientras pasaba su mano por el abultado vientre. Se sentía satisfecha consigo misma. Era hermosa y decidida. Tenía un buen trabajo y, en principio, no necesitaba a nadie más para ser feliz.

El embarazo le había cogido desprevenida. No era su intención tener hijos, pero ahí estaba. No tomó la decisión en las primeras semanas y ahora crecía fuerte en su interior.

-Eres un pequeño torito- pensó.

Su novio, un hombre demasiado ocupado para pensar en nadie que no fuera él mismo, ni siquiera se emocionó. María sabía que si lo tenía, sería sólo para ella. No le importaba, ahora eran uno solo y no necesitarían a nadie más.

Eran las ocho de la mañana y se encontraba en la cocina, bebiendo un té y tomando galletas. Miraba extasiada revistas de bebés. En cuestión de semanas había pasado de revistas de moda a las de maternidad. Había sido una transición natural. Y eso no significaba que dejara de importarle lo que ocurriera en el mundo. Era periodista, sabía muy bien el mundo que le esperaba y lo que habría de luchar. Sabía que su empleo no era fijo, pero ella se encargaría de darle estabilidad. ¿Sus viajes a sitios conflictivos?, los dejaría atrás durante un tiempo. No podía meterse en el campo de batalla de Afganistán con una barriga de diez kilos. Si tuvieran que huir, sería blanco seguro.

 Nunca había tenido los pies tan hinchados y andaba con las piernas abiertas porque los muslos le habían engordado demasiado.

Sonó el teléfono en el mismo instante que intentaba agacharse para recoger la ropa desperdigada por la habitación. Tengo que ser más ordenada a partir de ahora-pensó.

-¿Si?

Sonó una voz ruda al otro lado del teléfono.

-¿María? llevamos esperando veinte minutos, ¿no recuerdas la reunión?

Ella se llevó las manos a la cabeza, ¡Dios, la había olvidado!. Era Valentín, el jefe de redacción, un hombre basto, de manos anchas y corazón de oro.

-¿María, estás ahí?

-Sí, si. Ya voy, no tardo ni diez minutos-la comodidad de vivir a sólo dos calles del periódico.

-Pues ya te puedes ir dando prisa o me presentaré en tu casa. Y sabes que soy capaz. Les diré que estás en el médico o yo que sé. Pero date prisa.

María colgó, tiró la ropa en la cama y se puso el peto vaquero con una camiseta a rallas. Desde que había llegado al quinto mes de embarazo, sólo usaba eso, porque era lo único que le permitía estar cómoda.  Pero sí intercambiaba las camisetas. Las tenía de todos los colores.

Se cepilló el largo pelo, le llegaba a la cintura, y se puso una felpa. Se embadurnó de agua de colonia y cogió su portátil.

Era septiembre, pero aún hacía calor. Comenzó a sudar en cuanto salió del portal. Sólo serían dos calles. Eso era Madrid, nueve meses de invierno y tres de infierno. Es lo que dice el refrán. Pero estaban en otoño y aún no corría brisa fresca, ni siquiera por las noches.

Cuando llegó a la redacción, los pies le sudaban dentro de las zapatillas de lona y tuvo que ir a orinar. De paso sacó de nuevo la colonia y se refrescó las piernas y las axilas.

Avanzó por el pasillo saludando a las compañeras.

-Qué guapa, María.

-Uff como se te nota.

Le decían unos y otros.

Ella sonreía- envidia- pensaba. Porque Valentín la mantenía en su puesto a pesar de todo. Y era el más codiciado de todos. Le permitía viajar y tenía todas las concesiones.  Y , aunque hacía un mes que ya no viajaba y podía trabajar desde casa, le había mantenido el sueldo.

En la reunión se repartieron las tareas y se informó del nuevo procedimiento para la entrega de artículos. A ella le asignaron una entrevista con el embajador de Arabia Saudí. No protestó, sabía que no podía hacer nada más.

Cuando hubieron terminado, Valentín la hizo esperar.

-Tenemos que hablar-le dijo mientras cerraba la puerta.

María estaba sentada con los pies apoyados en un taburete. Él se acercó despacio y le masajeó los hombros:

-¿Te encuentras bien, María?

Ésta se limitó a resoplar.

-Bueno, ya sabes como es. Te lo digo porque Marga ha tenido cuatro, pronto pasará.

