viernes, 5 de diciembre de 2014

QUIERO SER PERRO




Se escabullen entre los cubos de basura, andan ágiles entre la gente, que pasea tratando de evitarlos. Ellos los miran desconfiados, pero siguen su camino. Olfatean cualquier rastro de posible comida. Son educados y no ladran cuando vienen al pueblo, saben que eso alertaría. Son grandes y pequeños, unos negros como el carbón, otros blancos como el algodón o moteados como un tigre. De color miel, con parche de pirata o sin cola. Son perros, son una manada, una familia y son libres.
Y así es como los vi la primera vez, de la mano de mi padre, que me había comprado una manzana de caramelo. Mi instinto me dijo que debía seguirlos, que tenía que conocer. No era curiosidad científica, era algo más. Una atracción sin precedentes que tiraba de mí. Quería marchar con ellos,
correr y rozarnos los hocicos, mientras abríamos los cubos de basura y compartíamos deshechos de comida. Anhelaba dormir acurrucada con ellos, sentir el calor de su piel, la respiración entrecortada. Sus patas moviéndose al ritmo de alguna pesadilla; algunos corrían, otros sonreían y el resto, simplemente, suspiraba. No había duda, tenían alma. Con cinco años, ya lo sabía. Pero mi padre tiró de mí en cuanto los vio, tratando de apartarme a su paso.

—No se sabe lo que pueden contagiar —dijo una mujer que, cesta en mano, ofrecía peladillas envuelta en una túnica, con las uñas más negras que había visto nunca.

—Eso es, es que deberían hacer algo —murmuró mi padre.

Desde entonces, ya supe lo que quería ser de mayor. Costumbre muy arraigada entre las familias, preguntar a niños que no levantaban un palmo del suelo:

—¡Que ricura! ¿y que quieres ser tú de mayor?

Mi hermana profesora, ya lo tenía definido. Aunque creo que esa afirmación se la dio mi madre, que veía con claridad que sólo dos trabajos podía tener una mujer, profesora o ama de casa. Y así lo comentaba habitualmente en la puerta del colegio, en la tienda de ultramarinos, en la pescadería o tomando café por las tardes con sus amigas. Por eso, a mi hermana no se le ocurrió otra cosa que decir, que lo que llevaba aprendido desde que tenía el poder de oír.

En cambio yo, con una sonrisa de oreja a oreja, mientras mi mente divagaba por mundos que serían imposibles de llegar a ver, respondía:

—Perro, quiero ser perro.

Esto provocaba carcajadas entre mis tíos y un azoramiento entre mis padres, que se miraban entre sí. Después, en casa, me echaban diversas charlas de porqué no podía ser un animal, de que debía ejercer una profesión. Que en un futuro tendría un perro y así me aliviaría esa ansia, pero que ahora, no debía decir esas cosas o me tacharían de loca y me tendrían que llevar al médico, donde me encerrarían por desquiciada.
¿Y que tenía de malo ser perro?, ¿no me decían, acaso, que poder ser cualquier cosa? Esto provocó en mí una gran confusión. Ellos, en su insistencia para que olvidara el asunto, decidieron que podía ser veterinaria.

—Así podrás estar con los animales y curarlos. ¿Qué te parece?, pero no puedes ser uno de ellos.

Y así quedó zanjado el asunto. Desde entonces, me ocupé de no expresar mi verdaderos sentimientos a mi familia, con la que cada día me sentía menos identificada. Mi comportamiento era ejemplar. En el colegio sacaba buenas notas, obedecía en todo, por lo menos en apariencia. Porque cuando llegaba la tarde y podía salir a jugar, durante dos horas, al campo cercano, lo dedicaba a buscar perros vagabundos. Era tal la necesidad que sentía de ellos, que me alejaba kilómetros sin saberlo y después me costaba la misma vida volver, siempre guiada por las luces de mi casa, que mi padre encendía bastante pronto, en aquel paraje desierto aún sin habitar. 

Vivíamos en un bloque de pisos, a las afueras de un pueblo pequeño, rodeados de campo salvaje y más allá, el cementerio. Mi madre se jactaba de que ellos fueron los primeros en habitarlo, que todos lo anhelaban; porque hasta ese momento, sólo había casas con patios enormes que había que arreglar, encalar, etc. Y el piso, aunque fuera pequeño y con habitaciones imposibles, representaba la modernidad y, sobretodo, el poco trabajo de mantenimiento.

—Mira —decía mi madre en el supermercado— son las once y media, y ya me veis, todo hecho. Si es que se barre en un periquete. Vamos, que hemos acertado con venir aquí.

Y lo decía tan convencida, cosa que ahora se reprocha, mientras las demás, monedero colocado adecuadamente debajo de la axila, asentían. Ellas se tenían que encargar de casas llenas de humedades, repasar los tejados y limpiar los sótanos repletos, a veces, de seres diminutos indeseados. Era todo un cometido y mi madre lo sabía, por eso se regodeaba.

Cuanto echa de menos ahora esos patios de azulejos sevillanos, adornados de geranios y cintas, esparragueras y costillas de adán, sobretodo en primavera y verano, cuando se podía sentar a tomar un café, mientras observaba como los pajarillos robaban las ramas secas.

Pero en aquellos años 70, todo era diferente. Estábamos a un paso de la modernidad, que no era sino lo que veíamos en la televisión. Y eso significaba alejarse todo lo que se pudiera del concepto de pueblo.

Pero me he desviado del asunto. En mi caso era el deseo de ser perro. No quería ser veterinaria, no quería ver sangre, ni curar. Quería estar con ellos, simplemente, como uno más.

Era una época donde los perros vivían en libertad, en manadas que recorrían los campos por la noche, cazando algún que otro conejo, o rebuscando entre la basura. Yo los seguía, observándolos con detenimiento. Ellos pendientes también de mí, expectantes y desconfiados. Aquellos minutos de visión me llevaban a otro espacio, tan diferente en el que vivía, hasta el punto de hacerme olvidar que era humana.

