lunes, 1 de diciembre de 2014

HISTORIA DE CUATRO MUJERES. EL VIAJE



El viento era suave y llevaba en sí mismo una arena gris, fina, casi transparente. Las mujeres se cubrían la boca con el velo por necesidad. Las gafas de sol, que no se había quitado durante todo el camino, fueron sus mejores compañeras. Sus ojos se resentían con el sol y con el aire. Un autocar colorido frenó en seco y un carromato tirado por bueyes, volcó hacia un lado esparciendo todo el cargamento de paja. Las motocicletas pasaban sin detenerse, ocupadas por dos, tres o más personas. Chiquillos vendían frutos secos, empanadillas y se ofrecían para hacer recados. Corrían de aquí para allá, con su ropa sucia y su mirada limpia, limpísima, con aquella sonrisa perenne que parecía estar siempre ahí.
—No sienten tristeza, no como yo —pensó.
Porque la tristeza ya formaba parte de su vida y no sabía como desprenderse de ella. Carlos la había acompañado en el viaje, pero aquello no duraría, lo sabía. Lo hacía por ella, él no quería hijos. Se había resignado a utilizarlo y él, a dejarse utilizar. La quería demasiado para perderla y ahora iba a adoptar a una niña de tres años. El orfanato era blanco y amarillo, con barrotes en las ventanas y habitaciones llenas de cunas y camas, que ahora aparecían desiertas. Era día de revisión médica y todos hacían cola en la parte de atrás, dónde un médico ceñudo y bien alimentado, los pesaba y medía. Los bebés permanecían en brazos de sus cuidadoras, siempre en silencio, siempre sonriendo.
Cogió la mano a su marido, sudorosa a causa del calor o del nerviosismo. Esperaban sentados en una pequeña habitación gris, con sillas de metal oxidado y una mesa central dónde se esparcían revistas en inglés. Fuera, los más mayores jugaban al futbol. Podía sentir los golpes de balón y los gritos de euforia.
La puerta se abrió y apareció una mujer envuelta en un share amarillo. Tenía la mirada oscura y severa, arqueó las cejas, los observó y después volvió a salir sin decir nada.
—No te preocupes cariño, todo saldrá bien.
Carlos trataba de animarla, pero tres horas de papeleo y después aquella espera interminable. Cuando las palabras de aliento ya no significaban nada, la puerta se abrió y la misma mujer volvió acompañada de un médico.
—Todo ha ido bien, pero hay un problema —el hombre se presentó como Lalit, fue amable pero dubitativo.
—¿Dónde está Fátima?, es demasiado tiempo, ¿qué está pasando?
La mujer y el médico cruzaron sus miradas, cómplices de lo que iba a decir.
—Fátima no está bien, no podemos engañarlos. Su enfermedad, no sé como decirlo, no es física.
—Eso ya lo sabía yo —exclamó Marión mientras Carlos intentaba hacer que no se exaltara demasiado.
—Creemos que ha sufrido abusos y, en estos casos, hay un protocolo determinado.
En ese momento fue Carlos el que saltó como un resorte.
—Pero ¿de qué me hablan?, no nos importa. La adopción sigue adelante, la trataremos en mi país.
La mujer, que se había mantenido en un segundo plano, trató de hablar en defensa de su orfanato, pero el docto Lalit la hizo callar con tan sólo levantar la mano.
—Pueden verla, si quieren, pero necesitamos que se hagan más pruebas antes de emitir el certificado de idoneidad.
Marion creyó morirse de nuevo, en aquel preciso instante. Todo debía salir bien, todo, sin excepción. Tanto ella como María y Mercedes, lo habían planeado escrupulosamente. Tanto papeleo para nada.
—¿Cuánto tiempo tendremos que esperar? —preguntó desolada.
—No sabemos, los tribunales van lentos, tres meses o un año, nunca se sabe.
Les pidieron mil veces perdón, pero ella no se resignó. Los llevaron a la habitación de juegos, donde la pequeña permanecía sentada sobre una manta, rodeada de niños que correteaban de un lado a otro, agarrándose a sus faldas, mientras las cuidadoras se esmeraban en hacerlos callar. En cuanto los vio llegar, su carita se iluminó. Se agarró al cuello de Marion como si lo hubiera hecho miles de veces. Y así era, en sueños que la perseguían cada noche.
Carlos las dejó hacer, era su momento. Las dos permanecieron así, mientras el cielo plomizo se volvía oscuro y la luna emergía grande y dorada. Y la directora del orfanato, que ya había sido informada, los dejó.
La sala, ya vacía y alumbrada por una bombilla azul y fría, que parecía que fuera a apagarse de un momento a otro, emitía destellos en las paredes revestidas de muñecos pintados y papel de aluminio.
—¿Qué te han hecho pequeña?
Carlos, mientras tanto, se limitó a mirar por la ventana, pensando que era demasiado el tiempo, que no podría sostener esta relación mucho más. Quiso volver a la vida de antes, donde eran sólo ellos dos. Se pasó la mano por el cabello, rebelde a causa de la humedad, y observó a su esposa, mientras le cantaba a una hija que nunca lo sería. La niña extendió su dedito índice para señalarlo y después, chuparse el pulgar de la otra mano, sumiéndose en un profundo sueño.
Y una rabia contenida tanto tiempo, que no sabía que la tuviera, explotó dentro de él, quemándole el estómago y después la garganta, para meterse en su cabeza y susurrarle que se fuera, que aquello estaba mal, que esa mujer sólo le había hecho daño. Sus ojos se nublaron mientras seguía observándolas, ahora con recelo. No quería estar con una mujer que lo iba a sustituir por un niño. No, así no.
Así que abrió la puerta y se marchó. Cogió un taxi en dirección al hotel. Ya no podía esperar más. Marion, mientras tanto, se limitó a seguir meciendo a Fátima, con los ojos llenos de lágrimas por lo que había de pasar. Pero lo más doloroso es que hubiera sido allí, en aquel lugar, en aquel momento de incertidumbre. Pero no, no estaba sola, tenía a su hija y eso nadie se lo arrebataría. Sus amigas, sus queridas amigas, que los esperaban para celebrarlo. Incluso habían programada actividades con los niños, todos juntos, como una renovada familia. Después estaba el pequeño Fernando, al que había prometido llevar su madre al templo …, y ella, y Carlos. Ahora ella sola, porque todos tendrían que volver a España, pero ella se quedaría en la India, no se marcharía de allí sin su hija.
Todo comenzó tres días antes, en los preparativos del tan deseado viaje, cuando ya intuyó que algo saldría mal, cuando el viento de la misericordia la abandonó. Aquel que siempre la había acompañado, en los momentos más difíciles. Incluso cuando la temperatura le subía a 39º a causa de la fiebre, siempre volvía, haciéndole cosquillas en su rostro y secando el sudor.
Estaba haciendo la maleta con lo imprescindible. Rosi, que desde que vivía con ella, pululaba de aquí para allá con plumero en mano y ajustados vaqueros, no paraba de hablar. Carlos, sin embargo, seguía ordenando todo el papeleo que iban a necesitar. Ya era otoño, pero las hojas se resistían a caer. Después, esas lluvias que no terminaban de llegar. Desde la ventana del cuarto, podía divisar un trocito de cielo, el justo para saber si haría buen o mal tiempo. Si necesitaría chaqueta o pañuelos.
—Pues no sé que haré sin ti —Rosi se tiró, literalmente, sobre la cama de matrimonio. La confianza había dado lugar a falta de pudor, pero a Marion no le importaba. En cierta medida, era su salvadora.
—Ya sabes que debes cuidar a los hijos de Mercedes. Además, el dinero te vendrá muy bien.
Rosi suspiró y se incorporó. Se ajustó el sujetador debajo del estrecho jersey. Desde que vivía en aquella casa, sus pechos se habían hinchado como globos llenos de aire. Sabía muy bien que era debido a las buenas comidas y falta de ejercicio. Antes, entre tanto ajetreo sexual no le hacía falta. Ahora, sin embargo, debía andar todos los días tres kilómetros si quería ponerse en forma.
—¿Podré ponerme ropa tuya?
Marion la miró con tanta severidad, que se arrepintió de haberle preguntado.
—No me lo puedo creer ¿pero si tienes más que yo? —le respondió.
Los gorriones se posaban en los geranios de la cornisa y provocaban sombras grotescas en la pared. La ventana estaba abierta, pero la atmósfera era tan pesada como un día de Agosto.
Las dos se asomaron, temiendo asustarlos. Marion, amante febril de la naturaleza, sobretodo de las plantas, veía tan hermoso que pájaros en libertad se posaran en las suyas, que no le importaba que le robaran unas ramitas de vez en cuando.
Rosi, sin embargo, trató de espantarlos con la mano, que Marion sujetó a tiempo.
—¡Pues no eres rara tú ni ná! no veas la de pajaritos que tomaba yo en mi pueblo.
Marion hizo que no la escuchaba. En cambio, sus oídos se llenaron de aleteos y silbidos que le parecieron musicales.
Rosi pasaba el plumero por la habitación requetelimpia, como ella decía. Porque no podía dejar que ni una sola mota de polvo invadiera lo que ahora era también su hogar.
Carlos entró despavorido, el sudor corría por su frente.
—Marion, falta el documento de idoneidad, ¿lo has cogido?
—Está sobre la cómoda, detrás del portarretratos.
Y lo dijo sin volverse, sin quitar la sonrisa de su rostro. Ya sabía donde debía dormir su hija. Sería allí, en aquella habitación. Así podría ver los amaneceres, como las aves emigraban en invierno y las copas de los árboles se mecían por el viento.
Corrió hasta el salón, abrazando a su marido por la espalda, con tanta fuerza que éste dio un respingo.
—¡Qué feliz soy!
Él siguió guardando y repasando. Demasiado nervioso, demasiado serio para lo que solía ser. Pero Marion estaba pletórica. Unas horas más y su vida cambiaría.
—¿Sabes dónde pondremos a Fátima? —preguntó ilusionada.
—Pues no, dime tu. Supongo que en la única habitación que nos queda —lo dijo con cierta desgana, mientras sus ojos se cerraban presos de una pesadumbre que no se atrevía a manifestar.
—En nuestra habitación, nosotros nos iremos a la de invitados.
Carlos se volvió, besó a su mujer en la frente y se alejó.
—Lo que tu quieras —masculló entre dientes.
El calor se hizo sofocante. Marion quedó allí, petrificada por el comentario. El fuego subió por su espalda y se instaló en su nuca. Se sujetó el cabello con ambas manos en la coronilla, esperando que el frio llegara, que el viento de la misericordia, se adentrara por alguna de las ventanas abiertas y la rodeara como una lengua de agua fresca. Pero el calor siguió aumentando y la mente se le turbó con el pensamiento que siempre había temido.
¿Sería verdad que él no quería a la niña?, ¿qué iba a hacer entonces?
Y cuando la ilusión cayó sobre el suelo, intentando escapar de ella, como si de un ratón asustado se tratara, el teléfono sonó y Rosi anunció a los cuatro vientos, como si estuvieran en un estadio de futbol:
—¡¡Nos vamos chicoos, el taxi ha llegado!!
Fátima volvió de nuevo a su corazón y su mente se relajó, olvidando los sentimientos ajenos.
Y así se dirigieron a casa de Mercedes. Marion ilusionada, Carlos ensimismado en sus propios pensamientos y Rosi, canturreando, mientras el taxista compartía chistes que nadie entendió.