María lo miró con ternura. Él se había sentado en la silla de enfrente y se rascaba la barba, las canas habían anidado en ella en cuestión de meses.

-Ya lo sé papá-  Y no porque fuera su padre, pero lo sentía como tal. Había cuidado de ella desde que llegó el primer día, hace 10 años, con una beca y muchas ilusiones.

-Sólo te digo que tengas paciencia. Te conozco y ahora estás feliz, pero comenzarás a impacientarte. La vida de un periodista de guerra es muy agitada y ahora debes estar tranquila.

Tomo un sorbo del café ya frío y le señaló el vientre.

-¿Cuándo tienes que ir al médico?

Ella sonrió, tenía manchados los dientes del té de la mañana, pero aún así, estaba preciosa. Ya no se cuidaba tanto como antes, pero tenía una belleza natural que no necesitaba más.

-¿El ginecólogo?, esta tarde, a las cinco.

-Pues esta vez no faltarás a la cita.

María asintió, faltó la última vez. Debía entregar un trabajo y no tenía tiempo. Después, como se encontraba bien, no volvió a ir. Después de todo, las mujeres siempre han tenido niños sin ir tanto al médico y la mayoría de las veces no ha ocurrido nada. Eso es lo que le decía su madre, que no confiaba en los médicos por una absurda adversión. De pequeña le diagnosticaron mal una alergia y estuvo muy enferma durante un tiempo.  Eran otros tiempos, le decía María insistente, ahora hay muchos más adelantos. Pero su madre se había quedado atrás, lo sabía. Y el día que pisara un hospital sería el de su parto y porque no tendría más remedio.

-Bueno, Valentín. Sé que me quieres mucho, pero sé cuidarme sola- Se levantó despacio.

-¿Tienes con quien ir? ¿te puedo acompañar?

Ella negó con la cabeza mientras abría la puerta. Ella sola se bastaba, no necesitaba a nadie más.

Pero en una cosa sí tenía razón Valentín, echaba de menos la adrenalina de su trabajo en los campos de batalla. El olor a pólvora, a miedo y la necesidad de hablar por los demás, por lo que no tienen voz en ciertas esferas a la que ella sí podía llegar.

Volvió a su casa andando, tranquila, ya no tenía prisa. Eran las 12:30 y tenía hambre. Las calles y terrazas estaban llenas de gente que pululaba de aquí para allá. –Si es que parece que no estamos en crisis- pensó. Todos parecían felices y tranquilos. Un grupo de músicos callejeros tocaba el violín y atraían la atención por su perfección y armonía. Ella tampoco se pudo resistir.

Una súbita alegría la invadió. No tenía ganas de ir a casa. Daría una vuelta por el centro y haría tiempo hasta la hora del ginecólogo.

Cogió un taxi y fue hasta la Puerta de Sol. Estaba llena, como siempre. Las estatuas vivientes la saludaron esperando alguna moneda, pero ella ya las había visto demasiada veces. Eran verdaderos artistas, pero ahora sólo impresionaban a los extranjeros.

Llegó hasta la cafetería La Mallorquina y accedió a empujones hasta la planta superior, desde dónde se podía divisar la calle Mayor. El olor a dulces y café lo invadía todo. El obrador está situado en el mismo edificio y pudo ver, al subir, como sacaban ensaimadas y terminaban de preparar las bambas de nata, sus preferidas.

Se sentó en la mesa con mejores vistas, con su mantelito azul y blanco. Se pidió la bamba y un descafeinado.

Esbozó algunas notas sobre su futura entrevista e hizo algunas llamadas. Cuando miró el reloj, ya era tarde. Si no se daba prisa, tendría que esperar a ser atendida la última y la consulta estaba fuera de Madrid.

Volvió a coger un taxi.

-A la Clínica Valle, por favor.

La mujer de Valentín se había empeñado en que fuera a esta clínica, porque  el médico era el que la había llevado en sus cuatro partos.

Tras media hora de carrera, llegaron. Todavía no eran las cinco, menos mal-resopló María-.

En la recepción una sonriente enfermera la hizo esperar, así que se volvió a sentar. Últimamente pasaba más tiempo sentada que de pie y eso no podría ser bueno. Cogió una revista de cotilleos y comenzó a ojearla sin percatarse de que otra mujer la miraba desde la otra punta de la habitación.

Pero el embarazo da ciertos poderes, porque lo intuyó, levantó la cabeza y sus miradas se encontraron. La mujer se acercó y se sentó a su lado.