Un sábado, aburrido donde los haya, mi madre, después de haberme puesto el mejor vestido que tenía, me prohibió ir al campo. Debía estar impoluta . Eran días de gala, de salir por la calle principal, saludar a tus vecinos y sentarte en el único bar del pueblo con tu familia, a mirar como los demás hacían lo mismo. Eran días, donde las mujeres se ponían el collar de perlas y se hacían la permanente.
A mí, sin embargo, la ropa me picaba y los cuellos me apretaban. Con el ceño fruncido, aceptaba a regañadientes.

—Siéntate en la puerta pero no te vayas, que nosotros bajamos enseguida.

Y así debía permanecer, hasta que vi pasar uno de los míos. Su mirada denostaba miedo y me conmovió. Su color, canela. Las orejas largas, el cuerpo pequeño y algo regordete. 

—Este no es como los demás —pensé.

Lo perseguí dos calles y me adentré entre los matorrales hasta que lo pude coger. Le coloqué una cuerda al cuello y lo subí a casa. El animalito no dejaba de mirarme con susto, yo a él con
expectación. Iba a tener un compañero. Lo cuidaría, mimaría. Iría a recogerme a la salida de clase y correríamos juntos entre las margaritas, como Mellissa Gilbert en “La casa de la pradera”.
Pero en cuanto mi madre me vio por la mirilla, soltó una exclamación de horror, incitándome a dejar al animal en la calle.

—No sabe bajar las escaleras, mamá —le dije, aunque fuera absurdo. Yo tenía sólo seis años.

Pero chillidos se intercalaban con más alaridos y la puerta no se abrió. Lo tuve que soltar, con todo mi dolor, y dejar que se marchara, de nuevo asustado, con el rabito entre las patas. Ahora entiendo que era un animal abandonado, dócil y noble. Sin embargo, en aquel momento, no tuve miedo de que le pudiera pasar algo. Porque antes, los animales tenían una oportunidad. No se les perseguía y encerraba. No estaba bien definido el papel de la perrera, que sólo actuaba si algún vecino se quejaba de que le hubieran robado una gallina o roto el alambrado. Por lo demás, su salvajismo era casi tan enigmático como el de los lobos.


Ni que decir que aquel día no salimos y mi madre, frustrada por mi conducta, se dedicó a desinfectarme, rascándome tanto la piel con un estropajo , que estuve colorada una semana.
Y es que ella pensaba que cualquier animal podía transmitir una infección. De hecho, por animal englobo mamíferos, aves, insectos y demás. Pues difícil lo tenía si vivía en un pueblo donde las vacas pastaban alegremente al lado de casa. 

Los animales, las plantas que crecían sin control, todo era para mí más natural que las aceras o calles pavimentadas. De pequeñas, incluso, jugábamos a pasar entre las nubes de mosquitos que se formaban en la parte de atrás del bar. Era densa y zumbaba. No teníamos miedo, nunca pensamos que nos podrían picar. Formaban parte de la naturaleza, como los perros o los cardos borriqueros que se te clavaban en las piernas en verano.

Con el tiempo, resignada a no tener animales grandes, intenté tener algunos más pequeños. Y así, en una caja de zapatos, fui metiendo mariquitas, hormigas, grillos, etc. Les echaba de comer hojas de los árboles y restos de pan. La coloqué debajo de mi cama y cuando me iba al colegio, la dejaba detrás de una piedra, en la calle. No quería que mi madre la encontrara.
Pero lo hizo. El verano aún no había llegado, pero esa noche de Mayo hacía más calor que cualquier día de Agosto. El sueño se hacía imposible de tener y los cuerpos permanecían tendidos esperando que alguna brisa de aire entrara por la ventana. Mientras se abatían sobre ellos improvisados abanicos hechos de periódicos y dormíamos en ropa interior, un sonido parecido a un desgarro la alertó. 

—¡Cucarachas, cucarachas! —exclamaba con escobón en mano. 

Nos hizo levantarnos y buscar debajo de las sábanas, dentro de los armarios, en la despensa. Iba dando golpes en los quicios, esperando que los insectos salieran a su encuentro. Así, que antes de que terminaran debajo de las cerdas largas y cortantes, decidí tirar la caja por la ventana. Ésta se abrió y los insectos salieron volando unos, otros dando vueltas sobre sí mismos. Yo esperaba que el golpe no fuera demasiado para ellos. Pensaba que si no pesaban, no se espachurrarían contra el suelo, sino que se deslizarían sobre el él, como los aviones de papel.

—¿Qué haces? —mi madre me había descubierto —no te quedes como una pasmarota mirando por la ventana y ayúdame a buscar.

Amanecimos todos en el salón, exhaustos; toda la casa revuelta.

—Bueno —sentenció mi padre— seguro que se habrá ido. Vamos a dormir un poco.

Pero yo ya no pude, me habían quitado la única porción de naturaleza animal que había conseguido tener.
Pasaron los años y las vicisitudes se sucedieron unas con otras. Nunca olvidé mi esencia, que estaba ahí, de forma permanente, acechándome en cuanto veía un animal, que cada vez se hacía más difícil. En mi mente entraron los chicos, las salidas nocturnas y los anhelos de un futuro que deseábamos cambiar.
Las manadas desaparecieron de las calles, que se tornaron impolutas, con sus papeleras de bronce y cubos de basura de plástico, imposibles de volcar. Las normativas, estrictas hasta la saciedad, comenzaron a prohibir todo aquello que no fuera humano. Se prohibió que los perros anduvieran sueltos, que no llevaran collar, que ladraran mucho; que alguien tuviera demasiados canarios o pájaros, que podían enturbiar con su canto a los vecinos; que los gatos anduvieran por los tejados sin control. En fin, se les prohibió la libertad.
Eran de alguien, o no eran de nadie, en cuyo caso, serían arrestados, enjaulados y asesinados. Y esa detonante es la que ha seguido hasta hoy en día. 