Y, aunque abrieron las ventanillas, ni una brisa de aire entró por ellas. En la calle, los niños corrían a coger los autocares que los llevarían al colegio, mientras sus madres les cerraban las mochilas y les daban cien mil indicaciones, colocándoles bufandas que terminarían engullidas por los asientos.
—No lo entiendo —murmuró Carlos— ¿es que tiene la calefacción puesta?
El taxista negó y el coche prosiguió su camino por la M40, para adentrarse después en la M30 y continuar por la Avenida de Andalucía, hasta que divisaron las casas perfectamente alienadas con sus tejados negros y jardines empedrados.
Por eso, a pesar de los arrumacos, de los besos, de la ilusión por su hija, supo, que en cuanto llegaran a la India, todo terminaría.

Aquel día fue diferente. El viento había abierto las ventanas y entrado suavemente en la habitación. Acarició a Mercedes y silbó en el oído del pequeño Fernando. Fue un susurro, que se transformó en palabras de ánimo, en cuanto su cerebro supo interpretarlo.
—¿Hoy nos vamos, mamá?
—Si cariño, hoy nos vamos.
Las maletas estaban hechas desde hacía tres días y toda la documentación preparada. Rosi se quedaría con los niños. Al principio le pareció una mujer vulgar y mal hablada. Pero era cariñosa y buena con sus hijos, y si a Marion le parecía bien, ella no tenía nada más que decir.
—¡Esto está de puta madre! —es lo primero que le dijo en cuanto vio su casa.
Rosi sonreía, indiferente, y los niños vieron en ella una buena oportunidad para hacer lo que les viniera en gana.
—Estos no me conocen a mí —pensó mientras se relamía los labios, pintados de un color tan rojo, que ni la misma sangre le hacía competencia.
En el aeropuerto, María y Macarena, ya preparadas, como modelos de pasarela. Con sus cuerpos esbeltos, ajustados a finas blusas de algodón, se contonearon con las maletas a juego, neceser incluido. Mientras ellas, arrastraban las suyas, desiguales y variopintas. Improvisadas mochilas de gimnasio, que se hacían bastante pesadas, sobretodo para Mercedes, que llevaba a Fernando en brazos. Carlos, hombre gentil, quizás demasiado, pues a mitad de camino, las hizo que se desprendieran de todo, para llenarse ambos brazos, espalda incluida, de bultos que terminaron por enterrarle.
El vuelo pasó rápido, entre los juegos del pequeño, las historias de María sobre su último viaje a Pakistán y los pensamientos expresados de la inestable Macarena, que con su incipiente barriga, se lamentaba de todo lo que dejaría de hacer en cuanto fuera madre, para pasar después a ilusionarse con el mundo infantil y todas sus posibilidades.
Carlos, sentado dos asientos más alejado de ellas, se limitó a escuchar música con los cascos y los ojos cerrados. Aparentando que dormía, aunque Marion sabía muy bien que no era así, que prefería aislarse de aquellas voces estridentes, llenas de alegría. Y ella, muy en su interior y a pesar de todo, prefirió también ser ajeno a él. No quería más tristeza, no quería contaminarse con oscuridad. Ahora quería luz. Ahora era ambos ajenos, el uno con el otro, sólo unidos por costumbre o por necesidad.