-Perdone que la moleste. ¿Es usted María Salcedo?

-Sí, ¿por qué?

La mujer sonrió, era rubia y delgada, con ojos verdes y un nerviosismo contagioso.

-Disculpe, pero he leído todos sus artículos. Vi su foto en una revista y no podía creer que fuera usted cuando la he visto entrar.
 

María sonrió.

-Pues sí, ya ve. Soy de carne y hueso- Y se acarició suavemente el vientre.

-¿De cuanto está?

-De cinco meses-respondió María.

La mujer volvió a sonreír, esta vez tristemente y se recostó en el sillón mirando el techo.

-¿Está bien?

-Sí, si. No se preocupe. Es que hace meses yo también hubiera deseado tener niños.

María soltó la revista y la miró fijamente. El pasar demasiado tiempo entrevistando le había otorgado la paciencia de escuchar. Y aquella mujer lo necesitaba.

-¿Por qué no los tuvo?

La mujer la miró también a ella y sus ojos se enrojecieron.

-Me tuvieron que operar y ahora no tengo ovarios, ni útero.

Sus manos se revolvían nerviosas y María sintió la necesidad de cogérselas.

La mujer la miró agradecida, aún con lágrimas en los ojos.

-Tenía una endometriosis que no me pudieron detectar a tiempo. Eso mató toda la esperanza de poder tener hijos. Ahora tengo una menopausia prematura y, bueno, vengo a la segunda revisión desde que me operaron.

María asintió.

-¿Hace mucho que la operaron?

-En Julio, el diez.

Intentaba pensar en algo que la consolara. Para ella no era importante la maternidad, aunque ahora fuera a ser madre. No es que fuera un error, pero podía vivir sin ello perfectamente.

El día diez, fue el que discutió con su novio. Por la noche lo echó de casa. Ya no aguantaba más sus desplantes y sus desprecios. Que si ahora engordarás, que si no te cuidas igual que antes, que cómo iban a criar a un hijo;  él desde luego, no renunciaría a la vida que llevaba. Le había dejado bastante claro que el problema era de ella y él no quería saber nada.

-Si le hace mucha ilusión, siempre queda la adopción.

La mujer había dejado de llorar, pero seguían con las manos cogidas.

-Sí, eso habíamos pensado, pero el proceso es largo. No sé, espero animarme y comenzar a moverme un poco. Ni siquiera sé lo que debo hacer.

María se acordó de la agencia de adopción a la que entrevistó el mes pasado, parecían legales y tenía confianza con la directora.

-Mire, le voy a dar mi tarjeta. Llámeme en dos días, creo que la puedo ayudar. Tengo una amiga en una agencia de adopciones.

La mujer se llevó las manos al rostro, emocionada.

-¡Cuánto te lo agradezco!. Ni me había atrevido a dar el paso.

Después volvió a recostarse en el sofá, echando su cabeza hacia atrás.

-¡No sabe cuanto daría por una cerveza!

María sonrió.

-Y yo.

-Es verdad. Lo siento. Había olvidado tu estado.

Y rieron juntas, con picardía y de corazón. Como dos grandes amigas que no necesitan palabras para entender, tan sólo una mirada.

En ese momento la enfermera se acercó a María.

-El doctor Roberto la espera, acompáñeme.

Se despidió de la mujer mientras se alejaba, pero se volvió a medio camino.

-Disculpa, pero ¿cómo te llamas?, tanto hablar y se me había olvidado preguntártelo.

-Marion, me llamo Marion.

-No se me olvidará, tienes mi número. Llámame.

Cuando ya iba a entrar en la consulta, Marion asomó su rubia cabellera por el pasillo.

-Algún día tomaremos esa cerveza juntas.

María sonrió. Sí, algún día-pensó.

 

 

 

HISTORIA DE CUATRO MUJERES

 
Desde hoy y durante cuatro semanas, voy a publicar un relato, donde las protagonistas son cuatro mujeres, con mucho en común aunque ellas no lo sepan. Cada relato estará dividido en capítulos y  tiene el nombre de una estación. Con ellos intentaré transmitir amor, compasión, dolor también y sobretodo, esperanza . Espero que les guste y agradecería mucho sus comentarios, porque hablaré de temas con los que muchas se puedan sentir identificadas.


VERANO.

1ª PARTE.