Mientras veo las luces emerger en la ciudad, tomándome un té después de un largo día de trabajo en la oficina, dos perros y un gato, que ronronea sin césar, me acompañan. Dormimos juntos, mi marido
 también, por supuesto, que lo ha tenido que aceptar porque forman parte de mí. Los acaricio y siento sus respiraciones. Sus patitas se mueven al ritmo de algún sueño lejano y yo los acompaño. Corremos por un campo lleno de jaramagos y margaritas, bajo un cálido sol de primavera en un pueblo del sur, olisqueando las piedras y bebiendo agua del rio. Somos perros, somos una manada, una familia, y somos libres.

FIN





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lunes, 1 de diciembre de 2014

HISTORIA DE CUATRO MUJERES. EL VIAJE



El viento era suave y llevaba en sí mismo una arena gris, fina, casi transparente. Las mujeres se cubrían la boca con el velo por necesidad. Las gafas de sol, que no se había quitado durante todo el camino, fueron sus mejores compañeras. Sus ojos se resentían con el sol y con el aire. Un autocar colorido frenó en seco y un carromato tirado por bueyes, volcó hacia un lado esparciendo todo el cargamento de paja. Las motocicletas pasaban sin detenerse, ocupadas por dos, tres o más personas. Chiquillos vendían frutos secos, empanadillas y se ofrecían para hacer recados. Corrían de aquí para allá, con su ropa sucia y su mirada limpia, limpísima, con aquella sonrisa perenne que parecía estar siempre ahí.
—No sienten tristeza, no como yo —pensó.
Porque la tristeza ya formaba parte de su vida y no sabía como desprenderse de ella. Carlos la había acompañado en el viaje, pero aquello no duraría, lo sabía. Lo hacía por ella, él no quería hijos. Se había resignado a utilizarlo y él, a dejarse utilizar. La quería demasiado para perderla y ahora iba a adoptar a una niña de tres años. El orfanato era blanco y amarillo, con barrotes en las ventanas y habitaciones llenas de cunas y camas, que ahora aparecían desiertas. Era día de revisión médica y todos hacían cola en la parte de atrás, dónde un médico ceñudo y bien alimentado, los pesaba y medía. Los bebés permanecían en brazos de sus cuidadoras, siempre en silencio, siempre sonriendo.
Cogió la mano a su marido, sudorosa a causa del calor o del nerviosismo. Esperaban sentados en una pequeña habitación gris, con sillas de metal oxidado y una mesa central dónde se esparcían revistas en inglés. Fuera, los más mayores jugaban al futbol. Podía sentir los golpes de balón y los gritos de euforia.
La puerta se abrió y apareció una mujer envuelta en un share amarillo. Tenía la mirada oscura y severa, arqueó las cejas, los observó y después volvió a salir sin decir nada.
—No te preocupes cariño, todo saldrá bien.
Carlos trataba de animarla, pero tres horas de papeleo y después aquella espera interminable. Cuando las palabras de aliento ya no significaban nada, la puerta se abrió y la misma mujer volvió acompañada de un médico.
—Todo ha ido bien, pero hay un problema —el hombre se presentó como Lalit, fue amable pero dubitativo.
—¿Dónde está Fátima?, es demasiado tiempo, ¿qué está pasando?
La mujer y el médico cruzaron sus miradas, cómplices de lo que iba a decir.
—Fátima no está bien, no podemos engañarlos. Su enfermedad, no sé como decirlo, no es física.
—Eso ya lo sabía yo —exclamó Marión mientras Carlos intentaba hacer que no se exaltara demasiado.
—Creemos que ha sufrido abusos y, en estos casos, hay un protocolo determinado.
En ese momento fue Carlos el que saltó como un resorte.
—Pero ¿de qué me hablan?, no nos importa. La adopción sigue adelante, la trataremos en mi país.
La mujer, que se había mantenido en un segundo plano, trató de hablar en defensa de su orfanato, pero el docto Lalit la hizo callar con tan sólo levantar la mano.
—Pueden verla, si quieren, pero necesitamos que se hagan más pruebas antes de emitir el certificado de idoneidad.
Marion creyó morirse de nuevo, en aquel preciso instante. Todo debía salir bien, todo, sin excepción. Tanto ella como María y Mercedes, lo habían planeado escrupulosamente. Tanto papeleo para nada.
—¿Cuánto tiempo tendremos que esperar? —preguntó desolada.
—No sabemos, los tribunales van lentos, tres meses o un año, nunca se sabe.
Les pidieron mil veces perdón, pero ella no se resignó. Los llevaron a la habitación de juegos, donde la pequeña permanecía sentada sobre una manta, rodeada de niños que correteaban de un lado a otro, agarrándose a sus faldas, mientras las cuidadoras se esmeraban en hacerlos callar. En cuanto los vio llegar, su carita se iluminó. Se agarró al cuello de Marion como si lo hubiera hecho miles de veces. Y así era, en sueños que la perseguían cada noche.
Carlos las dejó hacer, era su momento. Las dos permanecieron así, mientras el cielo plomizo se volvía oscuro y la luna emergía grande y dorada. Y la directora del orfanato, que ya había sido informada, los dejó.
La sala, ya vacía y alumbrada por una bombilla azul y fría, que parecía que fuera a apagarse de un momento a otro, emitía destellos en las paredes revestidas de muñecos pintados y papel de aluminio.
—¿Qué te han hecho pequeña?
Carlos, mientras tanto, se limitó a mirar por la ventana, pensando que era demasiado el tiempo, que no podría sostener esta relación mucho más. Quiso volver a la vida de antes, donde eran sólo ellos dos. Se pasó la mano por el cabello, rebelde a causa de la humedad, y observó a su esposa, mientras le cantaba a una hija que nunca lo sería. La niña extendió su dedito índice para señalarlo y después, chuparse el pulgar de la otra mano, sumiéndose en un profundo sueño.