Olor a curri y pollo, a azúcar fundido con pasta de colores. A comino y a pimienta. Olor a sudor y a perfumes tan profundos, que su halo quedaba aún cuando la persona que lo llevaba había pasado hacía un buen rato. Macarena tenía ganas de vomitar. Desde que se bajó del avión, ya con el estómago revuelto, supo que no aguantaría mucho más. Se agravó en cuanto se adentraron en la ciudad. El polvo levantado por miles de pies y carromatos, coches y cláxones tocando sin cesar.
—No puedo más —exclamó, mientras buscaba un lugar solitario donde poder expulsar el vaso de leche, el zumo, las tostadas y la ensalada.
Pero como allí donde alcanzaba la vista, era un mar de gente que se entretejía entre edificios que parecían no tener fin, decidió hacerlo sin pudor. Y en mitad de toda aquella vorágine, mientras Fernando miraba asombrado los coloridos share de las mujeres, en brazos de una Mercedes exhausta, con botella de oxígeno al hombro, arrojó fuera de sí todo lo desayunado, comido, cenado y almorzado el día anterior. Los demás, que se había alejado, mapa en mano, intentando buscar un taxi decente, se perdieron tal espectáculo.
Los tres terminaron salpicados por desechos malolientes.  Macarena respiró aliviada. Mercedes tuvo gana de decirle cuatro verdades, con su lengua viperina lo tendría fácil, pero calló. Había pasado por tres embarazos y eso la solidarizaba.
Sólo encontraron un buen hombre que aceptó llevarlas, a pesar del olor a vómito. Dos billetes de más le levantaron la moral al pobre taxista, que tuvo que hacer el viaje con todas la ventanillas bajadas y pañuelo en mano.
Los demás los seguían, en un mercedes con aire acondicionado. Macarena podía oír sus risitas de complicidad, mientras ella no se atrevía a hablar, temiendo que el ogro de Mercedes despertara de su letargo para ensuciarla con sus palabras aún más.
—Mira mamá, es el señor de los sueños.
Fue Fernando el que señaló un hombre enjuto, de larga barba blanca y bastón, que los observó al pasar mientras se comía una naranja. Sonrió enseñando unos dientes mellados. Su mirada, del color de la arcilla, se iluminó. Levantó la mano que tenía libre y unos dedos largos acariciaron el cristal.
Los tres quedaron anonadados. En verdad, aquel se parecía mucho al hombre de sus sueños. Pero el taxista las devolvió a la realidad.
—Cierren las ventanas, aquí hay mucho ladrón.
—Pero ese hombre, no parece…
—Pues sí, si usted supiera.
Y así Macarena quedó callada. También Mercedes y el pequeño Fernando, aunque sabían que aquel hombre, si que era su salvador, el que los había llevado allí, el que tenía la solución. Seguro que volvería a encontrarlo, eso no había duda. Era su destino.
El hotel, cómodo aunque no demasiado lujoso, los estaban esperando. Revestido de mármol y papel bermellón, resultaba elegante.
El baño, práctico y sencillo. Las camas, grandes y cómodas. No necesitaban más.
María era la única que dormiría sola en una habitación. Así que se separaron para encontrarse una hora más tarde en el restaurante. Ya con el cuerpo más descansado y la mente despejada, disfrutaron de una velada entre cócteles, agua con gas y zumos de frutas para los niños.
—Estoy emocionada —Marion no cabía en sí, al día siguiente conocería a su hija.
Las demás, cómplices de aquella ilusión, se miraron satisfechas. Nunca habían visto a su amiga tan pletórica, tan llena. Y es que la luz que desprendía su mirada, su piel, era la vida misma. Carlos, sin embargo, se limitó a sonreír, jugar con el pequeño Fernando y asentir a todo lo que decían. Como si aquello no fuera con él, como si fuera un mero espectador y no el futuro padre de la criatura.
—Pues esto del embarazo, a mí me mata —Macarena bebía pequeños sorbos de su agua mineral, suspirando y anhelando volver a ser la de antes, aunque algo se removía en su interior recordándole que la vida se abría paso a través de ella.
Aún embarazada, seguía estando delgada, atlética. Mercedes la miró con desgana. Envidiaba sus muslos morenos, largos y duros, que exhibía en minifalda sin ningún pudor. Ella, blanca irremediable, los escondía tras pantalones de algodón elásticos. Las varices no perdonaban, su corta estatura no ayudaba, y los pocos cuidados que se había profesado tampoco. Pero su carácter, tan fuerte y sensible al mismo tiempo, es lo que hacía de ella una persona especial. Su amiga María lo sabía bien. Había estado con ella en los mejores y peores momentos. En su divorcio, en la enfermedad de su hijo. Y nunca había parecido necesitar consuelo alguno.
Le cogió la mano con cariño. Mercedes la aceptó. Las copas se sucedieron y las lenguas se soltaron, presa de una liberación contenida durante mucho tiempo. Marion las observaba, la más silenciosa, había aprendido a abrirse, dejar su perfecto mundo atrás para abandonarse a la corriente de las relaciones humanas. Y eso le había traído a miles de kilómetros de España, a la India.
—Es lo mejor que me ha pasado en la vida —todas la miraron, incluido Carlos, que dejó a Fernando con su juguete, expectante a lo que dijera su mujer.
—¿A qué te refieres? —preguntó, aunque sospechaba a lo que se refería.
María, con una copa de más, respondió a la absurda pregunta revestida de ironía:
—¿Qué va ser hombre?, ¿acaso no ves el cambio desde que sabe que va a ser mamá?
Carlos se limitó a emitir un sonido parecido a un esbozo, como un” ya lo sé” o “es broma”.
—Pues esto se merece un brindis, no sé lo que habría hecho sin vosotras. Será la última copa que me tome en mucho tiempo. Desde ahora, dedicaré a Fátima todas las horas que me queden del día.
Y levantó el Martini por encima de su cabeza, pero las demás no la siguieron.
—No, no, no. Eso no puede ser —Mercedes volvía a establecer sus reglas — , no puedes dejar de ser quien eres por un hijo. Yo sólo brindo porque sigas siendo tú, y por más salidas. ¿Para qué tienes a Rosi sino?
Y así todo quedo dicho. Ser una madre obsesionada no sería lo suyo. Carlos, que le pareció estar desterrado de aquel brindis, levantó también su cerveza, y nunca se sintió más hipócrita.
—Por mi mujer, la mejor, la más en todo —era la tercera que llevaba y su voz comenzaba a perderse en el eco de una incipiente gangosidad —Ella es, que decir…
Se levantó e hizo un círculo con sus brazos, abrazando a todas las presentes. Macarena soltó una risita, quizás maliciosa. María y Mercedes se miraron. Sabían lo que iba a pasar. Pero Marion no hizo nada por detenerlo. Sonrió, levantó su copa, sin mirarlo siquiera y brindó.
—Por mí, la mejor en todo, ¿no es así cariño?
Él agachó su cabeza y la acercó a la de ella, que hizo ademán de besarlo, pero se retiró a tiempo.
—Tengo que salir de aquí, ¿vienes? —le dijo Carlos algo bamboleante, pero no lo suficiente para que no pudiera encontrar el camino él solo.
Siempre hacía lo mismo. Si algo no salía como él quería, intentaba manipularla. La felicidad no podía ser de los dos, tenía que ser de uno y compartida por el otro. ¿Qué hacer con un hombre que sabía que la amaba, pero que no la aceptaba?
—Bueno, chicos, no es para tanto. Carlos, porque no vuelves con nosotras, prometemos no hablar de más cosas de mujeres.
Macarena se levantó para intentar retenerlo. Él la separó suavemente.
—No, no hace falta.
Pero sus ojos recorrieron su cuerpo, para posarse en sus piernas, las más morenas y musculosas que había visto en mucho tiempo.
Marion ni siquiera se azoró. Por alguna razón, él había dejado de ser su centro de atención.
—Maca, ven, que descanse, es mejor.
Y así terminaron la noche. Entre cócteles de agua, champán y zumo. Mientras Fernando parecía estar en el séptimo cielo. Porque, aunque no se movió del sillón en ningún momento, atado a su botella de oxígeno, pudo ver al hombre de sus sueños, el que lo señalaba con el dedo, sonreía y curaba.
—¿Qué le pasa? —preguntó María.
—No es nada, sólo que a veces sueña despierto —respondió Mercedes, mientras acariciaba su rostro.
Fernando se había quedado en una especie de éxtasis, con la boca entreabierta y una media sonrisa, mientras la saliva caía por la comisura de sus labios. El tener cuatro años le daba esa posibilidad. Y el estar enfermo también. Podía viajar a otros mundos, ser quien quisiera ser, ver a quien quisiera ver. Y mientras su madre parloteaba de cosas sin sentido para él, prefería volver al mundo donde podía correr, volar. Sin médicos ni hospitales, sin mochila a la espalda y tubos de oxígeno. Ahora estaba allí, en aquel bosque, con el hombre de sus sueños, el que le dijo que lo salvaría.
—Algún día —el hombre mellado, de edad indefinible le acarició también la cabeza, como lo había hecho su madre. De hecho, no sabía si era el hombre o ella, porque su imaginación los confundía a veces. Y es que estar entre dos mundos y poder diferenciarlos, era difícil.