Aquel día Marion se levantó temprano, no serían ni las ocho, pero el médico no esperaría si llegaba tarde, después de todo, le había hecho un favor. Si no acudía hoy antes de las nueve, no podrían atenderla hasta dentro de dos semanas y era el único ginecólogo competente que había en 100 km.

Se levantó despacio, sin movimientos bruscos que pudieran despertar a las bestia, como ella la llamaba. Era ese dolor insoportable que se clavaba en sus entrañas hasta hacerle perder el conocimiento. Agujas finas que se movían como pequeños insectos que la roían por dentro.

Había momentos de paz, pero últimamente, bastaba un giro de cintura o estar de pie demasiado tiempo, para despertarla.

No se miró siquiera al espejo, a tientas buscó los pantalones que había dejado en los pies de la cama y la camiseta que había cogido prestada a su marido. Y no por que fuera bonita, sino porque era lo suficientemente holgada para poder ir a gusto.

Se atusó el cabello, aún estaba limpio aunque hacía tres días que no se lo lavaba. Se pasó los dedos intentado recogerlo en un pequeño moño. Se refrescó con agua el rostro y, por unos segundos, se pudo observar. Tenía profundas ojeras, más acentuadas por sus ojos grises, y la piel estaba pálida. Su cabello rubio natural estaba opaco. Hacía meses que no se preocupaba de su aspecto porque se encontraba mal la mayor parte del tiempo y, cuando se reponía, aunque sea por unos días, pedía el alta para poder aparecer por el trabajo y asegurarse de que no la despidieran.

Bebió una infusión de manzanilla que su marido le había dejado preparada y cogió las llaves del coche.

-Qué bueno es- pensó Marión. Hacía meses que no tenían relaciones, pero lo soportaba estoicamente- estaré contigo siempre-le había dicho una y otra vez. Ella sabía que así sería, pero sufría por no poder llevar una vida sexual normal.

Se puso en marcha, no sin antes tomarse dos analgésicos, de los más fuertes que había encontrado, por si acaso.

El sol le martilleó el cerebro- demasiado tiempo sin salir-pensó. Puso el aire acondicionado al máximo. En días como aquellos, incluso pensaba en morir, pero pronto se recomponía de sus propias cenizas, de su propio dolor, para querer vivir de nuevo. A veces, ya sea fruto de las pastillas o de la propia enfermedad, veía la realidad con una luz especial, tan bella y hermosa que la hacía llorar. Sonreía, sonreía siempre, porque había leído que liberaba endorfinas y estas servían para combatir el dolor. Sin embargo, tanta sonrisa le había servido también para liberar su mente. Había pasado del cabreo a un estado de alucinación permanente.

Cuando llegó al consultorio, aún no había llegado don Roberto, así que sentó y esperó, con la mano puesta en el vientre y rezando para que el dolor siguiera dormido. Se acariciaba como si estuviera embarazada. La enfermera la miraba y sonreía. Que equivocada estaba-pensó Marión- mientras sentía que la bestia comenzaba de nuevo a despertar.

Cuando la llamaron por le altavoz, las lágrimas ya asomaban por sus mejillas. El doctor se limitó a mirarla con preocupación y ella a contarle lo mismo de todos los meses. Los dolores y calambres no cesaban, y ahora, además le duraban más días, a veces, incluso todo el mes.

Le hizo una ecografía en la que sólo podía ver masas informes-tienes varios tumores- le dijo, tenemos que operarte de inmediato.

-¿Tumores? ¿Y ahora lo ve?, llevo meses con esto.
-Lo siento-se limitó a decir don Roberto- en las imágenes no se veía con claridad.

 Era un hombre joven, moreno como el azabache y le hablaba con dulzura, pero eso no le servía.

-No se preocupe, seguramente será benigno o endometriosis, pero mientras antes la operemos mejor.

-¿Endometriosis?-era la primera vez que Marion oía esa palabra.

Don Roberto se limitó a no darle importancia, indicándole que
sería la mejor opción si la tuviera, porque podrían quitársela y tratarla.

-Es endometrio que crece fuera del útero. No es mortal pero sí muy doloroso.