Y una rabia contenida tanto tiempo, que no sabía que la tuviera, explotó dentro de él, quemándole el estómago y después la garganta, para meterse en su cabeza y susurrarle que se fuera, que aquello estaba mal, que esa mujer sólo le había hecho daño. Sus ojos se nublaron mientras seguía observándolas, ahora con recelo. No quería estar con una mujer que lo iba a sustituir por un niño. No, así no.
Así que abrió la puerta y se marchó. Cogió un taxi en dirección al hotel. Ya no podía esperar más. Marion, mientras tanto, se limitó a seguir meciendo a Fátima, con los ojos llenos de lágrimas por lo que había de pasar. Pero lo más doloroso es que hubiera sido allí, en aquel lugar, en aquel momento de incertidumbre. Pero no, no estaba sola, tenía a su hija y eso nadie se lo arrebataría. Sus amigas, sus queridas amigas, que los esperaban para celebrarlo. Incluso habían programada actividades con los niños, todos juntos, como una renovada familia. Después estaba el pequeño Fernando, al que había prometido llevar su madre al templo …, y ella, y Carlos. Ahora ella sola, porque todos tendrían que volver a España, pero ella se quedaría en la India, no se marcharía de allí sin su hija.
Todo comenzó tres días antes, en los preparativos del tan deseado viaje, cuando ya intuyó que algo saldría mal, cuando el viento de la misericordia la abandonó. Aquel que siempre la había acompañado, en los momentos más difíciles. Incluso cuando la temperatura le subía a 39º a causa de la fiebre, siempre volvía, haciéndole cosquillas en su rostro y secando el sudor.
Estaba haciendo la maleta con lo imprescindible. Rosi, que desde que vivía con ella, pululaba de aquí para allá con plumero en mano y ajustados vaqueros, no paraba de hablar. Carlos, sin embargo, seguía ordenando todo el papeleo que iban a necesitar. Ya era otoño, pero las hojas se resistían a caer. Después, esas lluvias que no terminaban de llegar. Desde la ventana del cuarto, podía divisar un trocito de cielo, el justo para saber si haría buen o mal tiempo. Si necesitaría chaqueta o pañuelos.
—Pues no sé que haré sin ti —Rosi se tiró, literalmente, sobre la cama de matrimonio. La confianza había dado lugar a falta de pudor, pero a Marion no le importaba. En cierta medida, era su salvadora.
—Ya sabes que debes cuidar a los hijos de Mercedes. Además, el dinero te vendrá muy bien.
Rosi suspiró y se incorporó. Se ajustó el sujetador debajo del estrecho jersey. Desde que vivía en aquella casa, sus pechos se habían hinchado como globos llenos de aire. Sabía muy bien que era debido a las buenas comidas y falta de ejercicio. Antes, entre tanto ajetreo sexual no le hacía falta. Ahora, sin embargo, debía andar todos los días tres kilómetros si quería ponerse en forma.
—¿Podré ponerme ropa tuya?
Marion la miró con tanta severidad, que se arrepintió de haberle preguntado.
—No me lo puedo creer ¿pero si tienes más que yo? —le respondió.
Los gorriones se posaban en los geranios de la cornisa y provocaban sombras grotescas en la pared. La ventana estaba abierta, pero la atmósfera era tan pesada como un día de Agosto.
Las dos se asomaron, temiendo asustarlos. Marion, amante febril de la naturaleza, sobretodo de las plantas, veía tan hermoso que pájaros en libertad se posaran en las suyas, que no le importaba que le robaran unas ramitas de vez en cuando.
Rosi, sin embargo, trató de espantarlos con la mano, que Marion sujetó a tiempo.
—¡Pues no eres rara tú ni ná! no veas la de pajaritos que tomaba yo en mi pueblo.
Marion hizo que no la escuchaba. En cambio, sus oídos se llenaron de aleteos y silbidos que le parecieron musicales.
Rosi pasaba el plumero por la habitación requetelimpia, como ella decía. Porque no podía dejar que ni una sola mota de polvo invadiera lo que ahora era también su hogar.
Carlos entró despavorido, el sudor corría por su frente.
—Marion, falta el documento de idoneidad, ¿lo has cogido?
—Está sobre la cómoda, detrás del portarretratos.
Y lo dijo sin volverse, sin quitar la sonrisa de su rostro. Ya sabía donde debía dormir su hija. Sería allí, en aquella habitación. Así podría ver los amaneceres, como las aves emigraban en invierno y las copas de los árboles se mecían por el viento.
Corrió hasta el salón, abrazando a su marido por la espalda, con tanta fuerza que éste dio un respingo.
—¡Qué feliz soy!
Él siguió guardando y repasando. Demasiado nervioso, demasiado serio para lo que solía ser. Pero Marion estaba pletórica. Unas horas más y su vida cambiaría.
—¿Sabes dónde pondremos a Fátima? —preguntó ilusionada.
—Pues no, dime tu. Supongo que en la única habitación que nos queda —lo dijo con cierta desgana, mientras sus ojos se cerraban presos de una pesadumbre que no se atrevía a manifestar.
—En nuestra habitación, nosotros nos iremos a la de invitados.
Carlos se volvió, besó a su mujer en la frente y se alejó.
—Lo que tu quieras —masculló entre dientes.
El calor se hizo sofocante. Marion quedó allí, petrificada por el comentario. El fuego subió por su espalda y se instaló en su nuca. Se sujetó el cabello con ambas manos en la coronilla, esperando que el frio llegara, que el viento de la misericordia, se adentrara por alguna de las ventanas abiertas y la rodeara como una lengua de agua fresca. Pero el calor siguió aumentando y la mente se le turbó con el pensamiento que siempre había temido.
¿Sería verdad que él no quería a la niña?, ¿qué iba a hacer entonces?
Y cuando la ilusión cayó sobre el suelo, intentando escapar de ella, como si de un ratón asustado se tratara, el teléfono sonó y Rosi anunció a los cuatro vientos, como si estuvieran en un estadio de futbol:
—¡¡Nos vamos chicoos, el taxi ha llegado!!
Fátima volvió de nuevo a su corazón y su mente se relajó, olvidando los sentimientos ajenos.
Y así se dirigieron a casa de Mercedes. Marion ilusionada, Carlos ensimismado en sus propios pensamientos y Rosi, canturreando, mientras el taxista compartía chistes que nadie entendió.