Ya en la habitación, Marion quiso evitar toda discusión. Se abrazó a Carlos, que parecía dormir, aunque se volvió para asirla por la cintura y sentirla.
—Una vez más —pensó.
Y se desnudaron como adolescentes, para hacer el amor como siempre lo habían hecho, con pasión. Eso no fallaba.
—Me ama, estoy segura —pensó Marion —, sino ¿por qué aceptaría adoptar una niña si no fuera así?
—No sé lo que voy a hacer —pensó Carlos, que intentaba aclararse, ahora más desahogado, con la piel cubierta de sudor y una sonriente Marion a su lado, que le besaba el hombro y  daba pequeños abrazos.
Así, ella descansó con la tranquilidad de sentirse querida, mientras Carlos lloraba bajo la ducha, presa de un pánico que quería alejar de él pero que no podía. Se extendía por todos sus miembros y ya había llegado a su corazón. Había amado a aquella mujer más que a nada, no podía vivir sin ella, pero con ella tampoco. Menos ahora, que había cambiado. Él quería a la antigua Marion, más dulce, más tranquila, más superficial incluso. La de ahora le parecía igual que sus amigas, inestable y voluble. ¿Dónde estaba su mujer?
Y así Marion llegó al día señalado, donde nada salió como estaba planeado. Pero lo peor de todo, es que había preferido a la pequeña Fátima. Mientras Carlos cogía un avión rumbo a Madrid, sin mediar explicación alguna, aunque no la necesitara, porque era lo que había de pasar, ella decidió dejar de llorar. Carlos, después de todo, era buena persona. Y así se lo hizo saber a sus amigas, que no daban crédito a lo que había pasado.
—No sé como te ha podido dejar tirada, así, como si nada.
María era la más indignada. De todas, es la que más había confiado en Carlos. Siempre le había parecido un hombre honesto, quizás demasiado fantasioso, pero muy enamorado de Marion.
—No pasa nada, de verdad. Esto viene de lejos, algún día tendría que pasar.
María se paseaba por la habitación con su blusa atada a la cintura y la piel brillante por el sudor. Mercedes, más tranquila y sentada en la cama, dio su visto bueno a todo aquello, nada extrañada por la situación.
—Es normal, fíjate en mí. Por lo menos el tuyo no te ha engañado.
Eso es lo más triste que le podían decir. Porque Marion hubiera deseado que, por lo menos, le hubiera sido infiel, así tendría una mejor excusa para odiarlo. Pero no podía, sólo se había roto, el lazo que los unía, se había roto. Había quedado deshilachado, como las telas viejas, y ella había tratado de remendarlo, pero un pequeño tirón lo destrozó. Ese tirón fue la decisión de adoptar, unilateral y un poco egoísta. Pero era su camino, lo que tenía que hacer, y lo sabía.
Y mientras las demás decidían que hacer, Marion sintió un viento frio, fino, casi cortante, que subió por sus piernas, espalda y le alborotó el cabello, secándole el sudor. La tarde se estaba echando y el polvo levantado por la vorágine del día, cubría toda la ciudad. Observó por la ventana el cielo más naranja que había visto nunca. El viento de la misericordia había vuelto, ahora sabía que todo saldría bien.
—Ya sé lo que haremos —exclamó María —, llamaré a Vadin. Su padre tiene influencias, nos ayudará a agilizar todo esto, eso es.
Fue a su cuarto, dejando a sus amigas debatiendo otras posibles salidas, para hacer la llamada que le cambiaría la vida.
El móvil sonó tres veces con la música de Forrest Gump de fondo. El corazón le latía con fuerza. No lo había visto desde hacía meses, pero lo amaba. Y, aunque él le había prometida ir a verla, todavía no lo había hecho.
—¿María? —respondió.
—Sí, Vadin, soy yo —intentó controlar su emoción —, necesito tu ayuda.
—Cariño, quería decirte..
—No, ahora no, por favor, es urgente —María fue cortante por necesidad— , ¿recuerdas la adopción de Fátima?, pues ahora no la dejan que se la lleve, dicen que sufrió abusos y tiene que pasar otro tribunal.
Un silencio en la línea la obligó a proseguir.
—Sé que tu padre tiene influencias, ¿no puedes hacer algo?, es demasiado lo que mi amiga está pasando.
—No te prometo nada, pero lo intentaré. Te diré algo esta tarde.
Su voz sonó algo derrotada, como si hubiera hecho un gran esfuerzo. Pero ella pareció no darse cuenta de la situación.
—Te echo de menos, dijiste que vendrías a verme.
Él suspiró. Su mujer andaba por la cocina, cocinando pollo con curry mientras canturreaba una canción. Vadin tapó el auricular, no quería que María lo supiera, de esa manera no.
—Lo sé —susurró— , es que no he podido, de verdad. Tenemos que hablar María, es importante. Yo también te amo.
—Bueno, pues entonces, no sé a que esperas. Un avión y ya está.
—No es tan fácil.
Vadin, sofocado por el calor de aquella época, que en la India se extendería por meses, intentó sujetar su corazón, que latía demasiado rápido con tan sólo escuchar su voz.
—Estoy en la India, con las chicas. Estamos lejos, pero cuando vuelva, si no vienes, iré yo a Londres. No puedo esperar más.
—¿En la India? —su voz se había tornado expectante.
—Si, cariño, ya te he dicho que vendríamos con Marion para lo de la adopción.
—Si, si, es que había pensado que lo que había recibido era una carta o documento oficial, por lo de la nueva situación.
Unas carcajadas al otro lado del teléfono le recordaron su boca, su sonrisa.
—No, tonto, no. Ya está todo preparado, por eso esta urgencia. Por favor, promételo.
—¿El qué? —ahora no podía pensar con claridad. Tan cerca y tan lejos al mismo tiempo.
—Que va a ser, tonto, lo de Marion. Es que Mercedes se pierde con las leyes de este país.
—Sí, lo haré. Está tarde sin falta. ¿Dónde os alojáis?
—En el Santa Victoria, ¿por qué? ¿no pensarás venir? —María jugaba con su pelo de forma pícara, enredándolo entre sus dedos, mientras recordaba la última noche que pasaron juntos.
Dos calles lo separaban de ella. Dos calles de su amor. Pero esa cercanía era aún más dolorosa. Sintió como si su corazón fuera atravesado por una daga larga, fina y afilada.
—Te quiero, ¿lo sabes verdad?
—Sí, si que lo sé —respondió ella feliz.
Vadin vio como su mujer se afanaba en doblar y colocar ropa en las estanterías, mientras le sonreía, ajena a todo lo que entrañaba su interior. Una relación tan formal que no se podía sostener.
—Esta tarde te respondo, no te preocupes —y colgó, dejando a María mirando el teléfono, asombrada por el cambio de voz. Estaba intentando fingir, lo sabía. Su olfato periodístico le había enseñado a distinguir las señales. Y aquella era una de ellas, le estaba mintiendo.
Vadin, esperando como proteger a su mujer de todo esto, pero deseando abrazar de nuevo a María, se debatía entre el deber y su corazón. Tópico tan antiguo como la humanidad. Había actuado por obligación pero no podía olvidar su amor. Y así decidió hacer las llamadas que hicieran falta, para que Marion tuviera a su hija lo antes posible. Así María estaría más feliz y podría ver su realidad de otra forma, con más esperanza.
Pero María, debatiéndose entre la atmósfera calurosa de la habitación, que había comenzado a asfixiarla, había decidido poner en marcha sus contactos. Había localizado la llamada y ahora lo sabía. Él estaba a sólo dos calles de ella. Vadin era consciente de ello y no le había dicho nada. 
Y mientras él se sentaba a la mesa con su solícita esposa, sonriendo y aparentando una felicidad vacía; María lo observaba, desde la acera de enfrente. Un gran ventanal, en una gran casa, rodeada de jardín, donde correrían chiquillos descalzos, tan morenos y sonrientes como ellos. No había tardado ni cinco minutos en llegar hasta allí. El corazón le latía con tanta fuerza que se lo tuvo que sujetar. El sudor corría por su espalda, abrazándola a medida que caía, lentamente. Y cuando estaba a punto de llorar, con los ojos inflamados por tanta contención, un viento frio la rodeó, produciendo un ligero remolino que la envolvió. Sus pulmones se expandieron y suspiró.
—No voy a dejar que me lo hagan, otra vez no —pensó.
Así tuvo claro lo que debía hacer. Aceptaría el trabajo en Nueva York. No dejaría su vida nunca más en manos de ningún hombre.
Ya en el hotel, mientras Marion se había recompuesto gracias a su ayuda, a la que se agarró como un clavo ardiendo, Mercedes adivinó lo sucedido. La mirada de María estaba algo vacía, como si algo se hubiera perdido dentro de ella. 
—Amiga —le susurró al oído mientras se dirigían a la piscina —no te pueden quitar el amor.
Ella la miró asombrada ante tal reacción, por parte de una mujer tan receptiva y práctica al mismo tiempo, que nunca perdía el tiempo en hablar de cosas banales, aún menos de amoríos. Mercedes era la persona menos romántica que conocía.
—Si, así es —asintió ésta— , el amor es grande María, y existe. Sólo tienes que encontrarlo.
Fernando chapoteaba en la orilla en manos de Macarena, que se esforzaba por contenerlo, provocando que terminara tendida en el suelo y sin poder levantarse. Una barriga de cinco meses pesaba demasiado, a pesar de estar en forma. Y eso provocó que todas rieran a carcajadas, mientras ella trataba de levantarse, para después escurrirse de nuevo en el charco que el pequeño Fernando había provocado a su alrededor.
—Es el viento de la misericordia —aseguró Marion. Aunque sólo ella se entendió.

Continuará….

FIN




HISTORIA DE CUATRO MUJERES. EL VIAJE... - (c) - Elisa María Campos Aguilar

viernes, 24 de octubre de 2014

EL PELIGRO DE LOS APRIETATORNILLOS




Martillo en mano, pañuelo en la cabeza, mal atado por supuesto. Sierra rescatada del trastero y un berbiquí como arma de destrucción masiva. Camiseta rota y pantalones a juego. Parezco una psicópata de película. Me dispongo a destruir muebles, rajar cortinas hasta dejarlas inservibles, irreconocibles. Me ha invadido el espíritu del aprietatornillos, con su mono vaquero y sus diseños imposibles. Un sótano de los horrores, al que no bajaría ni muerta, lo convierte en veinte minutos en un palacio de cristal con luz y todo, la cual no sé de donde sale porque las ventanas son diminutas. Sabe coordinar a la perfección colores, texturas y materiales, la mayoría reciclados, a los que en un santiamén le da un lavado de cara. Con el brillo y color adecuado es suficiente. Con el superprograma de ordenador, ese no lo tengo yo, en cambio sí una imaginación desbordante, diseña cada espacio a medida de los clientes de turno, que lo observan todo con la boca abierta y desbordados por un final apoteósico, sobretodo al saber que lo harán ellos mismos. Es en ese momento cuando mis ojos se quedan sin pestañear durante tanto tiempo que las lágrimas empiezan a asomar, la boca abierta casi a punto de baba. Ya lo veo con claridad. No necesito decorador, ni muebles caros, ni telas de seda adornando las ventanas. Sólo preciso un par de herramientas, una meta, mucha voluntad y, claro está, mucha fuerza. Me emociono con tan sólo pensarlo. Y es que es muy fuerte que estos programas te abran los ojos, enseñándote el camino de la decoración en mayúsculas. Ya puedo tener un piso de revista, aunque sea minúsculo y los años le hayan jugado malas pasadas.
Así que bajo decidida a un trastero, en el que no entro desde hace meses, donde los trastos, nunca mejor dicho, se acumulan sin orden. Allí, debajo de la bolsa llena de zapatos que no me atrevo a tirar pero tampoco a poner, encuentro una vieja caja de herramientas. Y como si de un tesoro se tratara, le quito el polvo con suavidad para examinar posteriormente su contenido. Tornillos, tuercas, casquillos y metales de todas las clases que no sé para que sirven pero que ya averiguaré. Y después de la primera capa que ya he ordenado, lo más valioso: martillo, sierra y berbiquí.
Ya está, ya lo tengo todo y estoy preparada para cambiar. Así termino, como debe ser después de haber visualizado diez veces el mismo programa para no perder detalle, con el salón cubierto de plástico y varios muebles hechos trizas. He comprado dos latas de pintura y ahora tengo mezclar, aplicar, dejar secar y, por último, colocar. No tengo el dichoso ordenador con proyecciones en 3D
como ellos; pero a cambio, he colgado mi bonito diseño hecho con rotulador en la pared principal, donde pueda verlo bien.
He decidido pintar marrón chocolate una de las paredes, ahora se lleva mucho, y el resto ya veré, crema, blanco puede. El sofá, no me gusta nada su tapicería, así que decido cambiarla. Gracias a Dios que tengo una grapadora. Y me esmero en dar forma a la tela que he comprado en rebajas y que es casi igualita a la de mi programa favorito. Por fin vuelvo a colgar las estanterías, poner el sofá en su sitio, atornillar y colocar los nuevos cuadros. Son de mercadillo, pero no se nota. Todo ello aderezado con el mix de música alegre y positiva buscada en You Tube.
El aprobado final viene cuando mi marido entra por la puerta. Debe ser una sorpresa y vaya que lo es. Después de doce horas de trabajo cree que se ha equivocado y que, por error, se ha metido en la casa de mi vecina jubilada.
No da crédito —me dice casi exultante—, que si he pintado una pared de color mierda, yo le digo que es marrón chocolate, pero nada, él insiste en la mierda. Que si el sofá parece tapizado con retales de colchas, yo aclaro que es étnico y patchwork. Que de dónde he sacado esos cuadros que parecen pintados por niños. Que poco entiende, le respondo que es arte contemporáneo. Es frustrante, me duelen todos los músculos de mi cuerpo, incluso los que no sabía que existían. Tengo el pelo salpicado de pintura imposible de quitar y sé que me lo tendré que cortar. He manchado los marcos de las puertas; no soy demasiado detallista y quería terminar rápido. Después, estaba tan cansada que lo he dejado, esperando que no se notara, pero sí que lo hace, sobretodo desde la puerta principal, que tiene una panorámica espectacular. Desde ella se divisa toda mi obra. En seguida entra la vecina, la jubilada de 85 años a la que hago compra semanal, y se emociona ante el cambio. Es igualita que la que tenía hace cuarenta años —me dice—, ¿cuarenta años? ya no puedo más y me derrumbo sobre el sillón étnico o yo que sé, porque la noche se ha echado y con las luces de las bombillas no me parece todo tan bonito. La pared es demasiado oscura para un salón tan pequeño. El tapizado es chillón, seguro que no me podré relajar en él. Y el mueble que he despedazado como si el espíritu de un poseso me hubiera invadido, luce en color ocre, formando un diseño imposible de determinar. Y eso que hice bien los deberes y medí, calculé, estimé. El aprietatornillos me mira parpadeando desde el televisor. Lleva cinco horas congelado, su sola visión me animaba a seguir.
¿Qué he hecho? mi casa no es una mansión canadiense con porche. Es un pequeño piso del extrarradio. Entonces lloro de impotencia, porque quiero volver a mis paredes blancas, a los visillos transparentes, a las fotos de familia en sus marcos negros. Y, sobretodo, a mi sofá grande, de tela ocre, lavable y repelente. Mi gata ya se ha subido en él y hay pelos por todas partes, que en la nueva tapicería se me hacen imposible de quitar, porque se agarran a ella como si fueran anzuelos.
Entonces, fruto de un decaimiento en el que no me reconozco, comienzo a chillar. ¿Por qué, por qué habré visto este programa? Y me doy cuenta de que llevo dos meses, viendo en la sobremesa después de comer, a estos hombres que, desde su bonita oficina, te llenan el cerebro de pajaritos para que termines creyendo que eres capaz de todo, una macgyver del diseño.
Menos mal que mañana vendrá un pintor y que mi tío, bastante apañado él, volverá a retapizarme el sofá. Respecto a los cuadros, ha sido fácil, se los he regalado a mi vecina. Desde entonces me trae flan y pudding todas las semanas. El mueble ha sido complicado, así que lo hemos conservado. Pero que conste que ha sido lo único.
Ahora, en vez de ver programas de decoración, me dedico a
escribir, con mi gata observándome desde el pedestal que le he construido con cajas recicladas. Si, ya sé, pero se trata de decoración de un espacio diminuto y a ella le da igual con tal de que sea blandita y cómoda. 