En diez segundos le rellenó los partes del preoperatorio y la dirigió a la enfermera. Esta ya no la miraba con una sonrisa, sino compasivamente. En diez días tendría todas las pruebas, la operación se concretó para el 10 de Julio.
Volvió a casa anonadada y desesperada por no haber preguntado más-¿para qué existe internet?- pensó.
Lo que obtuvo de la red no le gustó, hablaban de infertilidad y daños en el intestino o la vejiga.
Siempre había querido ser madre, pero nunca lo había conseguido. Había tenido dos abortos y nunca habían puesto medios, pero ahora sería aún peor. Tenía 40 años y estaba al límite. Si no conseguían sus ovarios superar la operación, ya no podría.

Se hizo un café y volvió a tomarse un tercer analgésico. Combinaba varios para que efecto fuera aún mayor. Hizo una comida frugal, un sándwich de queso y atún. Se recostó en el sofá viendo la ruleta de la fortuna y esperó a que su marido llegara.

Éste la despertó con un beso, como siempre. Ella se abrazó a él desesperada y se lo contó todo, su operación, su miedo a no poder superarla y la posibilidad de no tener hijos.

-Yo no necesito hijos, contigo me basta y me sobra.
Y, como si nada, se dirigió a la cocina a recalentarse el plato del día anterior.
Marión siguió viendo la tele, triste y confusa. Triste porque un deseo tan largamente perseguido no se haría realidad, confusa porque esperaba otra reacción por parte de su marido, más indignación. Sin embargo, estaba feliz y dichoso, como si le hubiera tocado la lotería.

-No te preocupes, Marion, todo saldrá bien-le dijo mientras se llenaba la boca de puré de lentejas-. Lo de los niños no es importante, lo principal eres tú, que te puedas recuperar y llevar una vida normal.

Ella sonrió y agradeció a Dios que hubiera puesto en su camino a persona tan buena, tan generosa y tan llena de amor.
Vieron juntos el Telediario y después descansaron un rato. Estaban a 40º y Carlos no tendría que volver a la oficina hasta las seis.

sábado, 25 de enero de 2014

Mi historia con Bichito


 
 
 
 
 

Bichito nació un día cualquiera del mes de Marzo, seguramente lluvioso, porque ese año lo recuerdo húmedo. La encontré paseando con Kuky, mi perra, en una esquina del parque. Allí vive una colonia de gatos, a los que la gente normalmente respeta, algunos incluso cuida, llevándoles comida. Se puede decir que es una colonia feliz.

Esa tarde mi perra estaba bastante pesada, porque quiso salir antes de lo que la tenía acostumbrada. Insistió en tomar el camino contrario al parque, algo raro porque era su salida favorita, por la tardes al parque que hay al final de la avenida.

Pero ella siempre llevaba razón, los que tienen perros lo entenderán, y le hice caso.

-Hoy iremos por la calle principal-le dije-, por dónde sólo pasan coches- sé que me entendía.

Volví la mirada al llegar a la esquina, para observar a los gatos agrupados como comían y ella estaba allí, a mis pies, separada de los demás, blanca con rabito negro, tan pequeña que cabía en una mano.

Al principio pensé que era de una camada, pues había más gatitos de su edad, que correteaban alrededor de su mamá. Pero ella no, estaba sola y apartada, pero no asustada. Se acercó a mi pie, enrolló sus patas en el rabito negro, miró hacia mí e intentó maullar, pero no salió sonido alguno.

Su carita era una costra amarilla que le impedía ver, respirar y seguro que comer con normalidad. Supe que si no la cogía me arrepentiría, que no superaría una noche fría. Así que la envolví en la bufanda que llevaba y la subí a casa. La limpié con agua templada y le di de beber leche con miel. Esa noche durmió profundamente, pero yo no. Temía que muriera antes de que pudiera llevarla al veterinario al día siguiente.

Pero sobrevivió esa noche y muchas más. El veterinario no auguró buenos pronósticos para su salud, tuvo que tomar muchos antibióticos y expectorantes. Tuvo que soportar que le echara colirio cada cinco horas, para las llagas de los ojos, y tomar un jarabe para el intestino, que creí que la iba a deshidratar…pero sobrevivió.

Tardó en emitir sonidos seis meses y el día que lo hizo, habló. Llamé a mi marido para decirle:

-Habla, la gata habla.

El reía porque no lo creía, hasta que la oyó.

Emitía sonidos agudos y graves, bajos y altos, formando un lenguaje propio que todavía tiene.

Kuky, que siempre había sido una perrita más bien territorial, la aceptó de buen grado. Le permitía todo, que le atacara el rabo, que le mordiera las patas, que se tendiera en su cesta. Ella sabía que Bichito era de la familia antes que nosotros mismos. Porque los animales tienen un sexto sentido, y Kuky fue quién forjó su destino llevándonos hasta ella.