Y, aunque abrieron las ventanillas, ni una brisa de aire entró por ellas. En la calle, los niños corrían a coger los autocares que los llevarían al colegio, mientras sus madres les cerraban las mochilas y les daban cien mil indicaciones, colocándoles bufandas que terminarían engullidas por los asientos.
—No lo entiendo —murmuró Carlos— ¿es que tiene la calefacción puesta?
El taxista negó y el coche prosiguió su camino por la M40, para adentrarse después en la M30 y continuar por la Avenida de Andalucía, hasta que divisaron las casas perfectamente alienadas con sus tejados negros y jardines empedrados.
Por eso, a pesar de los arrumacos, de los besos, de la ilusión por su hija, supo, que en cuanto llegaran a la India, todo terminaría.

Aquel día fue diferente. El viento había abierto las ventanas y entrado suavemente en la habitación. Acarició a Mercedes y silbó en el oído del pequeño Fernando. Fue un susurro, que se transformó en palabras de ánimo, en cuanto su cerebro supo interpretarlo.
—¿Hoy nos vamos, mamá?
—Si cariño, hoy nos vamos.
Las maletas estaban hechas desde hacía tres días y toda la documentación preparada. Rosi se quedaría con los niños. Al principio le pareció una mujer vulgar y mal hablada. Pero era cariñosa y buena con sus hijos, y si a Marion le parecía bien, ella no tenía nada más que decir.
—¡Esto está de puta madre! —es lo primero que le dijo en cuanto vio su casa.
Rosi sonreía, indiferente, y los niños vieron en ella una buena oportunidad para hacer lo que les viniera en gana.
—Estos no me conocen a mí —pensó mientras se relamía los labios, pintados de un color tan rojo, que ni la misma sangre le hacía competencia.
En el aeropuerto, María y Macarena, ya preparadas, como modelos de pasarela. Con sus cuerpos esbeltos, ajustados a finas blusas de algodón, se contonearon con las maletas a juego, neceser incluido. Mientras ellas, arrastraban las suyas, desiguales y variopintas. Improvisadas mochilas de gimnasio, que se hacían bastante pesadas, sobretodo para Mercedes, que llevaba a Fernando en brazos. Carlos, hombre gentil, quizás demasiado, pues a mitad de camino, las hizo que se desprendieran de todo, para llenarse ambos brazos, espalda incluida, de bultos que terminaron por enterrarle.
El vuelo pasó rápido, entre los juegos del pequeño, las historias de María sobre su último viaje a Pakistán y los pensamientos expresados de la inestable Macarena, que con su incipiente barriga, se lamentaba de todo lo que dejaría de hacer en cuanto fuera madre, para pasar después a ilusionarse con el mundo infantil y todas sus posibilidades.
Carlos, sentado dos asientos más alejado de ellas, se limitó a escuchar música con los cascos y los ojos cerrados. Aparentando que dormía, aunque Marion sabía muy bien que no era así, que prefería aislarse de aquellas voces estridentes, llenas de alegría. Y ella, muy en su interior y a pesar de todo, prefirió también ser ajeno a él. No quería más tristeza, no quería contaminarse con oscuridad. Ahora quería luz. Ahora era ambos ajenos, el uno con el otro, sólo unidos por costumbre o por necesidad.