FIN.

Safe Creative #1410242394109

martes, 21 de octubre de 2014

HISTORIA DE CUATRO MUJERES. INCONSCIENTE




Rosi era como un soplo de frescura entre tanta polución, con su minifalda de colores imposibles y pestañas postizas, con su peluca a lo afro y sus labios púrpura. El humo negro de los coches se elevaba por los edificios haciendo de paraguas que amortiguaba los rayos de sol. Estaban a 25º pero la sensación de bochorno la hacía sudar como si estuvieran a diez grados más. Eran las cuatro de la tarde, mala hora para trabajar, pero no tenía más remedio. El casero la amenazaba con echarla a calle si no paga enseguida. Y eso de enseguida era muy relativo, porque podían ser horas o días, nunca lo sabía. Por eso Rosi se apresuraba a coger sitio, entre el pino torcido y la papelera de color amarillo, antigua y rota, que aún se conservaba en el parque después de que lo remodelaran. Es como ella —piensa— vieja, pero se mantenía en pie, desafiante. Ya nadie tiraba envoltorios en su interior. Quedó relegada detrás de los setos donde nadie la veía. A Rosi le viene de perlas, porque en ella esconde un estuche con toallitas y un pequeño monedero. Ella también hecha de menos las risas de los niños en los columpios y el cuchicheo de las madres cuando la veían pasar. Ahora aquel lugar había sido olvidado. Bello, hermoso, con sus bancos de piedra naranjas y sus rosales, con sus grandes árboles que dan sombra todo el año. Desde que se llevaron el parque infantil, sólo sirve para dar cobijo a los sin techo, a los transeúntes que pasan rápido para coger el metro y a ella, que montó allí su despacho, como le gusta llamarlo, desde que llegó hace cinco años. Ahora no piensa en la vida que tenía antes, era una desgraciada sin futuro en manos de un energúmeno sin consciencia, como le decía una y otra vez su madre. Pero ella sólo deseaba salir de su casa, huir con quien fuera. Así pasó de un maltratador a otro sin darse cuenta.

—Oye Guapo, ¿hoy no te apetece? mira —y se contoneaba exhibiendo unas piernas largas y delgadas como alfileres. Llevaba una falda de flores, colorida y alegre. El suéter era demasiado pequeño, pero le servía para disimular unos pechos diminutos. De todas formas, nunca los enseñaba.

Guapo es un chico veinteañero que pasa por allí de vez en cuando, se fuma su porrito y charla de cosas banales que Rosi nunca entiende. Le habla del último juego de la Game Boy, de los exámenes de acceso a no sabe que carrera o de las comidas con la familia los domingos. Ella no pasó de cuarto y respecto a la familia, la suya no era la más apropiada. Era una paria, como le decían algunos sin corazón. Porque Rosi sí que tenía uno y bien grande. Y este chico lo sabía, por eso le daba más dinero de lo que pedía, por un servicio que ella prestaba con menos esmero del que debía.

Tras las incipientes arrugas, podía distinguir una mirada limpia, verde, transparente y una sonrisa casi perfecta. Porque Rosi era una prostituta, como ella decía para que sonara más fino, y no puta, como la querían llamar, pero limpia y aseada.

—Yo soy una chica decente —decía con la boca pequeña.

—Eres la mejor —le decía Guapo cuando terminaba de dejar su sudor sobre una espalda que sabía moverse como una serpiente y le liberaba de la presión del día. Malditos exámenes, maldita familia, maldita vida de la que no consigue salir. El chico era infeliz en su gran mundo. Rosi, en cambio, era la más dichosa en su pequeño habitáculo, cuando contaba el dinero del día, enrollándolo en paquetitos que enviaba a su madre todos los meses. Porque Rosi, a pesar de los gritos y palizas que sufrió, era una buena persona y no dejaría a su madre sin comer.




Marion miró el reloj con desasosiego, llegaría tarde si no se daba prisa. Había quedado con Carlos en una cafetería de Gran Vía, quería hablarle del viaje que debían hacer a la India para recoger a la pequeña Fátima. Lo tendría que convencer, aunque no sería difícil, él tenía sus sueños y ella el suyo. Ya lo había apoyado demasiadas veces, ahora le tocaba a ella. Se miró al espejo, iba perfecta. El pelo rubio recogido en una coleta alta, el vestido gris ajustado, con la falda tubo a la altura de la rodilla, como debía ser. Los labios rosa pálido y unos tacones de ocho centímetros hacían el resto. Nada fuera de su lugar. Ya había ordenado el bolso cuatro veces, sacándolo todo y volviendo a colocarlo meticulosamente. Ella era así, escrupulosa, se podía decir, también algo esnob. Pensó en coger el autobús, pero en metro iría más rápido. Detestaba el olor a sudor reconcentrado y a comida barata. Detestaba que la rozaran personas desconocidas y siempre temía que le fueran a robar. Pero faltaba una hora y no llegaría a tiempo.

Así que se decidió. Tendría que cruzar el parque de la esquina, donde algunos borrachos dormitaban, oscuros, sucios, harapientos. Debía sentir lástima por ellos y lo hacía, pero procuraba evitarlos. Esa decadencia la mataba y prefería fingir que no existía. Después estaba la mujer del pino, la que la miraba con descaro, con la boca llena de chicle y le enseñaba las bragas rojas mientras ella corría sin mirar atrás. Pocas veces había pasado por allí, pero ahora no tenía más remedio.

Rezaba, por el camino, para que ese día el parque estuviera limpio de intrusos que pudieran asustarla o amedrentrarla. Limpio de prostitutas y borrachos. Respiró tranquila cuando no vio a nadie, así que caminó sin prisa, dejando que el calor tostara su piel. Incluso pudo admirar los rosales que habían plantado y que se erguían desafiantes en su belleza.

—Nada de ingratos —pensó mientras cortaba una de las rosas.

Y en ese momento algo tiró de ella con tanta fuerza, que perdió el equilibrio. Lo último que pudo ver es un joven alto, con gorra de visera que corría a toda prisa por el parque vacío de putas y borrachos.

—¡¡Socorro!! —gritó con todos sus pulmones antes de que todo se volviera oscuro a su alrededor, antes de que algo rojo empapara su frente y después su rostro.



Rosi no sabía que hacer con aquella mujer, la misma que la evitaba cada vez que pasaba, como si tuviera la peste. Tenía el rostro lleno de sangre. Primero decidió llamar a la policía, pero lo pensó mejor. Su casa no estaba lejos, la podría ayudar a levantarse y esperar a que se despejara. Después, que ella decidiera. No era asunto suyo y la policía no la había ayudado a ella cuando le robaron en casa. Ni más ni menos que todo lo ahorrado durante dos semanas. Como si por ser puta se mereciera todo lo malo del mundo.