Ha destrozado cortinas en las que le gustaba enrollarse y ha mordido plantas hasta hacerlas desaparecer. Ha tirado jarrones y le gusta beber del grifo. Pero se instaló en nuestros corazones desde que entró.

Ya está mayor, tiene nueve años y convive con un PIV que ha conseguido no desarrollar. Es fuerte y sensible.

Ha pasado mis enfermedades y operaciones cuidándome. Cuando no pude moverme en quince días, ella se recostaba a mi lado para darme calor, en ningún momento se subió encima del vientre, dónde tenía los puntos. Bastaba que la empujara suavemente con la mano, para que lo entendiera. Y aunque hiciera calor y pudiera tenderse en la terraza como hacía siempre, venía para estar a mi lado, como si supiera que su energía me podía curar.

Creo que así era. Desde entonces es mi guía espiritual, así la llamo. Si tuviéramos un símil o guía en el mundo animal, que conociera todos nuestros problemas y supiera guiarnos, en el mío sería ella.

Se llama Bichito porque era un trasto de pequeñita. Ahora forma una parte tan grande de mí, que no me imagino la vida sin ella.
 Kuky se fue, en Febrero, ya estaba mayor y delicada. No sin antes dejarnos alguien en quien apoyarnos, que sabía llenaría el hueco que ella dejaría.

Ahora me siento en el sillón, con Bichito en mi regazo. Me mira a los ojos y maúlla, me habla. Hay momentos que la entiendo y otros no, pero los años de convivencia basta para mirarnos y saber.

A veces, solo a veces, veo que se esconde, como hacía antes y salta en un momento dado, alzando sus patitas al aire, como cuando jugaba con Kuky. Y es por eso que sé que está aquí, que a veces viene a visitarnos aunque nosotros no podamos verla; pero Bichito, ella sí que la ve. Y es que los animales están conectados al mundo espiritual de una forma que nosotros hemos perdido. Quizás pudiéramos recuperar esa conexión, si nos olvidáramos de todos los prejuicios, de la necesidades materiales que nos rodea y nos hemos creado sin necesitar.

Sólo tenemos que ver la sociedad que hemos construido, donde los animales no tienen cabida, a no ser que le demos un uso. O nos los comemos o los utilizamos para satisfacción personal. Cuando ellos ocupan un lugar y espacio, tanto físico y espiritual en el mundo. No nos tienen que pedir permiso para vivir. Somos nosotros los que tenemos que buscar una forma de convivir con ellos respetando su espacio.

Hemos creado ciudades de hormigón donde los perros y gatos molestan. Dicen que crean suciedad, que pueden morder o transmitir enfermedades. Y los desterramos. Se nos olvidó que la única dueña del mundo en el que vivimos es la Naturaleza y que ellos forman parte de ella, incluso antes que nosotros. No le hemos pedido permiso para matar, contaminar y destrozar, sin embargo lo hacemos.

Pero la Naturaleza es sabia y un día la balanza se equilibrará. Si no estamos preparados nos afectará.

Menos mal que todavía hay personas que luchan y hablan por la igualdad y respeto a los animales. Que hay seres humanos que son capaces de emocionarse y sacrificarse por ellos. Ellos cambiarán el mundo y hará que la Naturaleza nos mire con más ternura.

Porque somos iguales, ellos y nosotros. Nuestros animales no están aquí para ser nuestras mascotas, sino para guiarnos por el mundo que olvidamos.

Bichito es mi guía espiritual, supongo que muchos de vosotros tendréis la vuestra y sabréis a lo que me refiero.

La observo de cerca porque su edad me asusta y su enfermedad también. Ella lo sabe, viene, me lame y se restriega con mis piernas. Entonces sé que es un camino largo el que ha recorrido y muchas las cosas que me ha enseñado.

Soy feliz porque he sido una buena alumna y ella me ha recompensado.
Esta es mi historia con Bichito. Supongo que hay muchas historias pululando por el mundo. Historias llenas de alegrías y tristezas, sacrificios y recompensas, de reencuentros y abrazos, con animales especiales que cambian el mundo de quien los conoce. Y si todos los humanos pudieran vivir, tan sólo una de ellas, el mundo sería un lugar mejor.

 
 
 
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