Olor a curri y pollo, a azúcar fundido con pasta de colores. A comino y a pimienta. Olor a sudor y a perfumes tan profundos, que su halo quedaba aún cuando la persona que lo llevaba había pasado hacía un buen rato. Macarena tenía ganas de vomitar. Desde que se bajó del avión, ya con el estómago revuelto, supo que no aguantaría mucho más. Se agravó en cuanto se adentraron en la ciudad. El polvo levantado por miles de pies y carromatos, coches y cláxones tocando sin cesar.
—No puedo más —exclamó, mientras buscaba un lugar solitario donde poder expulsar el vaso de leche, el zumo, las tostadas y la ensalada.
Pero como allí donde alcanzaba la vista, era un mar de gente que se entretejía entre edificios que parecían no tener fin, decidió hacerlo sin pudor. Y en mitad de toda aquella vorágine, mientras Fernando miraba asombrado los coloridos share de las mujeres, en brazos de una Mercedes exhausta, con botella de oxígeno al hombro, arrojó fuera de sí todo lo desayunado, comido, cenado y almorzado el día anterior. Los demás, que se había alejado, mapa en mano, intentando buscar un taxi decente, se perdieron tal espectáculo.
Los tres terminaron salpicados por desechos malolientes.  Macarena respiró aliviada. Mercedes tuvo gana de decirle cuatro verdades, con su lengua viperina lo tendría fácil, pero calló. Había pasado por tres embarazos y eso la solidarizaba.
Sólo encontraron un buen hombre que aceptó llevarlas, a pesar del olor a vómito. Dos billetes de más le levantaron la moral al pobre taxista, que tuvo que hacer el viaje con todas la ventanillas bajadas y pañuelo en mano.
Los demás los seguían, en un mercedes con aire acondicionado. Macarena podía oír sus risitas de complicidad, mientras ella no se atrevía a hablar, temiendo que el ogro de Mercedes despertara de su letargo para ensuciarla con sus palabras aún más.
—Mira mamá, es el señor de los sueños.
Fue Fernando el que señaló un hombre enjuto, de larga barba blanca y bastón, que los observó al pasar mientras se comía una naranja. Sonrió enseñando unos dientes mellados. Su mirada, del color de la arcilla, se iluminó. Levantó la mano que tenía libre y unos dedos largos acariciaron el cristal.
Los tres quedaron anonadados. En verdad, aquel se parecía mucho al hombre de sus sueños. Pero el taxista las devolvió a la realidad.
—Cierren las ventanas, aquí hay mucho ladrón.
—Pero ese hombre, no parece…
—Pues sí, si usted supiera.
Y así Macarena quedó callada. También Mercedes y el pequeño Fernando, aunque sabían que aquel hombre, si que era su salvador, el que los había llevado allí, el que tenía la solución. Seguro que volvería a encontrarlo, eso no había duda. Era su destino.
El hotel, cómodo aunque no demasiado lujoso, los estaban esperando. Revestido de mármol y papel bermellón, resultaba elegante.
El baño, práctico y sencillo. Las camas, grandes y cómodas. No necesitaban más.
María era la única que dormiría sola en una habitación. Así que se separaron para encontrarse una hora más tarde en el restaurante. Ya con el cuerpo más descansado y la mente despejada, disfrutaron de una velada entre cócteles, agua con gas y zumos de frutas para los niños.
—Estoy emocionada —Marion no cabía en sí, al día siguiente conocería a su hija.
Las demás, cómplices de aquella ilusión, se miraron satisfechas. Nunca habían visto a su amiga tan pletórica, tan llena. Y es que la luz que desprendía su mirada, su piel, era la vida misma. Carlos, sin embargo, se limitó a sonreír, jugar con el pequeño Fernando y asentir a todo lo que decían. Como si aquello no fuera con él, como si fuera un mero espectador y no el futuro padre de la criatura.
—Pues esto del embarazo, a mí me mata —Macarena bebía pequeños sorbos de su agua mineral, suspirando y anhelando volver a ser la de antes, aunque algo se removía en su interior recordándole que la vida se abría paso a través de ella.
Aún embarazada, seguía estando delgada, atlética. Mercedes la miró con desgana. Envidiaba sus muslos morenos, largos y duros, que exhibía en minifalda sin ningún pudor. Ella, blanca irremediable, los escondía tras pantalones de algodón elásticos. Las varices no perdonaban, su corta estatura no ayudaba, y los pocos cuidados que se había profesado tampoco. Pero su carácter, tan fuerte y sensible al mismo tiempo, es lo que hacía de ella una persona especial. Su amiga María lo sabía bien. Había estado con ella en los mejores y peores momentos. En su divorcio, en la enfermedad de su hijo. Y nunca había parecido necesitar consuelo alguno.
Le cogió la mano con cariño. Mercedes la aceptó. Las copas se sucedieron y las lenguas se soltaron, presa de una liberación contenida durante mucho tiempo. Marion las observaba, la más silenciosa, había aprendido a abrirse, dejar su perfecto mundo atrás para abandonarse a la corriente de las relaciones humanas. Y eso le había traído a miles de kilómetros de España, a la India.
—Es lo mejor que me ha pasado en la vida —todas la miraron, incluido Carlos, que dejó a Fernando con su juguete, expectante a lo que dijera su mujer.
—¿A qué te refieres? —preguntó, aunque sospechaba a lo que se refería.
María, con una copa de más, respondió a la absurda pregunta revestida de ironía:
—¿Qué va ser hombre?, ¿acaso no ves el cambio desde que sabe que va a ser mamá?
Carlos se limitó a emitir un sonido parecido a un esbozo, como un” ya lo sé” o “es broma”.
—Pues esto se merece un brindis, no sé lo que habría hecho sin vosotras. Será la última copa que me tome en mucho tiempo. Desde ahora, dedicaré a Fátima todas las horas que me queden del día.
Y levantó el Martini por encima de su cabeza, pero las demás no la siguieron.
—No, no, no. Eso no puede ser —Mercedes volvía a establecer sus reglas — , no puedes dejar de ser quien eres por un hijo. Yo sólo brindo porque sigas siendo tú, y por más salidas. ¿Para qué tienes a Rosi sino?
Y así todo quedo dicho. Ser una madre obsesionada no sería lo suyo. Carlos, que le pareció estar desterrado de aquel brindis, levantó también su cerveza, y nunca se sintió más hipócrita.
—Por mi mujer, la mejor, la más en todo —era la tercera que llevaba y su voz comenzaba a perderse en el eco de una incipiente gangosidad —Ella es, que decir…
Se levantó e hizo un círculo con sus brazos, abrazando a todas las presentes. Macarena soltó una risita, quizás maliciosa. María y Mercedes se miraron. Sabían lo que iba a pasar. Pero Marion no hizo nada por detenerlo. Sonrió, levantó su copa, sin mirarlo siquiera y brindó.
—Por mí, la mejor en todo, ¿no es así cariño?
Él agachó su cabeza y la acercó a la de ella, que hizo ademán de besarlo, pero se retiró a tiempo.
—Tengo que salir de aquí, ¿vienes? —le dijo Carlos algo bamboleante, pero no lo suficiente para que no pudiera encontrar el camino él solo.
Siempre hacía lo mismo. Si algo no salía como él quería, intentaba manipularla. La felicidad no podía ser de los dos, tenía que ser de uno y compartida por el otro. ¿Qué hacer con un hombre que sabía que la amaba, pero que no la aceptaba?
—Bueno, chicos, no es para tanto. Carlos, porque no vuelves con nosotras, prometemos no hablar de más cosas de mujeres.
Macarena se levantó para intentar retenerlo. Él la separó suavemente.
—No, no hace falta.
Pero sus ojos recorrieron su cuerpo, para posarse en sus piernas, las más morenas y musculosas que había visto en mucho tiempo.
Marion ni siquiera se azoró. Por alguna razón, él había dejado de ser su centro de atención.
—Maca, ven, que descanse, es mejor.
Y así terminaron la noche. Entre cócteles de agua, champán y zumo. Mientras Fernando parecía estar en el séptimo cielo. Porque, aunque no se movió del sillón en ningún momento, atado a su botella de oxígeno, pudo ver al hombre de sus sueños, el que lo señalaba con el dedo, sonreía y curaba.
—¿Qué le pasa? —preguntó María.
—No es nada, sólo que a veces sueña despierto —respondió Mercedes, mientras acariciaba su rostro.
Fernando se había quedado en una especie de éxtasis, con la boca entreabierta y una media sonrisa, mientras la saliva caía por la comisura de sus labios. El tener cuatro años le daba esa posibilidad. Y el estar enfermo también. Podía viajar a otros mundos, ser quien quisiera ser, ver a quien quisiera ver. Y mientras su madre parloteaba de cosas sin sentido para él, prefería volver al mundo donde podía correr, volar. Sin médicos ni hospitales, sin mochila a la espalda y tubos de oxígeno. Ahora estaba allí, en aquel bosque, con el hombre de sus sueños, el que le dijo que lo salvaría.
—Algún día —el hombre mellado, de edad indefinible le acarició también la cabeza, como lo había hecho su madre. De hecho, no sabía si era el hombre o ella, porque su imaginación los confundía a veces. Y es que estar entre dos mundos y poder diferenciarlos, era difícil.