La asió por las axilas, Marion abrió los ojos por un momento. No visualizaba bien, una neblina se extendía por todas partes. Una voz algo gangosa le susurraba frases que pretendían tranquilizarla, pero no lo hacían. Se escabullían por su cerebro y se depositaban en el estómago, dándole nauseas. Sus pies tropezaban a cada paso y la misma voz la animaba a seguir. Subieron los escalones casi arrastras. Rosi jadeando y barruntando a cada paso. Marion nunca había oído tantas palabrotas juntas. Un grito casi la dejó sorda.

—¡A la puta mierda, cabrón!

Era la misma voz gangosa que ahora había cambiado de tono, haciéndose más ruda, más varonil. Pensaba si sería hombre o mujer quien la sujetaba con tanta fuerza que dolía. Seguro que parecería una borracha, desahuciada, como las que ve en los bancos del parque. Se tocó con la mano libre la falda, que ahora estaba rota y por la que enseñaba sus bragas de algodón. Intentó taparse pero no pudo, su mano calló hacía un lado. No tenía fuerzas, ¿qué le había pasado? Lo último que recuerda es un techo blanco con una lámpara de la que colgaba un muñeco que se balanceaba y que se aleja de ella cada vez más, mientras la gravedad la arrojaba sobre una cama dura y suave. Después, una cara, todavía borrosa, de una mujer morena, sonriente, sobretodo porque los grandes labios rojos era lo más distinguible en ella.

—No me hagas daño —dijo casi susurrando.

Y se sumió en un profundo sueño.

Rosi estaba sudada, el esfuerzo había sido demasiado. Se olió las axilas y arrugó la nariz. Después se encogió de hombros. Total, hoy no iba a trabajar. Le limpió la herida a Marion, le puso una tirita y la tapó con las sábanas. Después se metió en la ducha y salió con la cara limpia y la bata de boatiné. Se sentó en el sillón, al lado de la ventana y encendió un cigarrillo. Fumando esperaría a que se espabilara. El día dio paso a la noche y Rosi pensó que aquella mujer nunca se despertaría. Se hizo una infusión en el hornillo, heredado de los días de camping con su marido. Eso, y trece abrelatas de acero que guardaba no sabía por qué.

Su piso era pequeño, sin habitaciones. Un estudio único, dónde cocina, salón y dormitorio lo compartían todo. Y ahora se encontraba con que tendría que pasar la noche con la espalda torcida en un viejo sillón de skay que se le pegaba a la piel.

—¡Al carajo! —y se tendió al lado de Marion, que la abrazó en sueños.

El ruido ensordecedor de un motor la despertó, el sol cegador entraba por la ventana; un ligero viento movía los visillos y las partículas de polvo volaban como pequeñas mariposas a su alrededor.

—Son como ángeles —pensó mientras sus músculos comenzaban a despertar también. Se miró las uñas, ahora rotas y resquebrajadas. Llevar un peso muerto no es fácil. Pensó en su madre, la de veces que había arrastrado a su padre a la habitación después de un día de borrachera. Pero claro, ella era fuerte, grande y poderosa. Su padre, pequeño y frágil, se movía en sus brazos como un muñeco. ¿Por qué no hizo nada por ella cuando pudo?. Después, la enfermedad y ya fue demasiado tarde.

—¡Ay Dios mío!, ¿quién eres?

Marion se había levantado como un resorte y de un salto se había plantado al lado de la ventana. La verdad era que estaba hecha un cristo. La pintura corrida, el pelo enmarañado, la ropa rajada por varios sitios. Intentaba taparse mientras su mirada asustada escrudiñaba el lugar. Poco había que ver allí. Rosi sonrió y se sentó en la cama. Encendió un cigarrillo mientras la observaba. Era como ver una película romántica, de las que le gustaban a ella, con mujeres que se perdían y se encontraban, sufriendo mil peripecias y viviendo amores imposibles. En una de ellas, esta mujer sería la estirada que nunca había roto un plato, la que después se desmelena para fugarse con un motorista del infierno, dándose a la bebida y terminando en una cárcel por pasar droga para su amante.

—¡Qué imaginación tengo! —Rosi sacudió su cabeza, intentando despejarla.

—¿No me respondes? —Marion insistía.

Rosi se levantó despacio, se dirigió al espejo del cuarto de baño, se refrescó la cara, ahora salpicada de manchas y blanca como la nieve. Abrió la boca para mirarse la dentadura, perfecta, sin picaduras. Una de las pocas cosas que mantenía en buen estado. Después sus ojos, de color verde, o grises, según se mirara, cansados, alegres, optimistas.

Se volvió hacia la asustada mujer, que aún estaba en la misma postura, encogida sobre ella misma, con ojos de loca.

—Te salvé —dijo Rosi. Y se dirigió a encender el hornillo de nuevo para hacer dos cafés instantáneos.

—¿Qué? —preguntó Marion sin entender. Las palabras le habían llegado como un susurro.

—¡Quée tee salvée! —respondió Rosi gritándole al oído.

Marion dejó caer sus brazos, empujados por la gravedad; después su cuerpo sobre el sillón de skay verde. Ahora estaba desecha, no recordaba nada. Tan sólo que disfrutaba de un paseo antes de coger el metro, que el parque estaba tranquilo, libre de indeseables, como ella los llamaba, que la prostituta que la molestaba tampoco estaba a la vista. La miró una vez más, después se acercó lentamente mientras Rosi canturreaba.

—¡Eres tú! —gritó— ,¿dónde están mis cosas, me has robado?

—Coño, que susto me has dao joía —Rosi se llevó las manos al pecho, ahora era ella la asustada. Aquella mujer había olvidado sus poses educadas y se abalanzaba sobre ella como una fiera hambrienta— . ¿Pero qué dices?, si yo no fui, te encontré así. Anda, siéntate, necesitas un café —y la empujó del nuevo al sillón.

Marion volvió a perder su mirada en el vacío. Se tocó la herida, ahora limpia y tapada con una tirita. ¿Sería verdad que aquella mujer la había ayudado? Era prostituta y todos saben que roban a la primera de cambio si se lo proponen. Tendría que seguirle la corriente y salir de allí en cuanto pudiera. Miró a su alrededor pero no encontró teléfono alguno, ni fijo ni móvil. Se miró la ropa, rota y sucia.

—Anda y bebe, lo necesitas —Rosi le puso una taza en la mano. Marion la cogió, estaba caliente y olía bien. Vio huellas de labios en el borde, pero la ansiedad pudo más y tomo un sorbo. El líquido le bajó por la garganta y le despertó el estómago y el cerebro. Ahora recordaba el golpe que recibió, el joven con la gorra que se alejaba con su bolso.

—¡Dios mío, Dios mío! —murmuraba mientras los lagrimones caían por su rostro y la pintura corrida lo convertía en un cuadro de Picasso.

Rosi levantó la taza a modo de brindis.

—Eso es, te has acordao.

Marion no dejaba de lamentarse, agarrándose el vientre y balanceándose de un lado a otro, como si pretendiera consolarse. Intentó pensar en por qué había elegido ese camino, a donde se dirigía, a quien iba a ver. Tenía que volver a su casa, ver a su familia, ¿familia? —pensó— , ¿qué familia? Miró a la mujer que tenía enfrente, sentada en la cama, ojeando una revista envuelta en esa bata grande y antigua. Después la habitación, con paredes color ocre, o blancas con suciedad incrustada, no sabía. Los muebles austeros, cubiertos de una capa blanca de polvo, que se elevaba al menor golpe de viento.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

Rosi levantó la mirada y arqueó las cejas, largas, finas, negras como el carbón.

—Soy Rosi ¿y tú?

Marion siguió con los ojos muy abiertos una mosca que paseaba entre los baldosines del suelo, frotándose las patas traseras, para elevar el vuelo de nuevo.

—No lo sé, no sé quien soy —respondió al fin, esbozando una leve sonrisa.

Rosi se levantó tirando la revista sobre la cama y encendió un cigarrillo, el segundo en lo que llevaba de día y eso que había decidido dejarlo. Tres era su máximo y pretendía conseguirlo. Eso sí, después de arreglar todo el desaguisado.

—¿Quién coño me creo que soy?, ¿por qué te habré recogido? —murmuró entre dientes.

Marion, aún absorta con la mosca y jugando con el pico de su blusa, parecía una niña de diez años, indefensa y acobardada.

—Bueno, pues tendré que dejarte en un hospital, qué se yo, aquí no te puedes quedar.

Marion la miró, tenía lágrimas en sus ojos. La palabra hospital no le traía buenos recuerdos, aunque no sabía porque, pero un amargor le subió por la garganta y la hizo vomitar, allí mismo, entre las piernas desolladas, salpicando a la inofensiva mosca que quedó atrapada en aquella masa informe de color gris.

—¡Joder, tía!, ¡qué asco!, ¿por qué no avisas?

Rosi se había levantado e intentaba tirar de Marion, que se agarraba al sofá como si fuera su tabla de salvación.

-Vamos tía, ¿qué crees que te voy a hacer? —relajó los brazos— . Necesitas una ducha —añadió.

Rosi la lavó como si fuera un bebé, con suavidad, dejando que el vapor limpiara sus poros, que el agua callera por su cabeza arrastrando toda la sensación de pesadez que parecía llevar aquella mujer. Marion se dejaba hacer, sintiendo como el calor invadía sus pulmones, suspirando aliviada, mientras su mente se activaba con recuerdos difusos de discusiones maritales, camas de hospital y una foto de una niña que la miraba con sus dulces ojos almendrados desde algún lejano lugar.

En cuanto terminaron, ya más relajadas, decidieron poner por escrito lo que recordaba y lo que no. Rosi tardó un buen rato en encontrar un papel que le sirviera. Finalmente tuvo que ser el rollo del baño el único testigo de su psicoanálisis. Por bolígrafo, el lápiz khôl negro que reservaba para emergencias. No el bueno, comprado en la perfumería de la esquina, sino el de la tienda de chinos que guardaba en el forro del bolso.

—¡Vamos a ver! –exclamó mordiéndose el labio superior— primero…

Marión se desesperó al verla hacer tan trabajosamente algo tan sencillo, así que se lo arrebató de las manos.

 —Dame, yo lo hago, tú tardarás demasiado.

Rosi abrió exageradamente la boca, arqueando la comisura de los labios, en señal de asombro o de asco, indignada aunque, en el fondo, aliviada. Cuatro años de colegio no daban para mucho, sobretodo si hacía más de treinta y cinco años que los había hecho.

Marion se apoyó en la mesa pequeña que hacía las veces de taburete de emergencia, llena de ropa doblada y cartas sin abrir. Hizo la lista tanta rapidez que Rosi no se percató hasta que ésta no le fue plantada delante de sus narices.

—Ves, mira —Marion sacudió el papel ante sus ojos. Mientras, intentaba descifrar las letras negras y bailantes. Se encogió de hombros.

Marion enumeró y leyó a toda prisa la lista de cosas que no recordaba. No se acordaba de su nombre, ni de su familia, ni de sus amigos, ni de si tenía trabajo o no. Sólo había tenido ciertas visiones difusas en el cuarto de baño, cuando estaba en la ducha.

—¿De qué te acuerdas, entonces?

Marion arrugó el papel entre sus manos y la miró con severidad, sabiendo que lo que iba a decir no gustaría.

—Me acuerdo de ti, Rosi. Sé que te he visto otras veces, en el parque. Siempre te metías conmigo. ¿Eres puta, verdad?

Rosi se encendió como una antorcha, las manchas rojas iban coloreando toda su piel blanca y despejada, hasta convertirla en un sarpullido gigante. Marion retrocedió, por un momento pensó que la cogería por los pelos para arrastrarla por aquella habitación diminuta. En cambio, Rosi respiró hondo, se cruzó de brazos y alzó la barbilla para decir:

—Soy prostituta, no puta. Yo elijo, ¿sabes?

Marion sonrió y se relajó de nuevo en su silla. Aquella mujer era peculiar y parecía buena persona. Pero ¿qué iba a hacer ahora? quizás fuera bueno ir a un hospital, pero pensar en ello le producía nauseas.

Así que decidieron dar a su mente un día más, una noche tal vez. Rosi sacó una botella de vino del armario e hizo bocadillos de lomo para comer. Se relajaron hablando de hombres. Marion sólo recordaba discusiones, pero Rosi era un libro de sabiduría. Le contó historias que le parecieron increíbles y le hicieron recordar.

—Una vez —relataba haciendo grandes aspavientos con las manos y abriendo tanto los ojos, que parecían se le salieran de las órbitas. Marion la escuchaba agarrada a la almohada, expectante como un niño ante un relato de terror— ,vino un hombre a las cinco de la madrugá. Ya había sacado bastante. Cuatro —hizo una mueca con la boca en forma de o y puso la mano sobre ella como si llevara un micrófono— y tres completos. Había llegado a los doscientos y empezaba a quemarme el chichi —Marion asintió, deseando que prosiguiera— . Pues esa noche, te había dicho que vino un señor, muy bien arreglao, llevaba traje y una de esas corbatas pequeñas, ¿cómo se llaman?, eso, pajarito.

—Pajarita —corrigió Marion.

—Eso, pues que se acercó. Hacía un frio de cojones, ya me entiendes, en Enero y con nieve. Bueno, a lo que iba, que se acercó tan despacio que ni le oí. Tenía unos ojos azules y me miró con un yo que sé, que casi me meo en las bragas. Yo me quedé allí pasmada, mirándolo a él y esperando a que dijera algo.

—¿Qué edad tendría, Rosi?

—No me interrumpas o se me olvida el detalle. Yo que sé, unos cincuenta, más o menos. Yo, lo de calcular no se me da bien. Bueno, pues que al final habló y me dijo que si quería ir con él a su piso, que necesitaba compañía. Y así, tan finolis, como si estuviera pidiendo un cóctel en un bar, como si no fuéramos a follar. Yo le dije que no estaba para muchos trotes, que tenía que descansar. Pero él insistió, sacó un fajo de billetes de cien y me dijo:

    —Si pasas conmigo la noche y haces lo que te pida, esto será tuyo.

Y joder, tía, ¿qué iba a hacer? Necesitaba el dinero, así que me fui con él. Andamos un trecho por la avenida y nos metimos en un coche con chófer. Yo no paraba de masticar chicle, estaba tan nerviosa como si fuera la primera vez. Él no me miraba, ni hablaba. Sólo charlaba por teléfono con alguien sobre ventas y cosas que no entendía. Por fin llegamos a su casa. ¿Sabes dónde Gran Vía se une a Plaza de España?, pues él vivía en el torreón redondo, el que da al parque. El ascensor era de un lujo, todo dorado y con espejos, vamos, como en las películas.

Rosi respiró hondo, bebió un sorbo de vino y miró hacía la ventana, había comenzado a anochecer. Marion se impacientó.

—Pero bueno, no te pares ahora y sigue.

Rosi sonrió y se preparó para la segunda parte de su función. Se llevó las manos al pelo recogido en un gran moño en la nuca para colocarlo de nuevo en su sitio y después tensó los brazos sobre las piernas extendidas.

—En cuanto entramos —prosiguió— casi me desmayo. Salió a recibirnos una criada con uniforme, con su delantal blanco y su cofia. Estaba de un hortera, parecía que estábamos en una película de Alfredo Landa, las de señorito, ¿te acuerdas?. Pues ella no se extrañó de que yo estuviera allí ni nada. Se veía que estaba acostumbrada. Pasamos dos pasillos que parecían la calle Alcalá de largos que eran, llenos de retratos y cuadros y alfombras —Marion sonrió por la ocurrencia de comparar un pasillo con la calle más larga de Madrid. Era extraño como recordaba estas cosas banales pero nada sobre su persona. La voz de Rosi la devolvió de nuevo a la historia— , y abrió una puerta con llave. Yo iba asustada, ya lo puedes imaginar. Aquel tío tan guapo y tan raro también. Pero claro, no podía dejarlo escapar y que otra se llevara el fajo que ya era mío. El hecho es que cuando encendió la luz y cerró la puerta con llave, guardándosela en el bolsillo, pensé que era el fin. Que me mataría y me haría trocitos, que me haría desaparecer por un desagüe gigante y que la criada lo limpiaría todo y no diría ni mu, porque le paga un pastón de la hostia. Toda la habitación era de un rojo chillón que hacía daño sólo con mirarlo. No había na, ni cuadros, ni sillas, ni alfombras ni puertas, na. Pues va el tío y toca un botón en la pared y de repente, como por arte de magia, salen de las paredes unas jaulas grandes llenas de látigos y cadenas y trajes negros. Me fui a la puerta y comencé a gritar como una loca. Porque la Rosi no iba a morir allí, en manos de un chiflado. Pero entonces él se acercó y me tocó en el hombro.

—No te voy a hacer daño —me dijo— , me lo tienes que hacer tu a mí.

—¿Yo? —respondí como una tonta— , yo no sirvo para eso, yo no, no…

Me acarició de forma tan suave que un escalofrío me subió por la espalda y me puso los pelos como escarpias —se frotó los brazos de forma demostrativa.

—Sólo tienes que ponerte el traje negro y yo me ataré a la cadena. Tú me paseas y me das de comer y me pegas si soy malo. Porque puedo ser un perro muy malo.

Yo decía que si a todo, como una tonta. Si estaba loco y quería salir de allí, le tendría que seguir la corriente. Me puse lo que me dijo, él, mientras, se desnudó y se ató a la cadena, después se arrodilló y vino a mí a cuatro patas. Me coloqué unas botas con tacones de infarto, hasta los muslos y un corsé que parecía hecho para mí, tía —Rosi se emocionaba por momentos, contenta de que sus historias prohibidas sirvieran para algo— . Los pechos casi no me cabían, pero a su lado me sentí como un diosa. Cogí la correa y le di vueltas y vueltas por la habitación. Nunca había tenido un perro, pero sabía que se les paseaba, que había que esperar a que cagaran y después tocarles la cabeza. Es que a mí siempre me han dao mucho susto los bichos. Ya ves, y eso que soy de pueblo. Bueno, pues él al principio muy bien. Ya tenía las rodillas rojas de tanto arrastrarse y me estaba dando un apuro, así que paré en seco. Entonces levantó la pata y ¿sabes lo que hizo? meó, allí, en la pared. No veas el asco que me entró. Pero le toqué la cabeza y jadeó. ¿Qué tenía que hacer ahora? vi la comida para perro en una de las jaulas y los platos, así que le eché. Nunca pensé que la comería, pero lo hizo. Casi vomito. Pero es que yo esperaba que todo aquello, no sé, le produjera una excitación o algo. ¿Sabes lo que hizo después? cagó, allí mismo, al lado de donde había comido. Yo pensé ¿la recojo?, ¿dónde cojones encuentro yo ahora una bolsa? Abrí la boca y me tapé la nariz, pero él me señalaba con la cabeza el látigo negro de atrás. Al principio no le entendí. Creí que ya habíamos terminao. Pero el tío hacía tan bien su papel que no hablaba siquiera y así no había quien lo entendiera. Soy un poco cerrá, ya has visto, pero no tonta. Así que cogí el látigo y le di en la espalda. Sólo fue un roce, no soy bruta. Él me miraba, con la boca abierta y jadeando como un perrito, pero con los ojos me decía que le diera más. Así que comencé a golpearlo cada vez más fuerte y él a gemir. Le pedía perdón con cada latigazo, pero él sonreía y se relamía. Estaba tan apurá que quise ponerme a llorar. Yo no soy de esas que hacen estas cosas. Yo, lo de siempre, lo que hacía con mi marido el cabrón —e hizo énfasis en recalcar esta palabra, para dejar constancia de lo que era— . Alguien llamó entonces y él se levantó de un salto. Cuchicheó algo que no entendí, después me dio el dinero y me dijo que me vistiera y me fuera. Yo salí de allí escopetá, esperando que él me siguiera en cualquier momento para meterme en aquella habitación de los horrores. ¿Y sabes qué fue lo peor, guapa?