Ya en la habitación, Marion quiso evitar toda discusión. Se abrazó a Carlos, que parecía dormir, aunque se volvió para asirla por la cintura y sentirla.
—Una vez más —pensó.
Y se desnudaron como adolescentes, para hacer el amor como siempre lo habían hecho, con pasión. Eso no fallaba.
—Me ama, estoy segura —pensó Marion —, sino ¿por qué aceptaría adoptar una niña si no fuera así?
—No sé lo que voy a hacer —pensó Carlos, que intentaba aclararse, ahora más desahogado, con la piel cubierta de sudor y una sonriente Marion a su lado, que le besaba el hombro y  daba pequeños abrazos.
Así, ella descansó con la tranquilidad de sentirse querida, mientras Carlos lloraba bajo la ducha, presa de un pánico que quería alejar de él pero que no podía. Se extendía por todos sus miembros y ya había llegado a su corazón. Había amado a aquella mujer más que a nada, no podía vivir sin ella, pero con ella tampoco. Menos ahora, que había cambiado. Él quería a la antigua Marion, más dulce, más tranquila, más superficial incluso. La de ahora le parecía igual que sus amigas, inestable y voluble. ¿Dónde estaba su mujer?
Y así Marion llegó al día señalado, donde nada salió como estaba planeado. Pero lo peor de todo, es que había preferido a la pequeña Fátima. Mientras Carlos cogía un avión rumbo a Madrid, sin mediar explicación alguna, aunque no la necesitara, porque era lo que había de pasar, ella decidió dejar de llorar. Carlos, después de todo, era buena persona. Y así se lo hizo saber a sus amigas, que no daban crédito a lo que había pasado.
—No sé como te ha podido dejar tirada, así, como si nada.
María era la más indignada. De todas, es la que más había confiado en Carlos. Siempre le había parecido un hombre honesto, quizás demasiado fantasioso, pero muy enamorado de Marion.
—No pasa nada, de verdad. Esto viene de lejos, algún día tendría que pasar.
María se paseaba por la habitación con su blusa atada a la cintura y la piel brillante por el sudor. Mercedes, más tranquila y sentada en la cama, dio su visto bueno a todo aquello, nada extrañada por la situación.
—Es normal, fíjate en mí. Por lo menos el tuyo no te ha engañado.
Eso es lo más triste que le podían decir. Porque Marion hubiera deseado que, por lo menos, le hubiera sido infiel, así tendría una mejor excusa para odiarlo. Pero no podía, sólo se había roto, el lazo que los unía, se había roto. Había quedado deshilachado, como las telas viejas, y ella había tratado de remendarlo, pero un pequeño tirón lo destrozó. Ese tirón fue la decisión de adoptar, unilateral y un poco egoísta. Pero era su camino, lo que tenía que hacer, y lo sabía.
Y mientras las demás decidían que hacer, Marion sintió un viento frio, fino, casi cortante, que subió por sus piernas, espalda y le alborotó el cabello, secándole el sudor. La tarde se estaba echando y el polvo levantado por la vorágine del día, cubría toda la ciudad. Observó por la ventana el cielo más naranja que había visto nunca. El viento de la misericordia había vuelto, ahora sabía que todo saldría bien.
—Ya sé lo que haremos —exclamó María —, llamaré a Vadin. Su padre tiene influencias, nos ayudará a agilizar todo esto, eso es.
Fue a su cuarto, dejando a sus amigas debatiendo otras posibles salidas, para hacer la llamada que le cambiaría la vida.
El móvil sonó tres veces con la música de Forrest Gump de fondo. El corazón le latía con fuerza. No lo había visto desde hacía meses, pero lo amaba. Y, aunque él le había prometida ir a verla, todavía no lo había hecho.
—¿María? —respondió.
—Sí, Vadin, soy yo —intentó controlar su emoción —, necesito tu ayuda.
—Cariño, quería decirte..
—No, ahora no, por favor, es urgente —María fue cortante por necesidad— , ¿recuerdas la adopción de Fátima?, pues ahora no la dejan que se la lleve, dicen que sufrió abusos y tiene que pasar otro tribunal.
Un silencio en la línea la obligó a proseguir.
—Sé que tu padre tiene influencias, ¿no puedes hacer algo?, es demasiado lo que mi amiga está pasando.
—No te prometo nada, pero lo intentaré. Te diré algo esta tarde.
Su voz sonó algo derrotada, como si hubiera hecho un gran esfuerzo. Pero ella pareció no darse cuenta de la situación.
—Te echo de menos, dijiste que vendrías a verme.
Él suspiró. Su mujer andaba por la cocina, cocinando pollo con curry mientras canturreaba una canción. Vadin tapó el auricular, no quería que María lo supiera, de esa manera no.
—Lo sé —susurró— , es que no he podido, de verdad. Tenemos que hablar María, es importante. Yo también te amo.
—Bueno, pues entonces, no sé a que esperas. Un avión y ya está.
—No es tan fácil.
Vadin, sofocado por el calor de aquella época, que en la India se extendería por meses, intentó sujetar su corazón, que latía demasiado rápido con tan sólo escuchar su voz.
—Estoy en la India, con las chicas. Estamos lejos, pero cuando vuelva, si no vienes, iré yo a Londres. No puedo esperar más.
—¿En la India? —su voz se había tornado expectante.
—Si, cariño, ya te he dicho que vendríamos con Marion para lo de la adopción.
—Si, si, es que había pensado que lo que había recibido era una carta o documento oficial, por lo de la nueva situación.
Unas carcajadas al otro lado del teléfono le recordaron su boca, su sonrisa.
—No, tonto, no. Ya está todo preparado, por eso esta urgencia. Por favor, promételo.
—¿El qué? —ahora no podía pensar con claridad. Tan cerca y tan lejos al mismo tiempo.
—Que va a ser, tonto, lo de Marion. Es que Mercedes se pierde con las leyes de este país.
—Sí, lo haré. Está tarde sin falta. ¿Dónde os alojáis?
—En el Santa Victoria, ¿por qué? ¿no pensarás venir? —María jugaba con su pelo de forma pícara, enredándolo entre sus dedos, mientras recordaba la última noche que pasaron juntos.
Dos calles lo separaban de ella. Dos calles de su amor. Pero esa cercanía era aún más dolorosa. Sintió como si su corazón fuera atravesado por una daga larga, fina y afilada.
—Te quiero, ¿lo sabes verdad?
—Sí, si que lo sé —respondió ella feliz.
Vadin vio como su mujer se afanaba en doblar y colocar ropa en las estanterías, mientras le sonreía, ajena a todo lo que entrañaba su interior. Una relación tan formal que no se podía sostener.
—Esta tarde te respondo, no te preocupes —y colgó, dejando a María mirando el teléfono, asombrada por el cambio de voz. Estaba intentando fingir, lo sabía. Su olfato periodístico le había enseñado a distinguir las señales. Y aquella era una de ellas, le estaba mintiendo.
Vadin, esperando como proteger a su mujer de todo esto, pero deseando abrazar de nuevo a María, se debatía entre el deber y su corazón. Tópico tan antiguo como la humanidad. Había actuado por obligación pero no podía olvidar su amor. Y así decidió hacer las llamadas que hicieran falta, para que Marion tuviera a su hija lo antes posible. Así María estaría más feliz y podría ver su realidad de otra forma, con más esperanza.
Pero María, debatiéndose entre la atmósfera calurosa de la habitación, que había comenzado a asfixiarla, había decidido poner en marcha sus contactos. Había localizado la llamada y ahora lo sabía. Él estaba a sólo dos calles de ella. Vadin era consciente de ello y no le había dicho nada. 
Y mientras él se sentaba a la mesa con su solícita esposa, sonriendo y aparentando una felicidad vacía; María lo observaba, desde la acera de enfrente. Un gran ventanal, en una gran casa, rodeada de jardín, donde correrían chiquillos descalzos, tan morenos y sonrientes como ellos. No había tardado ni cinco minutos en llegar hasta allí. El corazón le latía con tanta fuerza que se lo tuvo que sujetar. El sudor corría por su espalda, abrazándola a medida que caía, lentamente. Y cuando estaba a punto de llorar, con los ojos inflamados por tanta contención, un viento frio la rodeó, produciendo un ligero remolino que la envolvió. Sus pulmones se expandieron y suspiró.
—No voy a dejar que me lo hagan, otra vez no —pensó.
Así tuvo claro lo que debía hacer. Aceptaría el trabajo en Nueva York. No dejaría su vida nunca más en manos de ningún hombre.
Ya en el hotel, mientras Marion se había recompuesto gracias a su ayuda, a la que se agarró como un clavo ardiendo, Mercedes adivinó lo sucedido. La mirada de María estaba algo vacía, como si algo se hubiera perdido dentro de ella. 
—Amiga —le susurró al oído mientras se dirigían a la piscina —no te pueden quitar el amor.
Ella la miró asombrada ante tal reacción, por parte de una mujer tan receptiva y práctica al mismo tiempo, que nunca perdía el tiempo en hablar de cosas banales, aún menos de amoríos. Mercedes era la persona menos romántica que conocía.
—Si, así es —asintió ésta— , el amor es grande María, y existe. Sólo tienes que encontrarlo.
Fernando chapoteaba en la orilla en manos de Macarena, que se esforzaba por contenerlo, provocando que terminara tendida en el suelo y sin poder levantarse. Una barriga de cinco meses pesaba demasiado, a pesar de estar en forma. Y eso provocó que todas rieran a carcajadas, mientras ella trataba de levantarse, para después escurrirse de nuevo en el charco que el pequeño Fernando había provocado a su alrededor.
—Es el viento de la misericordia —aseguró Marion. Aunque sólo ella se entendió.

Continuará….

FIN




HISTORIA DE CUATRO MUJERES. EL VIAJE... - (c) - Elisa María Campos Aguilar