Marion negó con la cabeza.

—Pues que la criada me despidió en la puerta como si fuera toda una señora. Ya ves, que gente más rara hay por este mundo.

Rosi se relajó sobre la almohada. Marion se echó a su lado, aún extasiada con el relato. Vinieron a su mente imágenes de un hombre moreno, alto, que la acariciaba y abrazaba, que la besaba con ternura, que la llamaba por su nombre.

—Marion, me llamo Marion —susurró.

Rosi no se movió del sitio, ni siquiera la miró.

—Ya es algo, ahora falta el resto —respondió.

Esa noche no dormirían. Llenarían las horas de historias fantásticas, casi irreales, vividas por una prostituta de parque. Por una mujer que a Marion le pareció grandiosa, fascinante, divertida. Le habló de los abusos en su infancia, de su huida sin sentido con un hombre mucho más mayor del que no recibió nada de cariño. De que le hubiera gustado tener hijos, vivir con un hombre honrado y ser feliz.

—Ya lo soy —le dijo—, no quiero que me interpretes mal, es que a mi siempre me ha tirao mucho tener una familia.

Hijos, Marion sintió una punzada en el corazón. Cerró los ojos para no pensar, le dolía demasiado. Ahora recordaba un nombre, Fátima, y un país, India, al que tendría que ir. Poco a poco, las imágenes vinieron a su mente de forma tan nítida, que comenzó a olvidar lo que le había pasado. De nuevo, los primeros rayos de sol comenzaron a inundar la habitación, las motas de polvo bailaban alrededor de los visillos, que se movían con tanta suavidad que parece acariciaran el vacío.

—Lo recuerdo todo —exclamó Marion con lágrimas en los ojos. Rosi, tendida a su lado y con un dolor de cabeza de espanto, le cogió la mano.

—Ya te lo dije, un día más, sólo necesitabas eso.

Marion se la agarró con fuerza, Rosi se dejó. Aquella mujer era la primera amiga que había tenido en mucho tiempo y deseaba conservar ese momento. Sabía que cuando saliera por la puerta, ya no volvería a verla, o si lo hacía, miraría para otro lado.

—¿Quieres venir conmigo a casa?

Rosi la soltó y se incorporó. La miraba asombrada por tal pregunta, a ella, la Rosi. ¿Qué quería Marion de ella?

—¿Qué dices tía?

—Es que me da miedo ir sola, encontrarme con mis cosas. Es como si hubiera estado un siglo fuera.

Así que tras dejarle una nueva falda y un top ajustado, ambas se dirigieron a casa de Marion. Ahora no eran una esnob y una prostituta, ahora las dos parecían mujeres alegres que volvían a su casa tras una noche de duro trabajo. Los vecinos que conocían a Marion la miraron de reojo, algunos niños reprimieron risitas. Ella rio también. No le importaba lo que pareciera.

Su casa estaba tan limpia que casi daba miedo. Aséptica, ordenada, era el ejemplo de casa poco vivida. Y ella se dio cuenta, de que las cosas fuera de lugar, el polvo acumulado por falta de tiempo, las tazas del desayuno que esperan a ser fregadas, forman parte de la vida y dicen mucho de una persona. Su casa decía que ella era tan estricta, que había olvidado convertirla en un hogar. Y si ahora iba a traer una niñita, necesitaba dejarse llevar. Olvidar las arrugas en las sábanas, los cojines perfectamente alienados, los posavasos, el brillo constante de los cristales. Observó como Rosi se movía por las habitaciones, sacudiendo las manos y asombrándose con cada detalle.

—¡Chica, tú eres rica!

—¿Rica yo?, si tu supieras, me comen las deudas. Es que Carlos ha sido un desastre y yo también.

Rosi se sentó en el filo del sofá, casi temiendo ensuciarlo.

—¿Tu chico?

—Sí, mi chico.

—Pues yo digo que eres una suertuda. Mira yo donde vivo. Pero que le amos a hacer, cada uno con lo que tiene.

Marion se echó a su lado, ella la imitó. Cruzaron las piernas, al mismo tiempo, como si estuvieran sincronizadas. El contestador del teléfono fijo parpadeaba, seguro que le habían dejado mensajes. Carlos estaría preocupado. Por un momento, se le hizo imposible enfrentarse a todo sin los consejos y historias de esa mujer.

—¿Por qué no vives conmigo, Rosi?

—¿Pero qué dices chica?, ¿qué voy a hacer yo aquí?

—No sé, puedes ayudarme con la casa y con la niña.

—¿Qué niña? —por un momento pensó que Marion se había vuelto loca.

—La que traeré en unas semanas, la he adoptado.

Rosi hizo cuentas mentalmente. Tenía algún dinero guardado, para urgencias. Cambiar de vida podía ser una de ellas.

—De acuerdo —respondió— . Pero ¿seguro que me puedes pagar?

Marion estaba emocionada.

—No mucho al principio, pero hablaré con mis amigas, quizás ellas te puedan ayudar. Sé que Mercedes necesita a alguien tres veces en semana y María, bueno, ella sólo tiene a su madre de canguro. Algo conseguiremos, lo sé.

A Rosi, aquella mujer le pareció una niña grande, abierta, dulce, triste e ilusionada al mismo tiempo. Entonces supo que su inmadurez se debía a dolor, como el que ella había sabido superar. Vio la marca en sus muñecas, ¿cómo no se había dado cuenta antes? y pensó que algo así no pasa por casualidad. Que dos personas tan diferentes y tan iguales al mismo tiempo, se encuentren y se acoplen, como si fueran las piezas de un puzle. Acarició la Virgen de Fátima que llevaba al cuello y la besó.

—Está bien, tengo cuarenta y tres años, algo tengo que hacer con mi vida.

Marion se agarró a su cuello como una chiquilla. Después llamó a Carlos y le contó a trompicones todo lo sucedido. Las palabras salían por su boca disparadas, sin control. Entre gritos de alegría y sollozos le relató como le robaron y como, una buena mujer, la acogió en su casa hasta que estuvo bien. Y que ahora esa mujer viviría con ellos.

—¿Con nosotros? —Carlos se extrañó al verse incluido.

—Sí, cariño. Pero seguiremos despacio —silencio— . Tienes que volver, esta es tu casa también.

Carlos se emocionó pero no lo demostró. Después de todo, él también había sufrido. Pero la cosa iba bien. Él se encargó de llamar para que anularan las tarjetas de crédito y pedir cita para el nuevo Dni. En eso Marion seguía como siempre. Pero en lo demás, parecía una mujer nueva, quizás más frágil, menos fuerte.

A las ocho de la tarde, Rosi ya había dejado su estudio y con tan sólo dos maletas, se encontraba colocando su ropa en la nueva habitación. Pintada de rosa palo y con cuadros de flores por todas partes, se sintió como en el parque, rodeada de belleza.

Marion había organizado una cena con sus amigas para el día siguiente, quería presentarles a su nueva amiga. Pero esa noche sería de Carlos, tenían mucho de lo que hablar. Rosi, que era prudente en cuestiones de pareja, se retiró a dar una vuelta y dar espacio a la parejita.

Vio el parque de lejos. Guapo paseaba al perro y la buscaba con la mirada. Se acercó a él. No necesitaba dar explicaciones, pero quería que lo supiera, que corriera la voz. Que la Rosi ya no era prostituta.

—Bueno —añadió él mientras se encendía un canuto. Rosi lo rechazó, pero permaneció sentada a su lado— .Tenía que pasar. Me alegro, de verdad.

Guapo miró a unos obreros que medían y anotaban.

—¿Sabes que van a poner de nuevo columpios para los niños?

—Ya era hora —respondió Rosi— . Me voy yo y vienen ellos.

Y ambos observaron en silencio como la noche caía y algunas nubes se abrían paso, negras, densas y refrescantes. Guapo la miró con cierto temor.

—¿Por qué no echamos el último?

Ella se dejó querer, él insistió.

—Es que entre los exámenes, mi padre. No sé, sólo tenía esto.

Rosi se enterneció. Un chico de veinte años que prefiere estar con ella, con lo fácil que sería buscar a una chica joven, de su edad, que entendiera lo que dice.

—No sé —titubeaba— . Yo ya he dejao el trabajo, bueno, ayer fue el último día.

—Por favor —suplicó él.

Algo se removió dentro de ella. Ese servilismo que la había acompañado tantos años.

—Está bien —levantó el dedo en señal de reproche— . Pero es el último y que conste porque te aprecio.

Y así se dirigieron al lugar más escondido del parque, entre el pino grande y la papelera amarilla. Después de todo —pensó Rosi— , ser puta no se olvida en un día.

FIN








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